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Osgood Perkins, director de cine de terror: «Los hombres blancos, heterosexuales y ricos tenemos que asumir lo tóxico, autoritario y colonial que ha sido nuestro comportamiento»

Osgood (u Oz) Perkins (Nueva York, 1974) ha logrado en apenas media docena de películas convertirse en un referente del nuevo cine de terror. Su filmografía se mantiene de forma sabia entre la ortodoxia más clásica y la innovación pautada, sin exagerar el gesto, sin intelectualizar por encima de lo razonable y sin caer en el precipicio de eso que se ha dado en llamar «terror elevado». Keeper llega a la cartelera meses después de que lo hiciera la delirante y genial The Monkey y apenas un año más tarde de que Longlegs alcanzara el rango de objeto (no solo película) de culto. Todas ellas con su firma. El hijo del mítico Anthony Perkins reflexiona sobre la sorprendente actualidad del pánico en tiempos de pánico, sobre la herencia recibida y sobre la terrorífica actualidad del machismo. No en balde, la película recién estrenada coloca al patriarcado en el centro de un cuento de miedo que llega desde lo más profundo del pasado hasta la más evidente y cotidiana actualidad. «Los abusos contra las mujeres de antes son los de ahora», dice.

Este año hemos visto cómo Los pecadores, Weapons o Devuélvemela, más allá del éxito logrado en taquilla, colocaban el género de terror a la vanguardia. ¿Hay explicación para un fenómeno como éste?
Nos creemos especiales, pero cada generación mira el mundo alrededor y piensa: «Esto es lo peor que ha pasado nunca». Y el cine se hace cargo rápidamente de esa reflexión. El ejemplo clásico es La noche de los muertos vivientes, de George A. Romero. Probablemente ninguna película de su tiempo retrató de forma más precisa la angustia por la guerra de Vietnam. Un ejército de zombis que invadía un diminuto pueblo estadounidense era una bonita metáfora de lo que Estados Unidos estaba haciendo en un pequeño país asiático. Por otro lado, La semilla del diablo, de Roman Polanski, contaba perfectamente el control social del cuerpo de la mujer.
¿Cuál sería la película que explicaría nuestro mundo?
Todas ellas. Ahora vivimos en un mundo donde todo parece estar profundamente fuera de control. El género de terror ofrece una especie de medicina que alivia precisamente esa sensación de caos. Puedes elegir tomarla durante dos horas y luego ir a casa, encender el fuego, cenar y tomar una copa de vino habiendo dejado el horror atrás.
Parece sencillo. Deberían darlo en las escuelas…
Lo bueno del género de terror es que permite abarcar la experiencia humana completa: lo que podemos ver y lo que no, lo que desconocemos, lo que hemos vivido y lo que tememos vivir. Se convierte en un vehículo muy útil para expresar todas las facetas del ser humano en su integridad.
Hemos hablado de terror, pero su última película es esencialmente una película de sustos. Los sustos no suelen ser muy apreciados por la crítica. ¿Cómo definiría un buen susto?
Ojalá lo supiera. Sin duda, sería mucho más rico. Prefiero pensar que estoy aprendiendo el lenguaje. Para mí, un susto trata sobre la impotencia. Sobre la incapacidad de cambiar el resultado de un acontecimiento. Un susto se produce cuando eres sorprendido por algo que no puedes controlar. Imagino que lo que estoy diciendo tiene que ver con mi experiencia personal. Un par de veces en mi vida he pasado por situaciones que me han dejado conmocionado. Ver que algo se desarrolla ante tus ojos y no puedes detenerlo es probablemente lo que más miedo o temor genera. Esa parece ser la receta.

