Alana S. Portero: "Muchos jóvenes creen que no son clase obrera, sino millonarios fallidos a un grado de separación de un Lamborghini"
Alana S. Portero (Madrid, 1978) no oculta que son «días frágiles» para ella. La ansiedad le consume y siente algo parecido al vértigo. La escritora y guionista presenta su segunda novela, Cosamala (Seix Barral), tres años después del fenómeno internacional que supuso su debut en la ficción con La mala costumbre.
La historia en crudo de una adolescente trans no solo fue aplaudida por The New York Times o The Washington Post. Que Pedro Almodóvar la recomendase convenció a Dua Lipa de leerla y, sobre todo, de querer entrevistar a Portero para su famoso club de lectura. Así que obviamente admite la presión por las expectativas generadas con su nuevo libro, un cuento de brujas tejido a partir de un crimen real de la Guerra Civil.
- ¿Qué ha cambiado entre la Alana que escribió La mala costumbre y la que ha escrito Cosamala?
- Para empezar, mis condiciones de vida material. Ahora puedo tener una vida y pagar mi alquiler con tranquilidad. Personalmente, además, llevo toda la vida intentando encontrar los contornos de quién soy exactamente. Me he dado cuenta de que soy escritora. Poder dedicarme exclusivamente a escribir me ha ayudado a comprenderme mejor y a entender quién soy.
- Se ha dado por hecho que La mala costumbre cuenta su historia como persona trans, pero ¿cuánto de usted hay en Cosamala?
- Es una novela que recorre muchas de mis obsesiones personales, que tienen que ver con la muerte, los conocimientos al margen del sistema, las historias que se cuentan casi en susurros y, por supuesto, la Guerra Civil y el castigo que sufrieron las mujeres. También es un libro que está mucho más relacionado con mi poesía.
- La muerte se manifiesta en el libro desde lo sobrenatural y el más allá, pero también como algo muy físico, con sangre, vísceras, carne putrefacta... ¿Nos cuesta aceptar la muerte como parte de la vida?
- Ana Carrasco-Conde tiene un ensayo que es La muerte en común, en el que habla de qué hacemos con los cuerpos y de cómo abordamos esa distancia con la muerte que tanto daño nos hace. Hay algo burocrático y de distanciamiento del hecho de la muerte que nos hace temerla y sufrirla más. Para empezar, porque la comunidad no se puede despedir bien de un cuerpo que no puede tocar. Somos una sociedad hipercomplaciente que huye del dolor y de la muerte. Nos hemos infantilizado ante la muerte, como si los muertos quemasen y no los pudiésemos tocar.
- La atmósfera de Cosamala es de terror y oscuridad y, pese a ello, en el libro subraya que no estamos ante una historia del realismo mágico. ¿Por qué una novela gótica y lorquiana para contar la Guerra Civil?
- Lorca tiene una presencia muy importante en mi vida y tenía una deuda con él. ¿Y por qué una novela gótica? Siempre he querido escribirla. He recurrido a lo sobrenatural porque la Guerra Civil es una historia de fantasmas. La guerra es un fantasma que nos atormenta y del que queremos huir.
- ¿Qué necesita este país para que el fantasma de la Guerra Civil nos deje descansar?
- Dejar de huir de él. No hay país en el mundo capaz de recuperarse con más de 100.000 personas tiradas de cualquier manera bajo tierra. Eso no puede dejar descansar a nadie. Es tan sencillo como ventilar y decir: «Sucedió así y no podemos huir de eso».
- ¿Cómo interpreta entonces la popularidad de ciertos discursos revisionistas del franquismo, incluso entre los más jóvenes?
- Me preocupa, porque algo hemos hecho muy mal como país para contar nuestra propia historia. Cuando se quiere contar una historia sin contar toda la historia, es normal que se pueda manipular. El franquismo tuvo 40 años para controlar un relato. Y a eso tampoco hay país que sobreviva. También es verdad que el fascismo hace una cosa muy bien, que es mover las pasiones. Y si hay una cosa que te sobra cuando eres adolescente es pasión.
- El libro sentencia que «vencer significa asegurarse el tiempo necesario para educar a los derrotados y al país entero». ¿Tuvo éxito en ese sentido la dictadura?
- Un éxito abrumador. Lo que toda dictadura pretende es convertirse en un relato total y en una casa para quien nace dentro de ella.
- Cosamala no es un ejercicio de memoria histórica, aunque sí un homenaje a las 17 Rosas de Guillena. ¿Qué le interesó de este episodio y qué consiguen el mito y la fantasía que no logra un relato histórico?
- Es un caso paradigmático de la violencia fascista contra las mujeres durante la Guerra Civil. Sin embargo, quería explorar las posibilidades poéticas del mal y de la oscuridad de la violencia.
- ¿Puede haber belleza en el mal?
- Sí. El mal no es una cosa que viene de fuera para hacernos daño. El mal lo llevamos dentro y forma parte de quienes somos. Necesita un relato para perpetuarse y, para eso, hace falta seducción.
- En el libro escribe que «la vergüenza de los hijos de los pobres (...) engendra a los peores criminales». ¿Ve un paralelismo con el mundo de hoy?
- Absolutamente. Quienes escribimos tenemos la obligación de ser testigos de nuestro tiempo. Muchos jóvenes creen que no son clase obrera sino millonarios fallidos, millonarios que todavía no lo son. Están reclamando un lugar que creen legítimo, porque muchos discursos les dicen que están a un grado de separación de comprarse un Lamborghini. Claro que creo que hay una vergüenza de clase que se les ha inoculado a los chavales, aunque las acampadas están contradiciendo ese relato. También hay un auge de la dignidad.