La cita era mañana, en Suiza, pero la firma del acuerdo de paz entre Estados Unidos e Irán se ha adelantado. Con nocturnidad y en formato digital, las dos partes han puesto fin esta madrugada a la contienda iniciada por los norteamericanos, con su aliado Israel, el pasado 28 de febrero, que ha dejado unos 3.700 muertos, 26.000 heridos, 14 países del golfo Pérsico alcanzados por proyectiles y el comercio por el crucial paso de Ormuz bloqueado durante más de cien días.
Ahora es el momento del balance, de aclarar qué entra y que no entra en el marco, apenas un esbozo de lo por venir. El acuerdo, de 14 puntos y que tiene la forma de un Memorando de Entendimiento, establece como base que Irán nunca tendrá armas nucleares y compromete un fondo de 300.000 millones de dólares para la reconstrucción y el desarrollo del país, aunque EEUU no está obligado a contribuir a ello.
En El HuffPost hacemos repaso de lo cerrado hasta ahora, a lo que ya está en vigor y lo queda por afinar, y lo comparamos con el Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC), firmado en 2015 por Irán con EEUU, China, Rusia, las grandes potencias europeas y la ONU de valedor. Aquel fue el gran logro para impedir que Teherán lograse armas atómicas, pero el presidente norteamericano, Donald Trump, lo abandonó pasados tres años, acusando a la República Islámica de patrocinar el "terrorismo internacional" e impedir las inspecciones. El republicano lleva años prometiendo que forzará a los clérigos a firmar "el mejor" de los acuerdos. ¿Este lo es?
El contenido de los famosos 14 puntos
Washington y Teherán han pactado una calma inicial para, de seguido, entrar en los asuntos más espinosos y que están en la base de la contienda, como el programa nuclear del régimen islámico. La Casa Blanca ha descrito el acuerdo como "basado en el desempeño", del que su adversario sólo se beneficiará si cumple con sus compromisos. En condicional, pues.
¿Lo mejor del mundo mundial?
Aquí estamos de nuevo, ocho años después de que Irán firmase con Occidente un pacto garantista sobre sus intenciones nucleares, uno de los mayores hitos de la diplomacia mundial en décadas. En estos años, tras la salida de EEUU ordenada por Trump, todo ha sido descomposición: Teherán, con el tiempo, ya no se daba por aludido por el articulado y empezó a impedir las visitas e inspecciones del OIEA y a enriquecer uranio por encima de lo que se entiende como suficiente para un fin civil (del 3 al 5% en energía; del 20% en ciencia y medicina).
Ahora, la Administración de Trump defiende que el nuevo marco es "muy superior" a aquel que logró Barack Obama, el presidente demócrata, y que siempre mantendrá firme sobre la mesa la opción militar -según declaró el secretario de Defensa, Pete Hegseth-. Sus críticos, sin embargo, ya cuestionan las concesiones inmediatas otorgadas a la república islámica.
La primera diferencia que se detecta entre el acuerdo de 2015 y el de 2026 tiene que ver con la duración, de lo temporal a lo definitivo. El PAIC (o JCPOA, siglas en inglés de Joint Comprehensive Plan of Action) era un tratado de alcance total, con cientos de páginas repleto de tecnicismos. En cambio, el documento actual es un marco conceptual de 14 puntos que extiende el alto el fuego tras el conflicto armado entre ambos países y sienta las bases para futuras negociaciones técnicas. Los detalles complejos sobre el destino del programa nuclear iraní se definirán en los próximos dos meses. Ya se verán. Lo de entonces estaba todo atado y bien atado.
Ambos textos prohíben explícitamente que Irán obtenga armas nucleares, eso es cierto. Sin embargo, la realidad sobre el terreno ha cambiado drásticamente: en 2015, el uranio de Irán tenía niveles bajos de enriquecimiento, compatibles con el uso civil reivindicado por Teherán. Aquel pacto fue una garantía de que no iría a más. Hoy, el país posee material enriquecido al 60%, los 450 kilos citados (son datos de la ONU), un umbral muy cercano al grado militar. El tiempo perdido no se recupera y ahora se añade el problema de qué hacer con ese material: durante la guerra se ha especulado incluso con una incursión rauda de especialistas norteamericanos para neutralizarlo sobre el terreno o sacarlo del país para hacer lo propio. La opción de darlo a un tercero y que éste se encargue de neutralizarlo no ha fructificado. Rusia se ofreció a ello.