Hay quien atribuye el éxito del cine de terror a la búsqueda de experiencias nuevas y sorprendentes en un mundo del espectáculo dominado por fórmulas, algoritmos y frases hechas.
No sé si eso es solo aplicable al género de terror. En general, creo que todos los que nos dedicamos a crear algo vivimos obsesionados por evitar o ser capaces de sobreponernos al ruido cultural vigente. La sensación que tengo es que vivimos en un mundo sobresaturado en el que todo es desechable. Lo que sí es cierto es que el terror por definición trata de algo que no está a nuestro alcance, se ocupa de lo fantástico… Y en ese sentido, es más sencillo concebir algo que provoque la curiosidad del espectador. Pero en la guerra de combatir el algoritmo omnipresente estamos todos, todos los que respetamos nuestro trabajo.
Keeper coloca en el centro de la trama a un abusador, quizá el mayor y más persistente de todos ellos, que responde a una tipología: hombre, blanco y rico. ¿Esa es la idea de un monstruo para usted?
Generalmente localizamos al enemigo fuera en vez de mirar al interior de nosotros mismos. Como el hombre blanco, heterosexual y privilegiado que soy he podido comprobar personalmente cómo hasta hace poco se nos ha permitido pensar, decir y hacer lo que nos viniera en gana. Sin ningún tipo de control. Solo recientemente ha habido una corrección necesaria. Lo consecuente ahora es reflexionar sobre nuestro pasado, sobre nuestra educación, sobre las formas y costumbres que asumimos de forma acrítica.
Habla del patriarcado…
Sí. Es muy sencillo. Todos hemos acabado por ser lo que nos enseñaron nuestros padres, lo que aprendimos de la televisión, el cine, la literatura… Yo, por ejemplo, me considero hijo de la MTV. Y no me puedo imaginar otro vehículo tan tóxico y patriarcal como la MTV. Yo la adoraba y era una forma descarada de sexualizar a la mujer. Es el momento quizá para que los hombres blancos, heterosexuales y ricos asumamos lo tóxico, autoritario y colonial que ha sido nuestro comportamiento. Así que, en esencia, Keeper es solo una película sobre un hombre blanco, heterosexual y rico que se ha estado portando mal durante mucho tiempo. Ese sería el resumen.

«Cada generación mira el mundo alrededor y piensa: ‘Esto es lo peor que ha pasado nunca'»

Queda claro. ¿Diría que el machismo es lo más aterrador a lo que nos enfrentamos como sociedad?
Es uno de los asuntos más preocupantes sin duda. Y todavía hay quien no quiere darse por enterado. Pero hay muchos otros miedos que combatir. La película que estoy haciendo ahora se llama The Young People y trata sobre los jóvenes estadounidenses y la indiferencia con la que son tratados. La impresión que tengo es que los jóvenes han dejado de importar. Una cosa es que no importe la clase trabajadora, otra que no importen las mujeres, y otra que no importen las personas transgénero o cualquiera que sea diferente de la norma establecida. Pero mucho más grave de todo esto, siendo ya insoportablemente grave lo anterior, es que no nos importen nuestros hijos. A Estados Unidos, ahora hablo de mi país, no le importan sus niños. Eso creo que es lo más aterrador a lo que nos enfrentamos.
Habla de Estados Unidos, pero me temo que es generalizado…
Sí, probablemente.
Hace no mucho habló por extenso de su padre. Me pregunto si aún le molesta que el nombre de su padre salga en cada entrevista que concede.
En absoluto. Estoy orgulloso de él. Me molestaría si mi relación con él me la planteara como una competencia con su obra. Recuerdo que de joven vivía acomplejado y pensaba: «Nunca seré suficiente, nunca podré hacer lo que él hizo». Pero luego creces y comprendes que no se trata de sobrepasar a nada ni a nadie, sino de añadir y, llegado el caso, de completar y construir sobre lo heredado. Tengo el verdadero honor de provenir de una familia –no solo por parte de mi padre, sino también por el lado de mi madre (mi bisabuela era la diseñadora Elsa Schiaparelli)– muy unidos al arte y al pensamiento. Tener el privilegio de estar sobre los hombros de ese legado es algo de lo que puedes huir y sentirte empequeñecido, o puedes sentirlo como un peldaño, como algo sobre lo que te alzas para llegar un poco más alto. Lo que lograron mi padre y mi bisabuela siempre está presente para mí. Es como tener un santo, una guía o una asistencia sobrenatural. Nunca lo vivo como una rémora.
¿Cuántas veces le han preguntado por Psicosis?
Muchas. Y estoy orgulloso, aunque no tenga nada que ver. Hay películas que determinan una época y elevan el espíritu de la gente. Esta es una de ellas. Como 2001: una odisea del espacio o, ahora mismo, Barbie, ¿por qué no? Y no solo películas. Pensemos por un momento en cuadros como el Gernika o novelas como Lolita. Son obras todas que… cómo decirlo… dan energía a la gente. Lo que me gustó de Longlegs, por ejemplo, fue precisamente eso. No se trata de que gustara más o menos, era otra cosa. Y, sin duda, esa energía que sentí y recibí personalmente cambió mi vida.