¿Asesinato a sangre fría o el abismo de la psicosis posparto? Claves del caso Lindsay Clancy, la madre que mató a sus tres hijos
El juicio contra Lindsay Clancy, la enfermera acusada de asesinar a sus tres hijos pequeños en enero de 2023 en Massachusetts (Estados Unidos), ha entrado en su fase decisiva tras semanas de desgarradores testimonios y un intenso debate sobre la salud mental posparto y la responsabilidad penal.
Clancy, de 36 años, asiste a las sesiones en el tribunal de Plymouth en silla de ruedas, como consecuencia de las lesiones que sufrió al lanzarse por una ventana tras los hechos, una estampa que añade aún más dolor a este bucle que los jueces tienen que deshacer ahora, el de la muerte y la enfermedad mental, el del fallo del sistema o la maldad, el de la desesperación o la premeditación.
El proceso no gira en torno a si cometió o no los crímenes, que es un extremo no disputado por las partes, sino sobre su estado mental en el momento exacto de la tragedia: ¿actuó de forma fría y premeditada o se encontraba anulada por un episodio agudo de psicosis posparto?
Los hechos
La tragedia tuvo lugar en la residencia familiar de Duxbury, una localidad costera al sur de Boston. En la tarde del suceso, Lindsay Clancy pidió a su entonces esposo, Patrick Clancy, que saliera de casa para recoger un pedido de comida para la cena y unos medicamentos en una farmacia local, que necesitaba una de sus hijas.
Durante la ausencia de Patrick, de unos 45 minutos aproximadamente, Clancy utilizó bandas elásticas de ejercicio para estrangular a sus tres hijos en el sótano: Cora, la primogénita, tenía cinco años; Dawson, el mediano, tres, y el bebé, Callan, tan sólo ocho meses. Los dos mayores fallecieron en el acto; el pequeño murió días después en el hospital, donde los médicos intentaron de todo para salvarlo.
Tras agredir a los niños, la madre se autolesionó y saltó desde una ventana del segundo piso de la vivienda. Sobrevivió a la caída, pero quedó parapléjica, con parálisis permanente de cintura para abajo. Sin posibilidad alguna de recuperación, ni parcial ni total.
Al volver a casa y encontrar un rastro de sangre, Patrick, el padre, halló a su esposa malherida en el patio trasero. Al preguntar por los niños, ella le indicó que estaban en el sótano. La desgarradora llamada al 911 realizada por el progenitor fue reproducida íntegramente ante el jurado durante el juicio. Se le escucha gritar en estado de shock: "¡Ha matado a los niños!".
¿De qué se le acusa?
La fiscalía acusa a Lindsay Clancy de varios cargos de asesinato en primer grado y agresión con arma peligrosa. Si el jurado la declara culpable de asesinato en primer grado, se enfrenta a una pena obligatoria de cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional.
Por el contrario, la defensa de la sanitaria ha solicitado un veredicto de no culpabilidad por enajenación mental (not guilty by reason of insanity o falta de responsabilidad penal bajo la ley de Massachusetts). De ser aceptada esta tesis, Clancy no quedaría en libertad, sino que sería internada indefinidamente en un hospital psiquiátrico de máxima seguridad.
La postura de la fiscalía: "Un plan calculado"
Los fiscales no se creen a la defensa y sostienen que Clancy actuó con premeditación y que era plenamente consciente de la ilegalidad y la gravedad de sus actos. Según la acusación, utilizó la aplicación de mapas de su teléfono móvil para calcular cuánto tardaría su marido en ir y volver del restaurante y la farmacia, asegurándose una ventana de tiempo sin interrupciones. Eso sería "planificación deliberada", en palabras de la oficina del fiscal.
Varios testigos y registros mostraron que esa misma mañana Clancy llevó a su hija al médico, jugó con los niños en la nieve e interactuó con lucidez con su esposo por teléfono apenas minutos antes de los asesinatos. Esa aparente normalidad, dicen, se podría extender a su comportamiento de la tarde. Si no estaba alterada antes, sino en pleno control de sus facultades, ¿por qué cambiaría a la tarde?
Para la fiscalía, el hecho de enviar a su marido fuera de casa y ocultar a los menores en el sótano demuestra que sabía que lo que iba a hacer estaba mal y buscó activamente evitar que la detuvieran. Tenía "capacidad de discernimiento" en todo momento, estima.
