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Muere Fernando Esteso, el cómico entrañable y sin redención de la ‘españolada’ eterna

Nadie le dio la oportunidad de redimirse. En una España tan cruel siempre y, a la vez, tan condescendiente con los suyos, Fernando Esteso, que murió la madrugada del domingo a los 80 años, no pudo convertirse en el mito inmaculado en el que se transformaron buena parte de sus compañeros de generación. José Sacristán alcanzó el grado de leyenda porque así lo dictaba su talento y hasta su destino. Andrés Pajares, su colega eterno de la españolada española y muy española, llegó hasta lograr un Goya pese a todo, y se diría que contra todos, gracias a Carlos Saura y a su papel en ¡Ay, Carmela! Y tanto José Luis López Vázquez como Alfredo Landa se apuntaron a la revolución del Nuevo Cine Español por la puerta grande con películas como Habla mudita, Mi querida señorita, El bosque animado o, por supuesto, Los santos inocentes. No fue el caso de este zaragozano «entrañable» como a él le gustaba definirse. Y, para bien o para mal, para su condena y su liberación (como se quiera), su nombre vivirá por siempre asociado a esa comedia española tan popular y querida como denostada, tan desprestigiada como, guste o no, esencialmente nuestra.

De Los bingueros a Pepito piscinas, él fue el actor más taquillero en los 70 antes del cataclismo y ya en los 80, justo después de ese mismo cataclismo; antes de la Transición, en la Transición y justo después de la Transición. Solo en una ocasión estuvo a punto de dar el salto al otro lado. Fue de la mano de Agustí Villaronga en la que sería la última película de los dos, Loli Tormenta en 2023. La cosa se quedó en intento, pero, da lo mismo, Fernando Esteso sigue ahí, con nosotros. Como él mismo confesó en una de las últimas entrevistas que concedió a este mismo periódico: «Si eres famoso, sólo serás un tiempo famoso, pero si saltas el escalón que lleva de famoso a entrañable, eso es eterno. Sólo se consigue sin entrar al trapo, siendo una persona normal y, sobre todo, dando mucha verdad, mucho cariño y queriendo mucho a tu profesión incluso cuando ella no te quiere a ti». Queda dicho.

Sea como sea, Esteso, nacido en Zaragoza en 1945 y maño militante, fue algo más que simplemente un actor cómico. Fue humorista sin dobleces, imitador más allá de la realidad, cantante porque no había más remedio y hombre espectáculo global y ubicuo en una televisión con UHF.La Ramona Pechugona convive al lado de Fermín Cejuela (su personaje en Los bingueros) sin olvidar su impagable personificación (que no solo imitación) de Julio Iglesias, Raphael o el lucero del alba. Si alguien alguna vez estuvo preocupado por la corrección política, no fue ni él ni su representante ni todos y cada uno de los guionistas que le dibujaron en cada una de las películas de Mariano Ozores como el español acomplejado, rijoso, siempre sorprendido y timado hasta la extenuación por su compañero (generalmente Pajares). ¿Alguien dijo español medio? Preguntado por todo esto y por su cine, Esteso dejaba las cosas claras como aviso para navegantes: «Yo sí me siento orgulloso. Es gracioso que ahora tanta gente haga como que el destape no existió o lo desprecie cuando ha sido un alimento que ha abastecido al cine español durante muchos años, porque esas películas las vio España entera y han dado muchísimo dinero a la industria. Un dinero que ha ayudado a producir muchas películas que no ve la gente, pero obtienen premios de la Academia». Pues eso.

Con apenas 14 años, ya dio a conocer en espectáculos de variedades que ya no existen y que cuesta trabajo entender que existieran. Pasó por la revista con la naturalidad, presencia y coraje que otros dictan cátedra desde cine para los muy refinados. Y eso le llevó, además de a colocarse al lado de nombres como Lina Morgan o Tip y Coll, a entender a la perfección no tanto el apetito del público como su respiración. Todo de lo que se le quiera culpar a Esteso, es pecado, aunque no necesariamente mortal, de España entera y, sobre todo, verdadera. Su forma de sacar una carcajada a la audiencia era siempre la más directa, la más efectiva, en el instante preciso, la menos avergonzada.

Pero si algo le definió fue no tanto la españolada o comedia española como ese cine entre la liberación y el abuso (más lo segundo que lo primero) que se dio en llamar cine del destape. Aquel fue (y es) un cine coyuntural que tomaba cualquier noticia del periódico para convertirla en argumento irredento. Desde Celos, amor y mercado común (1973) a Qué tía la CIA (1985) pasado por las citadas Pepito piscinas (1976) y Los bingueros (1979) sin olvidar Yo hice Roque III (1980), Todos al suelo (1981), El currante (1983), Agítese antes de usar (1983) o La Lola nos lleva al huerto (1984) se parece bastante a un recorrido por ese otro lado avergonzado de una España y un tiempo que se querían europeístas, atlantistas, modernos y con una precioso AVE camino de la Expo y las Olimpiadas. La otra España, la real, fue él.

El esquema siempre fue el mismo: dos tipos muy simples y muy ingenuos que viven en la más absoluta pobreza ven la oportunidad de salir de sí mismos y arrojarse en brazos de las mujeres gracias a una estafa, un golpe de suerte, un robo sin víctimas o cualquier otro argumento de novela picaresca venida a menos. Y así. El recuerdo que de aquello conservaba el propio Esteso se antoja impagable: «La verdad es que yo prefiero aquella mirada a la de ahora. Era más sana, porque hoy en día hay también desnudos todo el rato, pero casi todos ensangrentados, casi todos con violencia. Nosotros no teníamos violencia de palabra ni de obra. Nada, simplemente éramos dos pícaros que podían hacer lo que fuera, pero siempre iban a la cama vestidos».

Sea como sea, lo que queda es la memoria de un cómico entrañable, querible, adorable, amable… Estuvo siempre ahí, en el cine con la película más taquillera (Los bingueros fue vista por 1.539.644 espectadores en las salas de cine y recaudó 197.885.368 de aquellas pesetas habiendo costado 15 millones), en la tele en todos los programas imaginables (Un, dos, tres, Estudio abierto, Aplauso, todas las galas de Nochevieja del mundo...) y así hasta que un día, antes de la muerte que ahora llega, desapareció. «Lo he llevado con deportividad, pero he estado realmente jorobado cuando nadie me daba trabajo. Pensaba: «¿Qué pasa con los actores mayores? Soy un señor mayor con experiencia que ha aprendido a hacer cine y resulta que el abuelo en las películas es un actor de 45 años maquillado»», decía. Ni hubo redención, pero, la verdad, tampoco le hizo falta.