¿Cuánto difiere la realidad del cine? Según el más optimista de los pronósticos, el arte inventado por los Lumière añade al empeño histórico de representar la realidad la última y definitiva conquista: el movimiento mismo. Y, sin embargo, a nadie se le escapa que pocas artes como el cine dependen de manera tan radical de las circunstancias en las que se produce. Creemos ver lo que pasa en la vida a través del cine y, en realidad, no vemos más que una mirada que mira. Pero, ¿quién mira?
"No hay que tener miedo a decir lo evidente: el cine es un oficio de pijos", dice Carol Rodríguez Colás y su hermana Marina asiente a su lado. Y sigue: "Hacer una película cuesta muchos años. Empezando por la escritura de un guion que quizá ni cobras. Para todo eso necesitas tiempo, un soporte económico y no tener que dedicarte ocho horas diarias a cualquier otro trabajo". La afirmación tiene mucho de declaración de principios y, apurando, de manifiesto. No es lamento, sino más bien condición de posibilidad de la última película de estas dos hermanas de Cornellà de Llobregat que, por casualidad o no, atiende al nombre de Hermanos.
Las dos debutaron, Carol como directora y Marina como guionista, con un milagro diminuto llamado Chavalas en 2021. Ahí vimos a unas memorables Victoria Luengo, Carolina Yuste, Ángela Cervantes y Elisabet Casanovas, y aún las recordamos. Ahora comparten la firma del guion y la dirección misma. Aquella primera película teñida de autobiografía hablaba de las dificultades de alguien nacido en el extrarradio de cualquier ciudad para dedicarse al arte en general y a la fotografía en particular. La de ahora es una historia de chavales (que no chavalas) de barrio. Nada más.
"Nace", dice Marina, "de la curiosidad para conocer cómo evoluciona el extrarradio de cualquier ciudad, de saber cuáles son sus problemas o los cambios, muchos de ellos positivos, en las identidades de los personajes que allí viven. Y descubres que existen los mismos problemas que se perpetúan de opresión, de doble identidad o de sentimiento de desarraigo. Pero también descubres que hay un orgullo de clase muy fuerte en las nuevas generaciones o que no hay desclasamiento o que llevan sin conflicto su país de origen por bandera. Hay drama, pero también lo otro".
"No damos la voz a nadie. Los chavales de barrio tienen su propia voz muy fuerte y bien definida"
Y, en efecto, de eso va Hermanos, de tres amigos que se aventuran por el más peligroso y desconocido de los territorios: los barrios ricos. "Nosotras", vuelve a tomar la palabra Carol, "hemos crecido ahí. Y hemos sufrido los prejuicios por ser del barrio que éramos. Eso a la vez que disfrutábamos de una familia que nos quería, que nos pagaba los estudios y que nos ha apoyado siempre. Quizá por todo eso queremos enseñar ese otro lado de la clase trabajadora donde no se la victimiza, no se la trata con paternalismo y no aparece estigmatizada. Estamos hartas de ver en el cine los barrios periféricos como decorado de historias marginales. Esa no es nuestra vida". Creemos ver lo que pasa en la vida a través del cine y, en realidad, no vemos más que una mirada que mira.
Y pese a todo lo anterior, Marina tiene claro que ni ella ni su hermana quieren ser las portavoces de nadie. "No damos la voz a nadie. Los chavales de barrio tienen su propia voz muy fuerte y muy bien definida", dice y cuesta quitarle la razón.
En España no hay datos, pero según un estudio no tan lejano del Reino Unido fechado hace apenas cuatro años y firmado por las universidades de Edimburgo, Manchester y Sheffield, los que crean, los que desarrollan oficios creativos, son esencialmente las clases privilegiadas. Y eso es así y de forma estable (sin cambios notables) desde finales de los años 70 a nuestros días. De otro modo, la clase trabajadora sigue vetada, pese a las políticas integradoras y becas, en todo lo que tiene que ver con la pintura, la escritura, la danza... y, mucho más, el cine.
Por ponerlo en cifras, el 16,4% de los trabajadores creativos nacidos entre 1953 y 1962 provenía de lo que eufemísticamente se considera orígenes humildes. Ahora, ese porcentaje, en consonancia con el avance socioeconómico de la sociedad (lo que se considera clase trabajadora es menor), es de un 7,9% para los nacidos cuatro décadas después. Es decir, si eres pobre se reducen un 75% las posibilidades de vivir de crear. "El problema es que el cine y las escuelas de cine están en manos de la burguesía y eso solo permite discursos hiperhegemónicos donde no cabe nadie más", añade la propia Marina y Carol completa la reflexión: "La sensación que no nos podemos quitar de encima es que a esta fiesta no estábamos invitadas".
