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El anfitrión: El irresistible carisma del 'actor español' Willem Dafoe (***)

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En general, todas las frases y enseñanzas loables y respetables sobre la riqueza aconsejan desprenderse de ella. Marco Aurelio --emperador que no parado de larga duración-- mantenía que el mayor capital del que presumir es aquél entregado a los demás. Y no hay místico admirado por materialistas de cualquier pelaje o condición que no haya manifestado en cualesquiera de sus formas que el patrimonio más deseable es aquel del que es fácil desprenderse. Que la religión que mayor convicción demuestra en la dignidad de la pobreza no dude en colocar su sede en un templo que es todo él ostentación de su inmensa fortuna es, sin duda, el ejemplo extremo de lo divertidamente contradictorios (o cínicos) que podemos llegar a ser. El anfitrión, del director español Miguel Ángel Jiménez, le da vueltas a este argumento y lo hace con la suficiente gracia, buen gusto y acerada ironía que no queda otra que rendirse. ¿Y si el tan alabado estoicismo no fuera más que otra coartada de ricos para defender su privilegio? Pero esto es otra pregunta.

Jiménez imagina los pesares de un hombre inmensamente rico dispuesto a mantener su legado. La película adapta la novela de Panos Karnezis La fiesta de cumpleaños, a su vez inspirada o algo parecido en la vida de Aristóteles Onassis. Nuestro héroe (Willem Dafoe) vive obsesionado y herido por la pérdida tiempo atrás de su hijo y heredero. Con ocasión del cumpleaños de su hija descarriada y con la que mantiene una relación algo más que solo conflictiva (atentos a Victoria Carmen Sonne), organiza una fiesta que, en realidad, es algo más. La idea es arreglar el matrimonio de su descendiente que garantice la continuidad de los privilegios de la familia a la vez que se establecen las bases de un imperio que se quiere eterno y, claro está, muy rico. Por allí desfilan aprovechados, comisionistas, lameculos, nobles venidos a menos, burgueses venidos a más y hasta franquistas. A todos les une, claro está, el ansia de riqueza y la buena educación que, obviamente, abomina de ella.

El director, una de las más brillantes anomalías de un cine español siempre tan coherente y tan gregario, vuelve a demostrar su buena mano para crear ambientes tan amplios y luminosos como oscuros y angustiosos. Así ocurría en uno de sus primeros trabajos, la injustamente olvidada Chakia, y volvía a suceder en la alegremente triste Una ventana al mar, protagonizada por una Emma Suárez que repite ahora en un papel secundario. Ahora, entre la comedia levemente irónica, el drama incómodo y hasta el thriller accidental, El anfitrión se ofrece al espectador como una muy sabia exposición al sol de todas y cada una de nuestras más agrias (y divertidas también) contradicciones.

Y en medio, como maestro de ceremonias y auténtico alma de la fiesta, Willem Dafoe. El actor, que se estrena con un director español, vuelve a demostrar que, a veces, para actuar como se debe basta con poseer eso tan raro, mínimo e inmenso al mismo tiempo que se ha dado en llamar carisma. Digamos que la paradoja de la leve y grave interpretación del actor acaba por ser el sentido mismo de una película profunda en su alegre apología del brillo de su superficie. Tan contradictorio como un emperador de Roma estoico.

Director: Miguel Ángel Jiménez. Intérpretes: Willem Dafoe, Victoria Carmen Sonne, Joe Cole. Duración: 103 minutos. Nacionalidad: Grecia.