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12 kilómetros para cambiar la historia: por qué el proyecto de colonias en la zona E1 puede dinamitar el futuro de Palestina

12 kilómetros para cambiar la historia: por qué el proyecto de colonias en la zona E1 puede dinamitar el futuro de Palestina

Serán apenas 12 kilómetros cuadrados de colinas pedregosas al este de Jerusalén, pero son fundamentales, un trozo de tierra que ha vuelto a situar el conflicto palestino-israelí al borde de un punto de no retorno. El reciente impulso por parte del Gobierno de Tel Aviv a las licitaciones para la construcción del proyecto conocido como E1 (equivalente a 1.700 campos de fútbol o el tamaño de la ciudad autónoma de Melilla) ha provocado una airada reacción diplomática, sobre todo de Europa y del mundo árabe. Para sus críticos, este desarrollo urbanístico representa el golpe definitivo a la viabilidad de un Estado palestino. Para las autoridades israelíes, se trata de una necesidad de continuidad urbana y seguridad estratégica de su propio Estado. 

¿Pero por qué este enclave despierta tantas alarmas? En El HuffPost tratamos de explicarlo en siete claves. 

1) ¿Qué es exactamente el E1?

El acrónimo E1 corresponde a East 1 ("Este 1") y denomina a una extensión de tierra de unos 12 kilómetros cuadrados situada en Cisjordania, justo al este de los límites municipales de Jerusalén y el adyacente al asentamiento israelí de Ma'ale Adumim. Al norte quedarían Ramala o Nablus. Al sur, Belén o Hebrón. Es, pues, un cuello de botella esencial para comunicar las grandes ciudades cisjordanas entre sí y con el este de Jerusalén, que es una zona ocupada por Israel desde la Guerra de los Seis Días (1967). 

Aunque los sucesivos gabinetes israelíes sostienen formalmente, desde los años 80 del pasado siglo, que Jerusalén es su capital "única e indivisible", lo cierto es que muy escasas naciones reconocen que así sea (sí, los Estados Unidos de Donald Trump, por ejemplo) y entienden que es Tel Aviv donde radica su administración. Hoy, en la ciudad triplemente santa viven entre 360.000 a 380.000 palestinos al otro lado de la Línea Verde que marca la ocupación en los mapas, lo que representa cerca del 39 % de la población total de la ciudad. En Jerusalén Oriental es donde Palestina quiere tener la capital de su Estado de pleno derecho, reconocido por la inmensa mayoría de la comunidad internacional. 

Se calcula que entre esa mitad jerosolimitana y la Cisjordania ocupada hay hoy unos 700.000 israelíes residiendo de forma ilegal en colonias. 

2) ¿Qué se planifica en ese suelo?

El plan maestro para E1 se remonta a la década de 1990, bajo el mandato del entonces primer ministro Isaac Rabin, el que ganó el Nobel de la Paz junto a Simón Peres y Yasser Arafat por los Acuerdos de Oslo. En todos lados cuecen habas. Desde entonces, se ha amagado reiteradamente con su edificación, pero no ha sido hasta ahora, bajo el último Gobierno de Benjamin Netanyahu, apoyado en religiosos y ultranacionalistas, que se ha sacado del cajón, tras varias remodelaciones y ampliaciones, siempre ampliaciones. 

El proyecto urbanístico contempla la construcción inicial de más de 3.000 viviendas destinadas a colonos israelíes, complementadas con licitaciones adicionales de infraestructura. Como es habitual en las colonias ya existentes, se incluyen zonas comerciales y de servicios, con la creación de polígonos industriales y centros turísticos y culturales. Es uno de los atractivos de los asentamientos: las ayudas del Gobierno para poblarlos, la posibilidad de empleo y la calidad de vida que se promete, que se consigue además con instalaciones policiales y militares para proteger su perímetro. 

En este caso, es que además se plantea un corredor de transporte integrado, toda una red de carreteras y circunvalaciones diseñada para unir de manera ininterrumpida la ciudad de Ma'ale Adumim (con cerca de 40.000 vecinos, uno de los mayores y más prósperos asentamientos, al filo del desierto de Judea, a 4,5 kilómetros al este de la Línea Verde) con Jerusalén Occidental (econocida internacionalmente como suelo israelí). 

