Se ha ido Juan Tamariz. Y con él se va, probablemente, el último de los grandes maestros de la magia mundial.
Un genio irrepetible, capaz de transformar un juego de cartas en una experiencia inolvidable y, sobre todo, una de las personas más generosas que he conocido.
Conocí a Juan en 1992. Yo apenas empezaba en la magia, lleno de sueños, de preguntas y con todo por aprender. Desde el primer momento me ayudó, me escuchó y me apoyó. Nunca olvidaré esa generosidad. Juan no tenía miedo de compartir lo que sabía. Al contrario: disfrutaba viendo crecer a los demás. Y esa actitud ha sido fundamental no solo en mi carrera, sino también en la de varias generaciones de magos y magas de todo el mundo.
Tuve la enorme suerte de aprender cerca de él, de estudiar en la Gran Escuela de Ana Tamariz, de compartir conversaciones, ensayos, escenarios y viajes. Recuerdo especialmente un show Nueva York cuando yo tenía apenas 19 años. Para mí era extraordinario poder estar allí, descubrir el mundo y la magia al lado de alguien a quien admiraba profundamente.
Son recuerdos que con los años adquieren todavía más valor.
Porque Juan no solo enseñaba juegos. Enseñaba a pensar la magia. A preguntarnos por qué hacemos lo que hacemos, qué emociones siente el espectador, y cómo conseguir que algo imposible pueda permanecer para siempre en su memoria.
Su aportación a la magia es inmensa. Cambió nuestra manera de entenderla, de estudiarla y de presentarla. Su pensamiento, sus libros traducidos a más de 17 idiomas, su teoría, su manera de construir los efectos y, por supuesto, esa personalidad arrolladora que convertía cada actuación en una fiesta, han influido en magos de todos los rincones del planeta.
Pero si tuviera que quedarme con algo, me quedaría con su generosidad.
Juan compartió su conocimiento sin reservas. Abrió las puertas a los que veníamos detrás. Nos hizo sentir que nuestras ideas importaban, nos animó a buscar nuestra propia voz y nos enseñó que un verdadero maestro no es quien consigue que los demás se parezcan a él, sino quien ayuda a cada uno a encontrar su propio camino.
Hoy siento que pierdo a uno de mis grandes referentes. A alguien que fue fundamental para que aquel niño que empezó en 1992, pudiera llegar a dedicarse a la magia hoy.
Sin embargo, los grandes maestros tienen algo maravilloso: nunca terminan de irse. Permanecen en todo aquello que enseñaron, en las personas a las que inspiraron y en cada nueva generación que descubre su legado.
Gracias por tanto, Juan.
Gracias por tu generosidad, por tu alegría, por tu inteligencia y por habernos enseñado a amar todavía más este maravilloso arte.
Gracias, maestro.
Tu magia seguirá con nosotros. Siempre.
Jorge Blass es ilusionista