La defensa: psicosis posparto y colapso mental
El equipo legal de Clancy, encabezado por el abogado Kevin Reddington (que se ha convertido en un fenómeno en las redes sociales por la intensidad de sus intervenciones y el cariño que demuestra a su defendida), sostiene que la mujer era una madre devota pero atrapada en un cuadro psiquiátrico devastador y fuera de la realidad. Habla de una "espiral psiquiátrica" que no pudo controlar.
Clancy adoraba a los niños, propios y ajenos y, de hecho, era enfermera de partos en el prestigioso Massachusetts General Hospital. Sin embargo, llevaba meses buscando "desesperadamente" ayuda médica por un cuadro severo de depresión posparto, ansiedad generalizada e insomnio tras el nacimiento de su tercer hijo. En los ocho meses previos al crimen, le fueron recetados hasta 12 fármacos psiquiátricos distintos (antidepresivos, ansiolíticos y sedantes), adelantó el diario The Boston Globe. La defensa argumenta que los constantes cambios de medicación desencadenaron una descompensación irreversible, que la hizo no controlar sus actos.
En concreto, detalla que tuvo "alucinaciones imperativas" en ese momento, que Clancy actuó bajo el influjo de "voces de comando" que le ordenaban quitarse la vida y matar a sus hijos para "salvarlos" y que "fueran con Dios", un delirio de tipo altruista/psicótico característico de la psicosis posparto.
Los testimonios clave en el estrado
A lo largo de las semanas de comparecencias, el tribunal de Plymouth ha escuchado ya testimonios cruciales, de enorme impacto en la opinión pública norteamericana, muy dividida ante el caso.
Posiblemente el relato más dolido fue el de Patrick Clancy, el exesposo, quien ofreció un dibujo estremecedor del deterioro progresivo de Lindsay. Declaró que su esposa se sentía "incapaz de sentir afecto hacia sus hijos" y que confesó tener pensamientos intrusivos en las semanas previas. Aunque confirmó que Lindsay nunca había sido violenta con los críos y que la consideraba una madre ejemplar, Patrick también relató que tras el crimen ella le dijo que "escuchó una voz de hombre que le dijo que era su última oportunidad".
El doctor Phillip Resnick, el psiquiatra forense de la defensa, que es un reconocido experto que testificó en el histórico caso de Andrea Yates en 2006, afirmó por su parte que que Clancy cumplía los criterios de psicosis posparto el día del suceso. De forma categórica, explicó al jurado que la capacidad de realizar tareas cotidianas no excluye un estado psicótico y concluyó que Clancy creía genuinamente que llevar a sus hijos "al cielo" era un acto moralmente justificado en su mente desestructurada.
Otro doctor, Paul Zeizel, un psicólogo clínico, testificó tras pasar más de 35 horas evaluando a la procesada. Acabó concluyendo que carecía de la capacidad sustancial de comprender la ilicitud de su conducta y de adecuar sus actos a la ley, debido a un trastorno bipolar no diagnosticado y agravado tras el parto. Si es así, el sistema no sólo falló al atenderla tras el alumbramiento, sino antes, por no diagnosticar su enfermedad mental previa.
La acusación rebatió las evaluaciones de la defensa señalando que no existían registros médicos previos donde Clancy reportara alucinaciones auditivas explícitas antes del 24 de enero. Peritos de la fiscalía cuestionaron que su comportamiento "metódico" correspondiera a una pérdida total del contacto con la realidad.
El debate de fondo en EEUU
El juicio a Lindsay Clancy ha trascendido el ámbito judicial para convertirse en un fenómeno de debate nacional. El eje más candente es el de la salud mental materna, tan olvidada. Organizaciones médicas y colectivos de salud reproductiva han advertido sobre la falta de detección temprana y tratamiento especializado para la psicosis posparto, una condición poco frecuente (afecta a entre 1 y 2 de cada 1.000 partos) pero potencialmente letal. Para la madre y para los hijos, podría ser, visto el caso.
Pero a eso se añade una "guerra cultural", como la llama el diario El País, una formidable polarización. En redes sociales y medios estadounidenses, el caso ha dividido a la opinión pública entre quienes ven a Clancy como un símbolo trágico del abandono del sistema sanitario a las madres con trastornos posparto y quienes reclaman la máxima severidad penal, argumentando que el dolor y la muerte de los tres niños no pueden quedar impunes bajo el paraguas de un diagnóstico psiquiátrico.
El jurado popular se prepara ahora para deliberar un veredicto que marcará un precedente sobre los límites de la locura legal y la responsabilidad penal en casos de filicidio posparto en EEUU.