Las carreteras que se levantan para acceder a las nuevas poblaciones ilegales son bocados y bocados sobre suelo palestino, pero en esta ocasión la obra es de tal embergadura que el agujero es ya un foso, imposible trazar una línea de conexión en lo que quede de suelo palestino.   

La presión diplomática de Estados Unidos y la Unión Europea (UE) ha impedido en años pasados que los pliegos de la obra se hicieran realidad, pero ahora ya se han publicado los contratos y se están tramitando las licitaciones, reactivando el proceso formal para transformar este paisaje desértico en una extensión urbana consolidada. Si se ha podido cometer un genocidio en Gaza con más de 77.000 asesinados, sin que llegaran sanciones de ningún lado, ¿cómo no se va a poder robar esta tierra?, deben pensar. Y más cuando hay elecciones a la vista, en octubre... 

3) ¿Por qué importa tanto?

La controversia en torno a E1 no radica en el tamaño de su territorio, como se puede entender viendo los números, sino en su valor geoestratégico. El corredor actúa como una bisagra territorial en el centro mismo de Cisjordania. Si se urbaniza, Cisjordania queda partida en dos mitades desconectadas (norte y sur) y se quedarían aislados los barrios palestinos de Jerusalén, aislados la ciudad del resto de su entorno social y económico cisjordano. 

Es un mal que ya se lleva sufriendo décadas, desde que en 2002 se inició la obra del muro de separación que supuestamente buscaba prevenir atentados. Ya entonces, esa pared -declarada ilegal en 2004 por la Corte Internacional de Justicia- dejó barrios jerosolimitanos al otro lado, en bolsas anexas a Cisjordania, causando la separación de familias y comunidades enteras o complicando el acceso a servicios esenciales como la educación o la sanidad. 

En la actualidad, las gobernaciones del norte, como Ramala, Nablus y Yenín, mantienen conexiones de transporte -aunque sujetas a puestos de control israelíes infernales, lentísimos y complejos- con las del sur, con Belén y Hebrón como nudos más destacados. Si la cuña de E1 se urbaniza con infraestructura israelí, el territorio cisjordano quedaría dividido en dos cantones incomunicados entre sí.

En el caso de Jerusalén Oriental, E1 crearía una barrera continua de asentamientos israelíes que rodearía por completo la parte oriental de la ciudad, separándola de su retaguardia demográfica y comercial en Cisjordania. Los ciudadanos palestinos quedarían aislados en lo familiar, lo comercial, lo cultural o lo social. Estarían abocados a la nada, a convivir con los asentamientos y a tener que recurrir a su invasor para todo.

Si E1 se edifica, se cerrará además el corredor a Jericó, en Cisjordania, que es la última salida natural de las poblaciones palestinas hacia el Valle del Jordán, fundamental por su riqueza agrícola y por ser la frontera con Jordania, el que se quiere que un día sea el dibujo final de su Estado. El proyecto completaría un cinturón ininterrumpido de control israelí que se extendería desde la costa mediterránea, a través de Jerusalén, hasta el mar Muerto y la frontera jordana, fragmentando el espacio palestino en enclaves aislados. 

La imagen del queso gruyer que siempre se emplea para hablar de los agujeros que hacen los asentamientos se daría la vuelta: los agujeros, en adelante, serán los territorios palestinos y lo que tiene continuidad (y futuro y progreso) es la zona ocupada por Israel. 

4) ¿Por qué se habla del "fin de los dos Estados"?

Durante décadas, la política exterior de la UE, EEUU, la ONU y la mayoría de los organismos multilaterales ha descansado sobre el principio de la solución de dos Estados: la coexistencia pacífica de un Estado de Israel seguro y un Estado palestino independiente, soberano y viable territorialmente, sobre las fronteras previas a la Guerra de los Seis Días de 1967. Para que un Estado sea viable según el derecho internacional y la práctica económica moderna, requiere una condición esencial: continuidad territorial. De la defensa, por ejemplo, ya se habla más adelante. 

