Un consejo para aspirantes a creadores de series: si no puedes contar tu serie en unas pocas líneas, es que no la tienes clara. Pequeños profetas no tiene ese problema. Es la historia de un pobre hombre al que su anciano padre le propone usar magia antigua para encontrar a su esposa desaparecida. El pobre hombre es tan pobre hombre que termina dándole una oportunidad a esa magia. Y funciona.
Otra cosa es que semejante punto de partida consiga que la serie en cuestión se produzca. Que Pequeños profetas haya visto la luz tiene algo de magia antigua y mucho del compromiso de la BBC con los creadores. De ahí ha pasado a Apple TV, que la distribuye internacionalmente. En esa plataforma puede verse en España. El salto de la televisión pública británica al servicio de streaming más selectivo no tiene nada que ver con lo mágico. Pequeños profetas es una joya y Apple la ha cazado al vuelo.
Creada por el polifacético Mackenzie Crook, conocido sobre todo por su faceta de actor en series como The Office y Juego de tronos, Pequeños profetas enseña sus cartas desde el principio, cuando a Michael (Pierce Quigley, a medio camino entre Jeff Bridges en El gran Lebowski y Larry David en cualquier cosa) su padre Brian (¡Michael Palin!) le propone crear, a través de alquimia, homúnculos que le ayuden a encontrar a su pareja, desaparecida hace años. Homúnculos: criaturas humanoides diminutas que pueden ser creadas a través de recetas semimágicas. Flipar: lo que hice yo cuando leí la premisa de Pequeños profetas. Flipar más: lo que me pasó cuando la vi.
Pequeños profetas es una preciosidad que, como su protagonista, compatibiliza lo imposible: magia y costumbrismo, el aburrimiento de lo cotidiano y la emoción de lo desconocido, mal rollo y esperanza. Crook le deja claro al espectador que lo de los homúnculos es real y que la serie lo usará para hablar de otras muchas cosas. En Pequeños profetas un parterre dejadísimo es a la vez un jardín ideal, un barbudo inquietante puede ser un druida moderno y en una residencia de ancianos muy ancianos (hay pocos lugares más tristes e inevitables en nuestra sociedad) está la clave de la felicidad. O de la posibilidad de felicidad. Una de las frases de la descripción en pocas líneas de Pequeños profetas podría ser: "Esto no lo habéis visto nunca". Otra sería: "En serio, nunca".
Las entusiastas críticas en Reino Unido, sumadas a su distribución internacional, le han otorgado a esta ficción una segunda temporada que Mackenzie Crook ya está escribiendo. Con suerte, antes de que termine 2027 tendremos más Pequeños profetas, así que lo mismo me animo a ver el último de los seis episodios de su primera entrega. Me lo había reservado para un día de bajón, una cena con amigos o una ocasión especial. Pequeños profetas se puede convertir muy fácilmente en tu lugar feliz.
Escrita con aparentemente total libertad, la serie de McKenzie Crook y Pearce Quigley es la prueba viviente y, valga la redundancia, alquímica de que en televisión no todo está inventado, que todavía hay quien no se parece a nadie y que si en Reino Unido puede hacer sol dos días seguidos, por qué no va a poder uno convocar criaturas sobrenaturales en unos tarros de agua grandes.
Tardas menos en explicar de qué va Pequeños profetas que en confiar en que algo tan chiflado y precioso pueda repetirse. Y sin embargo debería repetirse. La tele debería estar llena de pequeños profetas, en forma de guionistas loquísimos. Están ahí, de hecho, en sus tarros, esperando a que les digan que sí.