El Balón de Oro a Harry Kane es el premio a un goleador implacable, pero también es el premio a la buena educación. El inglés marca con silenciador, ajeno a la extravagancia de nuevos ricos que encuentra en el fútbol una alfombra roja, dada la voraz exposición y el dinero, en la que se sienten cómodos Lamine Yamal, con su discreta flor en la solapa, y Mbappé. El azulgrana y el madridista iniciaron una carrera por el trofeo sin pudor alguno, jaleados por sus propios clubes. Fue un ejercicio de 'yoísmo', de ego, ridículo, frente al temple de Kane, que se limitó a decir que prefería hablar en el campo. Hasta 73 veces lo hizo la temporada pasada, 73 goles en silencio.
Lamine y Mbappé, al menos, se han ahorrado los sofocos y el numerito de Vinicius, consentido por el Madrid como se consiente a un niño malcriado hace dos años, cuando el premio recayó en alguien que tiene cosas en común con Kane. No es el gol, es la sobriedad, es Rodri, sentado, ayer, en la platea del London Paladium para asistir al festival español en el Balón de Oro, salvo por el premio gordo.
Al igual que el mediocentro español, el inglés parece un futbolista llegado del pasado, como si se tratara de un compañero de su compatriota Stanley Matthews, el primer ganador, en 1956. Al homenaje al 'Mago del regate', que jugó hasta los 50 años, se unió un ganador nacido en el propio Londres y que llevó al Tottenham, club de tradición judía de la capital británica, a su cima europea, una final de Champions perdida contra el Liverpool en el Metropolitano, y con el que logró 280 goles, récord en la historia de los 'Spurs', antes de marcharse al Bayern. Puede superarlo en el todopoderoso equipo bávaro, donde siempre ha estado por encima de los 40 tantos por temporada. El curso pasado fueron 61.
El Balón de Oro tiene una querencia por el gol, inevitable, que le ha hecho alejarse del valor de otros grandes jugadores, no únicamente los porteros, hoy galardonados aparte. Un premio individual en un juego colectivo siempre es relativo, sobre todo porque los 'highlights' pesan más que los análisis. Kane, sin embargo, no es únicamente un pegador del área, como Lewandowski, es un delantero global, es un 9 con los movimientos de un 10.
A los 33 años, este Balón de Oro premia su gran cosecha la pasada temporada, en la que ganó el triplete en Alemania, pero también, aunque no figure entre los criterios del galardón, su constancia y permanencia en la élite. Lamine tiene 19 y Mbappé, 27. Como Kane, tampoco han ganado la Champions, aunque ambos son campeones del mundo, cima que no ha alcanzado el inglés.
El título de España era el aval de Lamine, del mismo modo que ha aupado a Luis de la Fuente y Unai Simón como mejor entrenador y portero, respectivamente. Pero Lamine no pudo ser el gran Lamine en el Mundial. El premio Kopa al mejor joven ya no le colma, porque se siente, con razón, entre los grandes. Tiene tiempo por delante, más que Mbappé, y muchas flores por elegir.