Con un crucifijo en una mano
Creo que fue Marilyn Manson quien dijo una vez que, al ver que con lo sexual ya no provocaba escándalo, optó por utilizar simbología religiosa en sus videoclips y conciertos. Y funcionó. Pero lo que realmente funciona siempre es mezclar las dos cosas: sexo y religión. Dado que la religión (perdón: las religiones, la mayoría de ellas) suele proponer un acceso a lo espiritual a través de una represión de lo carnal, es lógico que como herramienta de escándalo se recurra a combinar carne y Dios. Esa llaga abierta tocaba Los demonios en 1971. Y la sigue tocando ahora. El reestreno, ahora en su versión íntegra, de la película de Ken Russell, tiene categoría de acontecimiento cinematográfico. Cincuenta y cinco años después, Los demonios se exhibirá sin censura. Ésta ya hizo su trabajo a favor de Russell y ahora el efecto Streisand terminará el trabajo: los espectadores, ya familiarizados con la película cercenada, recibirán con atención y gozo la muy célebre escena proscrita. Eliminadas por su literalidad, esas imágenes son la guinda del pastel herético y blasfemo que Ken Russell, director radical, y Derek Jarman, escenógrafo más radical todavía, cocinaron en su momento. Russell murió en 2011, Jarman en 1994. La polémica en torno a su película sigue sin embargo vivísima. ¿Quién no querría ver una obra de arte así? ¿A quién no le atrae algo tan resistente? Respuesta: a mucha gente.
Como ya es habitual (y como ocurrirá con este texto), los mayores detractores de Los demonios no la han visto. Es más: muchos están orgullosos de ello. También de no tener la más mínima intención de acercarse a ella ahora. Se aprecia así el mecanismo de la censura sistematizada: una entidad validadora dictamina que algo es dañino, pecado, caca, y una masa obediente, sin cuestionarlo, ni se acerca al peligro. La blasfemia y la herejía, afrentas dentro de la ley religiosa pero, en la legislación civil, sujetos de libertad de expresión, siguen siendo conceptos poderosos. Y generan silogismos absurdos. Que si con el Islam no os metéis (¿les suena Salman Rushdie?), que si lo sagrado es universal, que si sexo y monjas no porque lo pone en la Biblia. Como si la Biblia no estuviese llenita de fluidos, orificios, transgresiones y barbaridades. Algún día alguien filmará el Antiguo Testamento en su literalidad y se tendrá que enfrentar con cenutrios que le dicen que en el libro no pone eso. Eso y cosas peores pone, señora. Menudos eran los protagonistas del Génesis. Y menudos eran Ken Russell y Derek Jarman. Y Vanessa Redgrave. Y Oliver Reed. Y Aldous Huxley, autor de la novela que adapta Los demonios. Y Jonh Whiting, que llevó la historia al teatro. Una historia de religión y sexo, pero sobre todo de fanatismo, poder y política. Eso dentro de la pantalla. Fuera, la historia de Los demonios es de ignorancia, beatería y de, como bien pensó Marilyn Manson, lo fácil que es escandalizar saliendo al escenario con un crucifijo en una mano y un dildo en la otra.