El establecimiento de E1 transformaría la geografía de Cisjordania en lo que diplomáticos y organizaciones de derechos humanos describen como una estructura de "bantustanes" o islas territoriales desconectadas. En estas condiciones, la soberanía operativa resulta imposible, ya que el movimiento de bienes, servicios y personas dependería enteramente de túneles, pasos bajo nivel o vías secundarias reguladas y controladas por puestos militares israelíes.

Jerusalén queda fuera del alcance palestino y, sin acceso libre al este, el proyecto nacional palestino pierde su centro institucional, religioso y económico. Por esta razón, líderes diplomáticos han advertido reiteradamente que E1 no representa un asentamiento más, sino la "línea roja" física que imposibilita de facto cualquier acuerdo de paz negociado.

5) El impacto humano

En las colinas onduladas del corredor E1 habitan ahora mismo diversas comunidades de pastores beduinos palestinos, pertenecientes principalmente a la tribu Jahalin, desplazadas originalmente del desierto del Néguev en la década de 1950. La comunidad más conocida internacionalmente es la aldea de Khan al-Ahmar, situada en las proximidades de la autopista que une Jerusalén con el mar Muerto.

Las autoridades militares israelíes han emitido órdenes de demolición contra la totalidad de las estructuras de la aldea, incluidas viviendas de chapa y una escuela comunitaria construida con neumáticos y barro (que ha contado en el pasado con ayuda de la cooperación española), para ir allanando el terreno a sus planes. 

Hay quien se pregunta por qué la zona nunca ha sido edificada por ciudadanos palestinos. Tampoco es que cambiara mucho las cosas, vistas las órdenes de demolición presentes, pero, en fin, la razón hay que buscarla en los Acuerdos de Oslo de 1993: al estar ubicadas esas parcelas en la denominada Área C de Cisjordania -bajo control civil y militar directo de Israel según los Acuerdos de Oslo de 1993-, los residentes palestinos deben obtener de permisos de construcción de Israel para hacer cualquier cosa. Y eso es prácticamente imposible en la práctica porque Tel Aviv no concede ni el 1% de lo que se pide y, habitualmente, se refiere más a pequeñas reformas que a ampliaciones y obra nueva. Así que ya era complicado levantar ni un ladrillo pero ahora, directamente, los echan. 

El plan de Netanyahu y los suyos contempla el traslado de estas familias a zonas urbanizadas próximas a vertederos o plantas de tratamiento en Abu Dis y el valle del Jordán, lo que, según denuncian antropólogos y defensores de derechos humanos, destruiría su modo de vida tradicional basado en el pastoreo. Organismos como Amnistía Internacional, Human Rights Watch y la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos han señalado que el traslado forzoso de poblaciones bajo ocupación militar contraviene el artículo 49 del Cuarto Convenio de Ginebra y podría ser tipificado como crimen de guerra bajo el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional.

6) Los argumentos de sus partidarios

La postura oficial del Gobierno israelí y de los sectores que promueven la expansión de E1 se fundamenta en consideraciones de seguridad nacional, demografía y derechos históricos. La primera es la de lograr continuidad urbana para Ma'ale Adumim, prácticamente una ciudad satélite de Jerusalén, muy consolidada, que debe estar conectada de forma directa y fluida con el núcleo metropolitano de la gran capital. Continuidad para nosotros, discontinuidad para vosotros. 

La seguridad estratégica es el otro gran punto de su argumentario. Desde la perspectiva de defensa israelí, controlar la elevación topográfica de estas colinas protege el flanco oriental de Jerusalén y previene incursiones hostiles o cierres de rutas desde el este. Israel argumenta que estas tierras fueron declaradas legalmente "tierras estatales" y que la administración del Área C corresponde a su jurisdicción administrativa de acuerdo con los acuerdos transitorios firmados en Oslo. 