"España ya no es una España blanca. Es diversa y su origen está en todos los lugares del mundo"
Hermanos es una película que evita con obcecación los tics del cine de autor con la misma claridad que se reconoce en la parte más cálida, dura y compartida del cine popular. Lo que emerge de la superficie de la pantalla es una fábula de crecimiento, una historia de amor, una película de colegotes y, llegado el caso, un retrato muy atinado de, en efecto, España. La de verdad.
"La España blanca con apellidos como Rodríguez o Pérez y de clase media ya no existe. Ahora es plural, diversa y con orígenes de todo el mundo", afirma Carol. "Lo que tenemos claro", sigue su hermana, "es que no estamos contando una historia de emigrantes; es la historia de tres adolescentes catalanes. Ese empeño en que las películas las protagonicen siempre los mismos modelos de actores no es que sea malo, o que nosotras queramos ir de rompedoras haciendo lo contrario, es que simplemente no es real". Entonces, ¿no es la emigración la culpable de todos los problemas como proponen algunos? "Es más fácil culpar al emigrante con mentiras que a los fondos buitres, que son los verdaderos culpables. La estrategia es conocida. Mientras nos peleamos entre nosotros, el responsable está tranquilo", responde Carol. ¿O era Marina?
Las dos, más juntas que por separado, pueden presumir de ser una especie única en el cine español y, apurando, mundial. Parejas de hermanos que dirigen hay muchas (que si los Coen, que si los Dardenne, que si los Taviani, que si los Safdie...). ¿Pero y mujeres? "Solo nos salen las Wachowski", responden las dos a la vez. "Imagino que tiene que ver con lo de siempre. No solo hemos crecido sin referentes o con muy pocos de mujeres directoras, sino que, pese a todo, aún apenas somos el 20%. Y eso por mucho que digan algunos", comenta Carol.
Recientemente un director con gloria en los 90 se lamentaba de que el sistema (el de ayudas del Ministerio y cualquier otro) está montado únicamente para las mujeres. "Pobrecitos, están enfadados", ironiza Marina. "La verdad es que cuesta entender por qué están tan rabiosos. Que si ya no se puede decir nada, que si ahora tardan seis años en sacar proyectos, que si... ¿Pero se han molestado en averiguar cuánto nos ha costado a nosotras? Lo que no parecen tener en cuenta es que el público no les acompaña y eso no es culpa ni de las mujeres ni del feminismo", continúa Carol. "Más allá de la anécdota, la pregunta es siempre la misma: ¿quién cuenta las historias? Quizá lo deseable, en vez de tanto lamento, es que estos grandes hombres con esas grandes carreras se apartaran un poco y ofrecieran sus contactos y su talento para que otras voces contaran otras historias. ¿Se lo han planteado? Ese sí sería un movimiento interesante", propone Marina.
Sea como sea, y al hilo de esa pregunta que se repite, no solo se trata del discurso que se impone, sino también el que se oculta. "A veces nos preguntamos por qué no se habla ni se ven películas sobre conflictos de clase. Y la respuesta es siempre parecida: porque solo la clase privilegiada se puede permitir ese lujo y solo la clase privilegiada hace películas. Si una influencer con millones de seguidores dice que no hace falta leer, está claro porque lo hace: porque se lo puede permitir. A ella no le hace falta porque tiene dinero, una familia que le sostiene y, probablemente, una casa heredada. La clase trabajadora necesita leer para salir adelante. Y hablo de clase trabajadora porque el espejismo de la clase media está desapareciendo. No le queda otra", insisten ya a estas alturas de conversación con las voces una encima de otra. ¿Son todas las influencers, como el propio cine, pijas? "Sin duda. Son todas pijas porque representan la aspiracionalidad. Te engañan diciendo que tú también puedes conseguir lo que ellas y eso desactiva la conciencia de clase. Son el icono del capitalismo... y tengo que reconocer que me tienen hipnotizada", responde, seguido de una carcajada esta vez, Marina.
Carol tiene 44 años y desde muy pronto supo que quería ser directora de cine. Estudió Comunicación Audiovisual y reconoce que hizo de todo por poder cumplir con su deseo que es vocación que es sueño que es simple y consciente obcecación. Marina tiene dos años menos y ella, lo reconoce, va por libre. "Nunca supe realmente lo que quería", confiesa. La primera es la apolínea, la racional, la que estructura, compone y crea equipos. La mayor. La segunda es la dionisiaca, la que escribe a borbotones, la que se mezcla con los actores, la que araña cuando la pregunta suena desafinada. La menor. Juntas son las hermanas Rodríguez Colás y juntas han compuesto una película que duele, irrita, acaricia y arranca carcajadas. Todo en uno. Dos que en realidad son solo una mirada que mira.