Cultura

Mike Leigh se queda solo en una sección oficial entre heterodoxa y solo desconcertante

Mike Leigh se queda solo en una sección oficial entre heterodoxa y solo desconcertante

"Los hombres inventaron el adiós porque se saben de algún modo inmortales, aunque se juzguen contingentes y efímeros". La frase es de Borges y, con toda seguridad, abulta demasiado para despedir algo tan modesto como un festival de cine. Sin embargo, en el corazón de esta edición de San Sebastián que ahora acaba, sí que habita una despedida de las verdaderamente eternas. De ser cierto que Tender Loving Care (Traducida por Cuidados paliativos) es la última de Mike Leigh, como él mismo dijo (aunque no se olvidó de añadir "probablemente"), la sentencia del principio se antoja justa. Y hasta escasa. El que concluye el sábado es un certamen que, independientemente de lo que dictamine el jurado presidido por el director Ira Sachs (y al margen de los remolinos de expectación levantados en las alfombras rojas por los Javis y por Brad Pitt), se recordará para siempre por una película que convierte la extremada sencillez en prodigio, el deseo de cuidarse y amarse de cuatro personas en un milagro de cine, de vida y de Leigh. Es así.

Digamos que la cinta del director de una obra maestra como Secretos y mentiras e infinidad de piezas magistrales como El secreto de Vera Drake o Another Year marcó el punto más alto de una competición en la que un año más, por vocación o por necesidad, cuesta encontrar un hilo conductor, una idea motriz o algo que identifique más o menos el tipo de festival que San Sebastián quiere ser. Entre las 17 películas que optan a la Concha de Oro se han visto desde blockbuster en la más asolerada tradición del cine puramente comercial como Los Miserables, de Fred Cavayé, al lado de obras radicales y herméticas como Border, del debutante director chino Ah Biao. Y ello sin descuidar un experimento inédito hasta ahora en un certamen de los llamados de clase A: una miniserie con los bordes de cada capítulo limados y pegados como Mis muertos tristes, de Pablo Larraín. Tal y como se proyectó en los cines del festival, no se volverá a ver jamás en ningún lado. Raro. Digamos que, como decía Baudrillard sobre el mundo, hay muchos cines y están en este festival.

Lo anterior no sería criticable si cada película vista fuera maestra en lo suyo. Pero no es el caso. La competición se ha convertido en el terreno de los tonos medios; películas que ni identifican una voz definida y con autoridad de autor, ni cumplen plenamente y con brillantez el presupuesto del que parten o la intención que prometen. Hay excepciones, claro. Más allá de los accidentes del gusto, Glaxo, del argentino Benjamín Naishtat, discurre de la mano de un estilo definido previamente por el director y muy propio. La manera de jugar con el género negro para retratar acontecimientos del pasado que se reflejan en el presente estaba en Rojo y lo está aquí. Algo parecido se puede decir del trabajo del noruego Hans Petter Moland en su desmedida adaptación del texto casi bíblico de Knut Hamsun en Growth of the Soil (La bendición de la tierra). O, apurando, llama la atención el muy peculiar y muy personal estreno como directora de la hasta ahora novelista Maha Harada en My Father's Room, por el cuidado, atención y tiempo (demasiado) que emplea a la hora de romper reglas.

Hay dos excepciones más. Entre las propuestas españolas -que, todo sea dicho, este año están lejos de las ganadoras de años anteriores (es decir, de Tardes de soledad, de Albert Serra, y de Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa)- destaca 5 minutos más, de Javier Ruiz Caldera. Y lo hace no por su peculiar mirada de creador sino por su genuina y sabia manera a la hora de reconvertir las reglas del fantástico en un drama que, por momentos, también es comedia gore. Y, desde otro lado, del lado del off Hollywood, cómo no detenerse en El debut, de Jesse Eisenberg, una película esencialmente agradable, divertida y brillante al servicio del más que probable nuevo Oscar para una desmedida Julianne Moore. Pero nótese que ni una ni otra son en sentido riguroso obras de autor. Son, más bien, el ejemplo bueno (y por ello disculpable) de un patrón de elección de películas cuanto menos errático.

Las disculpas de Vicentina: El reinado de los medios tonos (**)

Las disculpas de Vicentina, del brasileño Gabriel Martins, sería la última muestra -en todos los sentidos puesto que fue el cierre de la competición-- de lo desarrollado en los párrafos anteriores. El director de la muy notable, por su facilidad alegre para dibujar la intimidad de los personajes, Mars One presenta ahora un nuevo retrato de los olvidados de la sociedad brasileña. Se cuenta la historia de una mujer empeñada en hacer suya la presunta culpabilidad de su hijo. Este fue el conductor del autobús que se salió de la carretera y acabó con la vida de casi todos sus ocupantes. Dado que la investigación apunta a un posible suicidio, decide ponerse en contacto con las familias de las víctimas para ofrecerles sus disculpas y buscar su perdón.

La idea es bella, el trabajo de la protagonista Rejane Faria impecable y la voluntad de retratar los distintos estratos de la sociedad brasileña desde la compasión, como poco, ambiciosa. La cinta cumple con lo prometido durante su primera mitad del metraje y, entre las dudas de ella y el dolor compartido de todos, Las disculpas de Vicentina se antoja un experimento delicado de pura ternura. Sin embargo, cuando la película tiene que tomar la decisión de ir a algún lado opta por el peor camino: no decidir nada. De repente, la película se detiene (y se pierde) en la repetición del mismo gesto (y hasta de las mismas líneas de guion) sin intención alguna. Y así durante dos horas y media en un monocorde transitar hacia ningún lado. Lástima.

Sea como sea y pese a todo, la edición 74 del Festival de San Sebastián está ya a salvo. "Decirse adiós", continúa Borges en Delia Elena San Marco, "es negar la separación, es decir: 'Hoy jugamos a separarnos pero nos veremos mañana'". Pues eso, nos veremos, mañana y el día después de mañana, con Mike Leigh.


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