Por supuesto, lo terrenal se traslada a lo simbólico y, licitando y contratando, Jerusalén quedará a sus ojos como esa capital continua que proclama la Ley Básica de Jerusalén, Capital de Israel, de 1980. El Gobierno rechaza cualquier intento de partición o restricción al desarrollo urbano en su periferia. Nunca se ha planteado que pueda ser la capital de un Estado palestino, derecho que Netanyahu ahora niega, tras defenderlo de palabra durante años para contentar a la Casa Blanca. Ahora, apoyado por ministros ultras como Itamar Ben-Gvir o Bezalel Smotrich y con Trump en el Despacho Oval, no hay necesidad para el disimulo. Ellos apuestan por controlar el Gran Israel, la promesa divina para el pueblo judío que desborda los límites del actual Estado de Israel y que empieza por tomar "Judea y Samaria", o sea, Cisjordania. 

En su momento, cuando la ONU decidió la partición de la Palestina histórica en 1947, se contempló que Jerusalén y sus alrededores tuvieran un estatus especial como un corpus separatum. Esto significaba que la ciudad no pertenecería ni al Estado judío ni al Estado árabe propuestos, sino que quedaría bajo administración internacional directa de la ONU. Tampoco esa solución está en los planes de Tel Aviv para un siglo de estos. 

7) Lo que dice el derecho internacional

El estatus legal de los asentamientos israelíes en Cisjordania y Jerusalén Oriental es uno de los puntos de mayor consenso en la jurisprudencia internacional. Aunque Israel disputa estas interpretaciones, queda claro en las sucesivas resoluciones e informes de la ONU. Citamos unas cuantas, para desmemoriados:

Con este marco, es entendible que el reciente impulso a las licitaciones haya generado una intensa actividad diplomática en Europa, el mundo árabe y los foros multilaterales. España, Reino Unido, Francia, Alemania, Italia, los Países Bajos, Canadá, Noruega, Australia, Nueva Zelanda, Suecia, Bélgica, España, Austria, Grecia y Chipre, más la Comisión Europea, por ejemplo, han emitido comunicados conjuntos, enérgicos, advirtiendo que la ejecución del plan E1 alteraría irreversiblemente las condiciones para la paz y exigiría una revisión de los vínculos bilaterales y comerciales vinculados a la actividad en los asentamientos.

El ministro de Exteriores británico ha sido el que más lejos ha ido en la crítica, porque ha telefoneado directamente a Tel Aviv, ha llamado a consultas al encargado de negocios israelí en Londres y ha prometido sanciones concretas. ¿La respuesta de Israel? Que su gente tiene tanto derecho a vivir en Cisjordania con los británicos a hacerlo en Londres.

El Servicio Europeo de Acción Exterior ha reiterado que no reconocerá ningún cambio a las fronteras previas a 1967 que no haya sido acordado mutuamente por las partes, señalando el riesgo de que las empresas involucradas en las obras incurran en contingencias legales. El Canal 13 de la televisión israelí informó el 20 de agosto de que la Unión está preparando un paquete integral de sanciones contra Tel Aviv por su plan, una lista que incluye requisitos de etiquetado para los productos importados de Israel, una reducción de la cooperación académica con Israel y la suspensión parcial de la colaboración en los ámbitos de la seguridad y la diplomacia entre la UE e Israel. 

No obstante, hay que recordar la parálisis de la UE respecto a Israel incluso con el genocidio de Gaza en sus días más sangrientos. Se ha debatido si romper, congelar o reducir el Acuerdo de Asociación UE-Israel, en vigor desde junio de 2000, porque viola su artículo 2, que vincula la continuación de la cooperación al respeto de los derechos humanos. No ha habido consenso para ello hasta ahora. 

Jordania y la Liga Árabe han calificado el proyecto como una provocación directa que socava la estabilidad regional y viola los acuerdos de custodia sobre los lugares santos de Jerusalén, mientras que EEUU... Bueno, se tapa por ahora. Históricamente, tanto administraciones demócratas como republicanas han expresado reservas frente al E1, advirtiendo en privado a los sucesivos primeros ministros israelíes de que su avance representa una alteración unilateral del estatus final.

El dilema central radica en si la actual ola de advertencias diplomáticas se traducirá en sanciones económicas, restricciones a productos elaborados en los asentamientos o vetos a contratistas, o si, por el contrario, los hechos consumados sobre el terreno terminarán por consolidarse como una realidad inamovible, que altera el statu quo firmado por las partes y manda a la lona un compromiso mundial con la solución de dos Estados. 

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