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Anne Hathaway acaricia el Oscar por La odisea: "Al principio de tu carrera solo te preguntas: '¿Conseguiré algún día un trabajo?'"

· Culture

Su regreso a primera línea de combate no ha podido ser más estruendoso. Hacía casi una década que Anne Hathaway (Brooklyn, 1982) no figuraba en una gran película de estudio (Ocean's 8 fue la última en el año 2018) y en tan solo seis meses ha estrenado cinco. Semejante racha triunfal se ha traducido, además, en otro hito: es la primera actriz en la historia de Hollywood que protagoniza tres estrenos en un mismo año que arrancaron como número uno en taquilla. Hoy, a sus 43 años, le cuesta digerir tanta gloria. «Al principio de tu carrera solo te preguntas: '¿Conseguiré algún día un trabajo?'. Y de repente llegas a estos lugares, a estos mundos, con artistas tan espectaculares... Es una locura», dice en un encuentro digital con prensa internacional, en plena promoción de sus filmes pese a estar embarazada de su tercer hijo. Ni por esas se toma un respiro.

Hathaway, aquella chica que debutó a los 18 años como princesa de Genovia en Princesa por sorpresa, sabe que 2026 quedará marcado en letras doradas en su biografía: de la estrella del pop atormentada de Mother Mary, a las órdenes de David Lowery, al regreso de Andy Sachs, veinte años después, en El diablo viste de Prada 2. En agosto estrenó El final de Oak Street, junto a Ewan McGregor, una cinta de ciencia ficción sobre dinosaurios, y hace una semana vio la luz Verity, un thriller psicológico con tintes eróticos a las órdenes de Michael Showalter. De momento, la película ya lleva recaudados 113 millones de dólares en todo el mundo.

Pero ninguna de ellas es como La odisea, el monumental asalto de Christopher Nolan a la poesía épica de Homero. Fueron 91 intensos días de rodaje en seis países: Grecia, Italia, Marruecos, Islandia, Escocia y Estados Unidos. Tanto que el director británico contó que paró una semana antes de lo previsto porque el equipo estaba agotado. Del rodaje, Hathaway recuerda con claridad la liturgia en el plató. «Empezaras a la hora que empezaras, todos teníamos que estar en nuestra marca a las siete, te viera la cámara ese día o no», explica. «Estabas allí, plenamente presente para los demás. Era teatro, pero también era cine, porque una obra nunca podría ser así. Éramos de verdad un conjunto. No había jerarquía». Y este es el balance de aquella experiencia que hace la actriz: «No creo haberle dicho adiós. Creo que tuve que marcharme de una gran fiesta, pero los recuerdos van a estar siempre ahí».

La recompensa puede ser mayúscula para la intérprete de Brooklyn, hija de un abogado laboralista y de una ex actriz. Hathaway aparece en casi todas las quinielas de los Oscar como mejor actriz secundaria interpretando a Penélope, la reina de Ítaca que espera con paciencia y ansiedad el regreso de Odiseo -o Ulises- de su épico viaje. Si lo logra, dice, habrá sido en gran parte gracias a Nolan, a su tercera apuesta por ella tras El caballero oscuro: la leyenda renace (2012) e Intersellar dos años después. «No creo que hablemos lo suficiente de lo gran escritor que es», dice sobre la clase de Penélope que ha presentado Nolan en La odisea, una versión que conserva lo esencial del mito pero que cambia el centro de gravedad. Porque la mujer pasa de esperar a resistir en esta adaptación cinematográfica.

«Esa paciencia y esa fidelidad, que estoy segura de que son auténticas, son también un arma», analiza. Y celebró lo que no encontró en ella: «No sentí ninguna disculpa. Normalmente, cuando interpreto a personajes así, son los malos de la película. Ella no lo es. Simplemente está instalada en su poder».

Hathaway dice abiertamente que Nolan ha tenido influjo muy importante en su carrera. «Ha influido muchísimo en mí en cada etapa», expone antes de agradecer la paciencia y la delicadeza del realizador, incluso en los momentos más duros del rodaje. La actriz recuerda el bloqueo mental que sufrió en la escena del reencuentro con Ulises -interpretado por Matt Damon-, algo que en el gremio llaman «el hoyo»: las emociones dejan de responder y falta el aire. «Chris (Nolan), que es ese director increíble que domina el mundo, se sentó conmigo como un amigo, me hizo reír y consiguió que volviera a respirar», rememora. Y sigue: «Puede dirigir flotas de barcos, puede mover montañas, puede retorcernos el cerebro. Pero lo hermoso esta vez fue que era solo una persona sentada junto a otra persona. Siempre me asombra que alguien tan poderoso pueda ser a la vez tan delicado».

Tan apretada ha sido su agenda en los últimos seis meses, con los constantes estrenos, que ni siquiera tuvo tiempo de despedirse del personaje que encarnó en La Odisea. Ni de ese ni de ninguno. «Tuve que soltar rápido. No pude quedarme en el eco como me habría gustado, porque tenía que volver a Runway, y antes hacer una parada rápida en Oak Street, en los años 80», explica la intérprete en referencia a sus otros rodajes recientes.

Pero mentalmente Hathaway asegura que vuelve de vez en cuando a Ítaca. «Me descubro volviendo una y otra vez a lo que sentí en aquellos platós de Sicilia y de Los Ángeles, sobre todo en Los Ángeles, porque es donde empecé mi carrera», afirma. «Recuerdo la magia de rodar mi primera película en un plató, lo que era ir a trabajar cada día, el trayecto en coche, estar con un equipo de aquí. Todo eso es fundacional para mí como actriz de cine, y se ha vuelto demasiado raro sentirlo en Estados Unidos, pero sobre todo en Los Ángeles". Y lo afirma porque en la ciudad californiana los rodajes son cada vez más caros y más escasos.

Esa experiencia coral la devolvió a La boda de Rachel, que rodó a las órdenes de Jonathan Demme a los 24 años y que hasta ahora tenía por el techo artístico de su carrera. Una cinta por la que se hizo con su primera y única nominación al Oscar como mejor actriz -acabó ganando el de Mejor actriz de reparto en 2013 por Los Miserables-. «Pensaba que probablemente no volvería a tocar ese techo. Entonces llegó La odisea, y ahora tengo dos películas que alcanzan esas alturas. Voy a conservar esa experiencia, porque es un tesoro».