Diego Luna: "Basta ya del cinismo de la derecha con la emigración. No hay nación en el mundo que no sea de emigrantes"
De tanto en tanto, Ceniza en la boca, la tercera película como director de Diego Luna (Ciudad de México, 1979), se queda en blanco. De la pantalla desaparecen personajes, historias y quebrantos (de todo ello hay mucho) y la sala de cine, durante apenas un instante, se ilumina. De repente, el espectador se ve a sí mismo con las manos y la mirada ligeramente manchadas. De culpa. Se diría que la película cobra consciencia de su drama más íntimo. Poco antes, como si se tratara de una señal, una marca de agua o simplemente un aviso, aparece una maleta. «La idea», razona el director, «es dejar a la audiencia que rellene ella sola esos huecos. Son muchos los lectores de la novela de Brenda Navarro en la que se basa mi película y estoy convencido de que cada lector tiene su propia visión, su propia lectura».
Y sigue: «Por otro lado, esos cortes quieren dejar claro que ésta no es una historia sobre los conflictos del viaje, o del trayecto. Son muchas las películas y los documentales de frontera que cuentan la aventura a la que se enfrenta el que abandona su hogar para reconstruir la vida en otro sitio. Lo que me interesaba era contar la vida de los que ya están allí, los que vemos a diario». Pausa. «Estoy hablando de todos aquellos con los que nos encontramos a diario, con los que convivimos y que son los que cuidan a nuestros hijos, atienden a nuestros mayores...». Nueva pausa. «Estoy hablando de ese dolor silencioso que está delante de nosotros y no vemos o, mejor, no queremos ver. Me refiero a todos esos rechazos continuos, esas violencias veladas... Nadie llega a un país extraño y una vez allí, ya está todo solucionado. En verdad, es en ese momento cuando empieza todo». Y es entonces, cabría añadir, cuando la pantalla, por apenas un instante, se vuelve blanca. Todo se ilumina.
Ceniza en la boca cuenta la historia de Lucila, a la que da vida con una contundencia desusada Anna Díaz. Ella es una joven con apenas 21 años convertida desde hace demasiado en madre improvisada de su hermano pequeño. Mientras la madre de los dos, la de verdad, peleaba por construir una vida en Madrid, la protagonista asumió en México una vida que no le correspondía y perdió otra que era, en verdad y por edad, la suya. Cuando finalmente los tres se reencuentren en España, son muchas las cuentas pendientes. Una busca una identidad demasiado tiempo extraviada; otra se empeña en reconstruir una herida demasiado tiempo abierta y el último es incapaz de entender porque todo, incluido el tiempo, es siempre demasiado. Lucila huirá de su casa, de su madre, de su hermano y de Madrid. Irá a Barcelona. Lo que encontrará allí deja pocas opciones al consuelo y ninguna a la sorpresa: alquileres imposibles, trabajos mal pagados y la constante sensación de no pertenecer a ningún lugar. Es entonces cuando la pantalla se vuelve a blanco y todo, ya se ha dicho, se ilumina.
- ¿Es consciente de que la película se estrena en un momento como poco oportuno?
- Estoy convencido de que esta misma pregunta sería pertinente hace cinco o diez años. Vivimos instalados en la misma sensación de urgencia desde hace demasiado tiempo. ¿Desde cuándo hablamos de la emigración o del cambio climático? Son temas recurrentes y cada vez que surgen nos hacemos los sorprendidos. La única certeza es que cada vez se va a mover más gente de un lado a otro. Las causas nos las sabemos: la violencia, la extrema pobreza, la falta de oportunidades... y la emergencia climática. Son muchos los factores incluido el hecho de que el mundo es cada día que pasa más desigual.
Queda claro.
Diego Luna habla y, se diría que consciente de lo tremendo de lo apenas dicho, se corrige. O, mejor, se atempera. «Me conformaría con que la película fuera, de algún modo, útil, que sirviera para enseñar el otro lado, lo que no vemos», comenta, se toma un segundo y regresa al ataque: «Estoy convencido de que la forma de mostrarnos a nosotros mismos y a los demás quiénes somos realmente es por el modo de recibir a la gente... Ya está bien de esos cinismos tan ridículos de la derecha con respecto a la inmigración. La sociedad moderna no se puede entender sin ella. Cualquier civilización, nación o comunidad existe porque hubo algún antepasado que emigró... Nadie migra por capricho ni por chingar a los demás».
- Conoce España desde hace mucho, ¿cree que somos ahora más xenófobos que antes?
- Es un fenómeno global. Sucede lo mismo en todos los sitios.
Cuenta Diego Luna que ésta, como todas sus películas como director, surgen del mismo lugar. Y no es tanto sus hondas preocupaciones sociales, que también, como su más íntima biografía. «Mi terapeuta sabe algo de todo esto», dice en lo que parece una broma ensayada. Y continúa: «Todo tiene que ver con la ausencia de mi madre. Ella murió en un accidente de coche cuando tenía dos años. Buena parte de mi vida me la explico e intento razonarla a partir de esa falta. Desde luego, la relación con mi padre, pero también con mi otra familia, la familia del cine. Cuando fantaseo o busco una historia a la que afiliarme como director acabo indefectiblemente en el mismo punto, en el lugar del que tengo claro que surge quien soy. Solo me atreví a dirigir cuando me convertí en padre. Mi primera cinta es una declaración sobre el padre que no quiero ser y de la infancia que me tocó vivir, de la infancia que quiero evitar a mi hijo. Esta película, en cambio, tiene que ver mucho con mi hija, con el paso de la niñez a la edad adulta...».
La película llega a la cartelera cuando aún suenan los destellos láser de su papel de Cassian Andor en la más brillante de las secuelas que ha dado el universo de Star Wars. «No quiero parecer arrogante, pero me siento en mi mejor momento. Todo lo que consigo gracias al éxito de fenómenos globales como Andor lo puedo invertir en proyectos como éste», concluye y, también aquí como una revelación, la pantalla queda en blanco.