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Carlos Cuevas: "Mi edad de espíritu está alrededor de los 40 o 50 años. Por eso cada vez me gusta más la vida"

· Culture

Los 30 años de Carlos Cuevas (Barcelona, 1995) han ido tan rápido que en todo momento parece que estás hablando con una persona mayor. Mucho mayor. Es la madurez que da sobrevivir al éxito y el furor adolescente de ‘Merlí’ para construir una carrera posterior tan sólida en tele, teatro y cine que, a diferencia de otras estrellas precoces, aquella sombra ya no le persigue. Es uno de los protagonistas de ‘El anfitrión’, coproducción europea con Willem Dafoe al frente que se estrena el 24 de julio.

"No soy mitómano, pero impresiona tener a este tío [Dafoe] delante porque le admiro mucho. Por su trayectoria, por las decisiones que ha tomado y por su manera de entender este oficio. Es un referente total. Si antes de esta película me llegas a preguntar por los tres actores que más admiro, te lo hubiera nombrado seguro", explica. ¿Y quiénes serían los otros dos? "Daniel Day-Lewis y Javier Bardem", zanja sin demasiadas dudas.

No has llegado muy rápido, porque empezaste de niño, pero sí has llegado muy joven. Estar tan asentado a tu edad es muy poco habitual en tu profesión.
No diría que me fío de que esto ya esté más o menos encarrilado, pero siento que hay mucho trabajo hecho por mi parte y que hay un oficio, que es lo más importante más allá de una moda. Sé hacer mi trabajo. Tengo unas habilidades, una técnica y una confianza. Eso es un valor muy grande. Ahora bien, también sé que esta es una industria muy marcada por esas modas y nunca sabes si en algún momento van a dejar de llamarte. Ese miedo es intrínseco al actor y creo que está bien tenerlo. Al menos, un poco, porque mucho es desesperante. Nadie quiere vivir con inestabilidad, pero es positivo tener la sensación de que no lo tienes ya todo regalado. Me gusta luchar contra la tentación de acomodarme.
¿Sientes que ya has superado esa fase de ser el chico de moda?
Sí. Cuando empiezas en esta profesión y haces algo que va muy bien, como fue mi caso con ‘Merlí’, te paran por la calle llamándote por el nombre de ese personaje y a mí hace mucho tiempo que esto ya no me pasa. Ahora me llaman por mi nombre y eso es bonito porque significa que sigues trabajando y que hay varios personajes o proyectos tuyos que son referencia. Confío en mi carrera y en los pasos que estoy dando. Luego también hay que tener suerte y que alguien te mire con los ojos que no te mira ninguna otra persona para decidir darte un papel, pero siento que he cultivado lo que mi profesión requiere. Hablo idiomas, me sigo formando, me pongo al servicio de tal director o directora que sé que me va a hacer aprender e intento tomar decisiones a largo plazo.
Con cinco años estabas haciendo anuncios y con siete, ya cine. ¿Nunca existió otro camino para ti?
Era esto o esto y, si no llega a salir, hubiera sido algo que se le pareciera mucho. Si volviera a empezar, me dedicaría a esto de nuevo y si me dejara de ir bien, por mi carácter y por mis intereses, seguiría trabajando en algo del sector cultural que implique meter el cuerpo. Estudié Literatura y durante un tiempo quise ser escritor, pero me faltaba lo físico, levantarme, salir del despacho y expresarme también con el cuerpo. Por eso ser actor me parece un trabajo tan bonito: tiene una parte intelectual, de estudio y búsqueda de referentes, pero luego eres tú el que llama a la puerta y entrega un ramo de flores. El que se expone. Eso me atrae muchísimo.
Eres ejemplo de que se exagera con el tópico de los niños actores y los juguetes rotos.
Sucede y de eso sólo te salvas tú. Tu intuición, saber lo que tú quieres en la vida y tu entorno, que es fundamental, pero tengo que decir que a mi entorno y a mis amigos, también los elijo yo. Yo decido con quién me junto y qué trabajos escojo que me generen nuevas amistades, referentes y aprendizajes. Las decisiones son todas tuyas.
Este año te has enfrentado a uno de los tópicos más absurdos que se siguen utilizando en 2026: la crisis de los 30.
Sí, aquí la tengo. Está guapísima [risas]. Siento que cada año me gusta más que el anterior. No volvería a los 27 ni a los 24 ni a los 20. Tengo un colega que dice que a cada persona, según su carácter, le representa una edad y creo que mi edad de espíritu está alrededor de los 40. O de los 50, incluso. Por eso cada vez me gusta más la vida. A los 18 años, ya las tres de la mañana no me parecían horas.

