La furia desatada este viernes por el presidente Donald Trump contra el Tribunal Supremo es reflejo de muchas cosas. De su carácter volcánico, explosivo. De su escasa tolerancia a las malas noticias. Del profundo impacto de una sentencia que va mucho más allá de la política comercial de Estados Unidos, ya que los aranceles se han convertido en instrumento principal de acción política de la administración. Pero sobre todo, es reflejo de que el universo de Trump, que durante sus primeros 12 meses en la Casa Blanca ha acumulado victoria tras victoria, empieza a quebrarse.
Primero perdió en dominio absoluto sobre el Congreso y del movimiento MAGA con el Caso Epstein. Después, el respaldo de muchos votantes tras la muerte de dos manifestantes estadounidenses a manos de sus agencias migratorias en Minnesota, lo que desembocó en la decisión de retirar a los agentes federales. Ahora, considera que ha perdido, de forma incomprensible, el apoyo casi inquebrantable de un Supremo de mayoría conservadora a sus medidas, y además en el tema quizás más importante para su cosmovisión del mundo, algo que considera una traición. Y en breve tendrá que someterse al referendo de las urnas, en unas elecciones de medio mandato en noviembre que según todos los indicadores y encuestas va a perder.
Trump detesta perder. No lo soporta. No lo hacía como empresario y menos como político, hasta el punto de que jamás ha reconocido que Joe Biden ganó las elecciones de 2020. Toda su narrativa desde noviembre de ese año hasta hoy está construida en torno a un robo, un fraude masivo orquestado por los Demócratas para privarle de la victoria. Porque no puede concebir, literalmente, no ganar. Por eso insiste una y otra vez en que arrasó en 2024, que ganó todos los estados bisagra, que nadie ha conseguido más, que nadie tiene más apoyo, nadie es más querido, nadie merece más los premios. Lo hace en casi todos sus discursos, da igual el continente, el formato, si es una cumbre de la OTAN o el Palacio de un rey. Y lo hizo de nuevo ayer analizando la sentencia de la Corte Suprema.
Su problema es que aunque es un presidente extraordinario, que rompe los moldes, y que ha logrado cosas que nadie antes había conseguido, es también un ‘pato cojo’, la fórmula usada en EEUU para referirse a un presidente saliente. Los partidos en EEUU nada tenían que ver con los europeos, y los presidentes, cuando acaban sus mandatos (dos máximo, según la Constitución), prácticamente desaparecen. Quedan como figuras simbólicas, pero sin ningún poder, interno o externo.
Es difícil asumir que Trump se irá plácidamente en 2028, incluso asumiendo que no intente presentarse, porque tiene un control sin precedentes del Partido Republicano gracias al movimiento MAGA, un poder con el que pone y quita peones desde su corte itinerante en Mar a Lago. En muchas circunscripciones es complicado que un candidato gane una elección sin su apoyo total, sobre todo las primarias. Pero es casi imposible que lo logre con él en contra. Lo sabe él y lo saben todos los demás.
Y eso lleva a lo ocurrido el viernes. Los aranceles son algo esencial para Trump, una persona y un presidente impredecible en general, pero que tiene algunas obsesiones fijas desde los años 80. Una de ellas, quizás incluso la principal, son los aranceles. Cree desde entonces que EEUU está siendo esquilmado por decenas, cientos, de naciones rapiñadoras, que se aprovechan de su nobleza. Por eso los gravámenes se han convertido en la pieza angular. La herramienta coercitiva por excelencia para negociar marcos comerciales, de China a la UE pasando por Maldivas. También una de las fuentes de ingresos para una economía con un déficit y una deuda desbocados y con problemas de empleo y crecimiento. Y sobre todo, su varita mágica.
Aranceles son los que invoca cuando quiere «acabar con una guerra», amenazando a las partes implicadas con no poder comercial con EEUU. Aranceles son los que sube si le cae mal un líder extranjero, como hizo con Suiza. Aranceles son el recurso para doblegar a la Unión Europea si tiene leyes digitales que no le gustan. Aranceles son el castigo a México o Canadá con la excusa de drogas. Y el Supremo, de golpe y para su sorpresa, le ha quitado su juguete favorito. «Este fue un caso importante para mí, más como símbolo de seguridad económica y nacional que cualquier otra cosa», admitió él mismo, que poco después del varapalo anunció un arancel global del 10% para todos los países.
Eso, de por sí, explicaría buena parte de su furia. Pero hay que contextualizarlo. Los magistrados del Supremo, en sus textos, dicen que no hay precedente de un presidente usando esa ley de emergencia para imponer aranceles. Dicen que si el Congreso, al diseñar la norma, hubiera querido que la Casa Blanca tuviera esos poderes lo habrían dicho. Pero también le dicen al presidente que si quiere ‘castigar’ a otros países puede hacerlo… de la mano de congresista y senadores. Algo especialmente irónico, parece, porque el partido de Trump domina ambas cámaras.