El pacto de Obama impuso un tope estricto de enriquecimiento del 3,67% durante 15 años, limitó el número de centrifugadoras y confinó las operaciones a la planta de Natanz. Todo eso quedó en papel mojado cuando Trump se salió de lo pactado, en 2018, al poco de llegar al Despacho Oval. La diferencia de niveles es sensible. Ahora, además, el memorando de Trump no menciona límites a las centrifugadoras ni fija cifras específicas. Sí establece como estándar mínimo el "mezclado a la baja" (downblending) del uranio en el lugar bajo supervisión del Organismo Internacional de Energía Atómica.
Trump ha restado urgencia al peligro actual argumentando que la mayor parte del material al 60% quedó sepultado bajo los escombros tras los bombardeos estadounidenses del año pasado, durante la Guerra de los 12 días. Sin embargo, Washington no ha aportado pruebas de ello, como tampoco lo hizo para apuntalar su afirmación de que el programa atómico de Irán había quedado desarbolado. Los informes posteriores de la CIA, de hecho, lo desmintieron. Hoy por hoy, sólo la República Islámica sabe dónde está ese material y en qué estado.
Ahora, además, EEUU abre la puerta a que Irán mantenga un programa nuclear civil para generar electricidad. Eso va en contra de lo que quiere Israel, que aboga por la eliminación total del programa iraní, para cualquier uso.
Las llamadas "cláusulas de expiración" también marcan diferencias. Uno de los argumentos con los que Trump justificó la salida del acuerdo, en su primer mandato, fue la existencia de cláusulas que expiraban a los 10 y 15 años, lo que supuestamente le daba poco margen a EEUU y dejaba el futuro abierto para más avances iraníes. El nuevo memorando directamente carece de estas fechas límite. Fuentes gubernamentales citadas por la CBS señalan que el republicano busca restricciones permanentes para que Irán sólo pueda enriquecer uranio con fines no militares "para siempre", exigiendo además una suspensión total de las actividades de enriquecimiento durante un periodo de 15 a 20 años. Todo eso es ciento volando ahora mismo.
El acuerdo de 2015 fue un esfuerzo multilateral en el que participaron potencias como China, Rusia, el Reino Unido y Alemania, levantando las sanciones de forma escalonada tras la verificación del OIEA. El nuevo memorando es estrictamente bilateral entre Washington y Teherán. Ahí tenemos dos diferencias radicales: la primera, la implicación mundial en aquel convenio, una apuesta planetaria por calmar un potencial problema; la segunda, cómo se abordaba la retirada del castigo, que no sólo impone Washington.
El memorando firmado anoche otorga a Irán exenciones inmediatas para la exportación de petróleo y productos derivados. Sin esperas. Esta medida ha provocado la reacción de la exembajadora ante la ONU, Nikki Haley, que ha criticado la decisión en redes sociales señalando que "si esto es cierto, Irán gana". No es una más: es una republicana que le peleó la candidatura a Trump y una enorme conocedora de lo que se ha estado peleando en la organización internacional por el tema iraní.
El Gobierno estadounidense se aferra a su promesa ante la opinión pública de que se vayan a desbloquear de inmediato miles de millones de dólares en activos congelados, insistiendo en que el aliciente económico completo llegará únicamente cuando cumplan sus obligaciones. El PAIC demócrata no contemplaba fondos directos de desarrollo, como los 300.000 millones que Washington insiste en que pagará otro. Ni se había bombardeado un país, atacando infraestructuras civiles esenciales como puentes o desaladoras, ni las sanciones entonces eran las que son hoy, con el daño que eso conlleva.
Al igual que ocurrió en 2015, el nuevo memorando ha dejado fuera de la mesa de negociación nuclear dos de los temas más espinosos de la región: los misiles balísticos, especialmente los de medio y largo alcance, y la financiación de grupos considerados terroristas por EEUU, como Hamás, Hezbolá y los hutíes, todos ellos aliados de Irán. Este doble olvido, intencionado para que todo lo demás avanzase, genera un enfado inmenso en Tel Aviv.
Trump incluso ha restado ahora importancia a la producción de misiles convencionales de Irán, calificándolo de "aceptable" si se mantiene en una "proporción relativa" respecto a los arsenales de vecinos como Arabia Saudí o Qatar, pese a que al inicio de la guerra decía que tenían potencial e intención de lanzar los proyectiles incluso contra suelo norteamericano. Para abordar el dinero que llega al Eje de Resistencia y cuestiones no nucleares, la Casa Blanca adelantó que buscará un "esfuerzo paralelo" en cooperación con las naciones del golfo Pérsico. A saber qué le pide y qué dan, porque estas naciones están agotadas tras haber pagado el conflicto con sangre de sus nacionales, en moneda local por los daños causados y, sobre todo, con la imagen de quietud y prosperidad rota.