Sin embargo, te has movido a la perfección según los códigos de los actores de tu generación. Tienes más de un millón de seguidores en Instagram, por ejemplo.
Sí, y eso, para mí, implica una responsabilidad, pero no una presión. Es una herramienta con mucho poder y mucho alcance y hay que usarla. Sería irresponsable profesionalmente no hacerlo, pero hay que usarla bien. Hace mucho tiempo que ya no publico nada personal, sólo lo que tiene que ver con mi trabajo. Entras en mis redes sociales y, aunque las llevo yo, podrían llevarlas mis representantes. No se nota la diferencia. Publico trailers, posters, cosas de trabajo y nada más. Cuando era más chavalín sí que compartía cosas más personales y fotos de vacaciones, pero nunca he expuesto a mi gente y a mi entorno privado porque mi fama no es algo escogido y perseguido ni debe tener consecuencias para mi entorno. Valoro mucho, mucho, mucho, la intimidad.
¿Tienes una relación tirante con la fama?
Entiendo que es una consecuencia del trabajo y que tenerla es un buen síntoma. Si nadie te conoce por la calle, algo en tu trabajo está yendo mal, pero una cosa es el reconocimiento y otra la pérdida de intimidad en según qué espacios. Eso sí que intento cuidarlo. Nunca publico dónde estoy, mantengo un perfil bajo en los lugares en los que estoy y procuro irme de vacaciones a lugares discretos.
¿Y lo logras?
Sí, porque el fenómeno fan ha bajado bastante. Tuve un fenómeno fan muy grande con una serie muy adolescente y esos adolescentes también se han hecho mayores. Hemos madurado todos y está bien que aquello haya pasado. En Barcelona vivo en un sitio muy céntrico y todos mis vecinos me tienen tan visto que no se inmutan, me sé el nombre de todos los comerciantes del barrio y tengo una vida muy local. Ya nadie se sorprende de verme y lo agradezco.
Tu generación de actores tiende a posicionarse en cuestiones políticas y sociales bastante menos que las anteriores. Sin embargo, tú no sueles tener miedo.
Creo que el arte y la cultura tienen que ver con una expresión irremediable de un punto de vista hacia el mundo. Yo soy artista porque no puedo reprimir mi visión de las cosas y la expreso a través de la pintura, la música, la escultura y la actuación. Entonces, cuando yo me manifiesto sobre según qué temas, lo hago con el mismo espíritu. Es importante tener una visión de las cosas y no ser una masa sin opinión. Es algo que me nace y cuando opino sobre política no lo hago con un espíritu provocativo o de confrontación, sino como una necesidad imperiosa de comunicar. Pero esa es mi forma de verlo y es cierto que puede que ya no sea mayoritaria porque, sinceramente, los de mi generación conocemos demasiado bien las reglas del juego.
Y no queréis problemas.
Claro. Sabemos lo que supone una entrevista, lo que es un titular y cómo funcionan el clickbait y la viralización en redes. Hemos visto los líos en que se meten otros y es inevitable que cada vez más compañeros se contengan y midan muy mucho lo que dicen. Yo también lo hago, pero entre el media training que nos dan nuestra agencias para tratar con la prensa y el deseo de expresar tu punto de vista, hay un punto medio en el que se está bien. Al menos, yo lo estoy.
Has comentado antes que tomas las decisiones pensando a largo plazo. ¿Cuál es tu plan?
Entro en una etapa muy bonita porque la veintena me ha servido para aprender muchísimo, formarme, que me conozcan y hacer relaciones personales y laborales importantes. Ahora me siento con mucha confianza. Hay propuestas que hace diez años habría rechazado porque me temblarían las piernas, como hacer un Hamlet o rodar con Willem Dafoe, y ahora estoy preparado para aceptarlas y disfrutarlas. Este rodaje ha sido la leche porque si algo bueno tiene la globalización no es que todos escuchemos la misma música y llevemos las mismas zapatillas, sino que todos podamos compartir oficio. Entonces, yo que hablo italiano, catalán, castellano, inglés y estoy con el francés, tengo muchas ganas de seguir trabajando fuera porque te ensancha la mirada, el pensamiento y los referentes.