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Guy Cassiers, el pope del teatro que disecciona Europa: "Querer olvidar de inmediato la Segunda Guerra Mundial nos hizo prisioneros de nuestro pasado"

Guy Cassiers, el pope del teatro que disecciona Europa: "Querer olvidar de inmediato la Segunda Guerra Mundial nos hizo prisioneros de nuestro pasado"

A Guy Cassiers (Amberes, 1960), pope del teatro europeo de este siglo, la actriz francesa Valérie Dréville le hizo llegar la novela familiar de Camille de Toledo, Thésée, sa vie nouvelle, para volver a repetir la dupla que ya habían formado en Antigone à Molenbeek. Y la estrategia funcionó. Porque, bajo la apariencia de crudo relato familiar, se escondía una de las recurrentes obsesiones del dramaturgo belga: la sociedad europea y cómo esta se ha construido a partir de la Segunda Guerra Mundial.

Cassiers, con 40 años de trayectoria teatral, ha explorado el ecosistema europeo en todas sus vertientes. Del nazismo y sus consecuencias a las crisis migratorias y de refugiados. Y lo ha hecho sin renunciar a su estilo: combinando la literatura, sobre todo la clásica, con la alta tecnología visual. En Thésée, sa vie nouvelle, el relato continental se arma con la historia de cuatro generaciones de la familia de Camille de Toledo y lo tecnológico se sostiene con Valérie Dréville -protagonista y codirectora- ante un muro imponente de pantallas por el que van desfilando fotografías, archivos y documentos históricos.

El montaje, aclamado en el pasado Festival de Avignon, llega ahora a Temporada Alta (23 y 24 de octubre). "Para mí el drama está muy relacionado con el trauma. Una persona sana no es tan interesante, me interesan los forasteros de la sociedad", expone el dramaturgo belga desde el otro lado de la pantalla. "El trauma siempre se ha identificado como un elemento negativo, pero no creo que lo sea. Está toda la crueldad del pasado, pero también las posibilidades de lidiar con la salud mental y de curarte a ti mismo. Es mucho más interesante buscar soluciones que permanecer en el dolor de un trauma", remarca.

Una pregunta que recorre este texto es qué huellas del pasado debemos preservar para construir el futuro. Aplicándolo a Europa, ¿qué respuesta le daría?
Tanto Camille como yo somos hijos de lo que en francés llaman Les Trente Glorieuses [Treinta Años Gloriosos], donde reinaba un ambiente positivo tras la Segunda Guerra Mundial. Nosotros crecimos pensando que Europa lo cambiaría todo y no habría más guerras y es verdad que durante treinta años la sociedad vivió en ese estado optimista. Todo el mundo quería olvidar la Segunda Guerra Mundial de inmediato, centrarse en lo positivo, y eso nos hizo prisioneros de nuestro pasado y crecimos sin mirar a cuestiones verdaderamente importantes de la vida. Lo único que importaba era enfrentarse a las ruinas de la guerra para construir un mundo nuevo.
¿Olvidar ese pasado, no superarlo, es uno de los problemas de nuestro continente?
La única solución que nos queda es estar dispuestos a escuchar las voces del pasado, como Camille hizo, para poder construir otro mundo y otro entorno.
¿Por qué es importante seguir examinando la fundación de Europa y profundizar en lo que nos une?
Parte de la responsabilidad en el teatro con proyectos como Temporada Alta es hacer converger culturas distintas, buscar lo que nos une e identificar nuestras diferencias. Eso permite que no perdamos nuestra cultura y que generemos un diálogo positivo que favorezca la convivencia. Y eso es lo que debe ser Europa. Es un equilibrio complejo, pero el teatro nos puede aportar ideas y nuevas perspectivas para abordar la política y las cuestiones sociales.
Usted siempre ha abordado el teatro desde una mirada política y social.
Es que ayuda a no olvidar aspectos fundamentales del pasado. Por ejemplo, la forma en que hoy hablamos de los inmigrantes no difiere mucho de lo que ocurría con la primera generación que llegó a Europa y luchó en el ejército francés contra los alemanes. Aquellas personas defendieron Francia movidas por ideales y convicciones y hoy hemos olvidado su sacrificio. Es sorprendente que se haya olvidado por completo eso. La extrema derecha nos ha hecho olvidar lo que esas personas significan.
En Antigone à Molenbeek o en Grensgeval, hace ya casi una década, usted ya trataba el asunto de las migraciones. ¿Aprecia algún cambio en el discurso público?
Lamentablemente, no ha cambiado gran cosa. Lo novedoso en esta etapa es la forma en que nuestro cuerpo posee un pasado y la memoria vinculada a ese pasado. En este texto aparece una frase constantemente: '¿Quién comete el asesinato de un hombre que se suicida?'