Hay instrumentos, pero si el presidente no acudió al Congreso no fue sólo por la prisa, aunque también, sino porque la teoría del ejecutivo unitario que guía a su administración, y que comparten al menos algunos de los miembros del Supremo, establece que en EEUU, con la Constitución existente, el rey es más parecido a un monarca que a un presidente de una República. Y que tiene amplios, amplísimos poderes, que ni el Congreso, ni agencias ni desde luego tribunales federales deberían poder limitarlo. Puede hacer casi lo que quiera. Es la cosmovisión de Trump y es su actitud diaria. Por eso ignora al Congreso, por eso desprecia a los jueces que han parado una y otra vez sus decisiones. Por eso insulta a los medios o a la oposición que trata de fiscalizar sus pasos. A los aliados. Al mismo Supremo que le dio inmunidad casi absoluta.
Durante sus primeros meses de este mandato, rodeado de fieles y con un plan muy detallado y perfectamente ejecutado, Trump gobernó casi a voluntad. Los congresistas y senadores se ponían firmes casi sin excepciones (apenas dos o tres nombres de forma regular) Sólo los jueces paraban sus decisiones. A veces la administración ignoraba sus fallos (por ejemplo, en deportaciones), y otras el Supremo acababa estableciendo que los tribunales federales no tienen poderes como para imponer decisiones a nivel de todo el país, como había ocurrido durante décadas.
Antes de Navidad el Congreso votó a favor de exigir al Departamento de Justicia la desclasificación de millones de documentos sobre el Caso Epstein. Trump y su peón, el speaker de la cámara Mike Johnson, habían logrado parar las iniciativas una y otra vez, hasta que no pudieron más. El movimiento MAGA estaba furioso y los congresistas, por una vez, temieron más a sus votantes que al presidente. Hace unos días, ocurrió de nuevo, precisamente en un tema de aranceles a Canadá. El Gobierno volvió a perder. Vetará la decisión y no hay dos tercios suficientes en las cámaras como para saltarse el veto de Trump, pero el mensaje fue claro: el presidente ya no tiene luz verde para todo, siempre y sin condiciones.
Si a eso se le suma lo ocurrido en Minnesota, la rabia por todo el país contra el ICE y los agentes migratorios, la caída de la popularidad a mínimos, los crecientes rumores sobre su mala salud, las imágenes en las que parece dormirse en todos los actos públicos, los gestos de megalomanía bautizando edificios o construyendo salas de baile, los números débiles de empleo y un dato muy malo de crecimiento conocido precisamente este viernes, el cóctel es revelador.
Hay nervios en la Casa Blanca, muchos nervios. Hay asesores áulicos como Steve Bannon que dicen que si se pierden las elecciones acabarán en prisión. Y la gran obsesión del presidente este mes es precisamente cambiar las leyes electorales o «nacionalizar» el proceso, para que su Gobierno lo supervise. «Hay una gran unidad en el Partido Republicano, y espero que todos voten por los republicanos en las elecciones, porque si no, no nos quedará país. Porque esta gente ha estado destruyendo, están destruyendo nuestro país», concluyó Trump su rueda de prensa el viernes.
La ironía es que si esto fuera una cuestión sólo económica, la administración podría sacarle partido. Si desaparecen los aranceles, la economía norteamericana se verá beneficiada, y la economía será el asunto principal en las elecciones de noviembre. Sin la presión proteccionista el precio de los bienes importados bajará. Con menos tensión en los precios, la Reserva Federal tendría más argumentos para bajar tipos de interés, como exige Trump. Y los ciudadanos podrían notar alivio en su día a día. Los mercados están encantados de que haya comercio y menos tensiones. Pero nada de esto es económico, o no sólo. Va mucho más allá.
Trump lo dice cada día y lo seguirá diciendo. Es una cuestión de política, de poder, de percepción, de orgullo. Trump odia perder y necesita una retórica ganadora y desviar la atención. Hace unas semanas, un humorista dijo en su programa que al presidente sólo le faltaba anunciar que había pruebas de que existen los alienígenas para tapar las noticias sobre Epstein. El presidente, en serio, hizo algo parecido este jueves, diciendo: «En vista del gran interés mostrado, ordenaré al Secretario de Guerra y a otros Departamentos y Agencias pertinentes que inicien el proceso de identificación y divulgación de archivos gubernamentales relacionados con vida extraterrestre, fenómenos aéreos no identificados (FANI) y objetos voladores no identificados (OVNI), así como cualquier otra información relacionada con estos asuntos tan complejos, pero sumamente interesantes e importantes».
Si eso no basta, siempre está Irán. Trump llegó al poder prometiendo que no haría como sus predecesores, que iba a parar las guerras, las intervenciones, meterse en temas que no ayudan a los ciudadanos. Desde entonces ha bombardeado ya siete países. Después de la operación contra el programa nuclear iraní, y de la operación que llevó a la captura de Nicolás Maduro, si algo tiene claros incentivos para ganar popularidad y renacimiento es la acción exterior. Todos sus predecesores saben que en momentos de guerra, los americanos cierran filas.