"La extrema derecha nos ha hecho olvidar el sacrificio de los primeros inmigrantes por defender Europa"

¿Quién lo comete?
A menudo recurrimos con demasiada facilidad a explicaciones psicológicas sobre las personas que rodean a quien se ha suicidado. Pero hay miedos, iras y otros elementos que arrastramos de otras generaciones con los que hay que lidiar más allá de la mera perspectiva psicológica. Es muy sencillo decir que todo es culpa de los padres, pero hay que afrontar el hecho de que tampoco nos conocemos a nosotros mismos y que llevamos una vasta historia dentro. Creo que me estoy desviando un poco.
No, en absoluto. En ese tramo hay otra disyuntiva muy interesante: El suicidio es una libre elección o una respuesta violenta a la sociedad.
Me parece una pregunta sumamente interesante. Aquí se habla mucho sobre la responsabilidad del individuo, pero hay enormes problemas que uno solo no puede resolver. Y eso lo podemos aplicar a nuestra situación: ¿cuál es nuestra responsabilidad en una Europa que está cambiando a gran velocidad?
¿Cuál diría que es?
El simple hecho de estar juntos en un mismo espacio ya supone emprender un viaje en conjunto. Este montaje es una ceremonia, algo que ya casi no experimentamos. Antes la religión nos ofrecía la posibilidad de reunirnos y celebrar la vida. Ahora solo lo hace el teatro. Puede sonar pretencioso, pero es así.Y no aprovechamos suficiente su capacidad para abrir nuestros sentidos y permitirnos reflexionar colectivamente sobre los elementos que nos unen como seres humanos.
Preparando esta entrevista, me he encontrado con otra que dio en 2017 donde decía que la política se había divorciado de la cultura.
Desafortunadamente, en Europa el respeto por la cultura se está desmoronando por completo. Hoy es sumamente difícil que cualquier artista pueda desarrollar su obra y encontrar un puente hacia el público.
Siendo pionero del desembarco tecnológico en el teatro, ¿cómo califica la llegada de la IA?
Siendo sinceros, algunas de las imágenes que hemos creado para el espectáculo han sido desarrolladas con la ayuda de la IA. Yo no estoy en contra, pero me preocupa que le otorguemos demasiado poder. La IA puede ser una herramienta que, si se utiliza correctamente, abre un sinfín de posibilidades, el problema está en quién controla su rumbo. Si fueran los artistas, sería maravilloso, pero las empresas que la desarrollan son un peligro enorme por cómo nos ofrecen una visión totalmente distorsionada de la realidad y cómo manipulan a la sociedad.
¿Cómo se puede conjugar eso con la creación artística?
El riesgo de perder nuestra capacidad imaginativa es un asunto muy serio, pero creo que debemos afrontar la IA como cualquier novedad. No basta con oponerse sin más, veamos cómo podemos usarla como una herramienta útil para la humanidad. En mis próximos espectáculos así funcionará, pero el control humano está tras cada paso que damos.

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