Mejor sin Vinicius. Es duro decirlo, porque hay pocos futbolistas como el brasileño cuando están en estado de gracia. Pero Vini, hoy, no sabe ni dónde ni cómo está. De ese modo, mejor en el banquillo, donde lo colocó Mourinho ante el Villarreal y donde ahora estará más de lo deseado por los cuatro partidos de sanción. Endrick y Espí, voraz el primero y oportuno, como siempre, el segundo, mostraron todo lo que le falta ahora al gran activo del club, renovado y perdido, para levantar al Madrid del caos. Rüdiger lo convirtió finalmente en victoria.
A la determinación de Endrick y el olfato de Espí se unieron más cosas. También el pie de Güler, en los centros, o el criterio de Bernardo Silva. No fue sólo la rebeldía idiosincrática del Madrid. Fueron los cambios con los que Mourinho cambió el decorado, porque el Madrid que acabó no era el que empezó. Ni en la actitud, ni en el juego, ni en el gol.
Marcajes al hombre
La Roma no pudo contener la crecida, a pesar de su gran partido, y es que con Gasperini nadie se aburre. Siempre hay espectáculo. O lo da su equipo o lo da el contrario. En el Olímpico lo dieron ambos. Hacerlo durante tantos años en Italia, el paraíso de la cultura defensiva, merece parabienes. Lo contracultural siempre suma, agita, enriquece. Los marcajes al hombre no suponen ninguna revolución, porque están en el origen del fútbol, son lo más simple, el uno contra uno. Pero ponerlos en práctica, hoy, es muy revolucionario, debido al riesgo que nadie quiere. La zona es más segura, está llena de trampas y de ayudas. Los duelos a campo abierto son bravos, limpios, pero detrás de cada error aparece la pradera.
Los romanistas se equivocaron poco. A la primera, Mbappé se aprovechó para empatar un partido en el que el Madrid no había entrado. Sólo lo había hecho Courtois, con una intervención brutal ante un disparo de Mario Hermoso. No era el primero, ni el último en esos minutos. En cuatro, lanzó a puerta cuatro veces el equipo local. Mucho. Muchísimo. El gol, en el ecuador del primer tiempo, merced a un disparo de De Roon, fue la consecuencia de esa dinámica.
Falta de control
Al Madrid le costaba horrores tener algo de control en el juego, por lo que abusó de los lanzamientos en largo de Courtois en la salida de balón. No tenía, además, el equipo blanco un delantero corpulento para recibir de espaldas. Mbappé o Vinicius no son futbolistas, precisamente, para que les caigan sandías.
La comparación entre la Roma y el Madrid en esos primeros minutos era el contraste entre la madurez y la inmadurez colectiva. La diferencia de tiempo que llevan Gasperini y Mourinho en los equipos, sustancial, no justifica tal disparidad. Los problemas de creación de juego se han convertido ya en un mal crónico, pero existen alternativas que el entrenador debe encontrar. En la desesperación, lo hizo.
En el Olímpico, Mourinho sentó inicialmente a Güler para colocar a todo el elenco en ataque, Bellingham, Vinicius, Mbappé y Diomande. El marfileño se situó a la izquierda, aunque con tendencia a progresar hacia el interior para dejar la profundidad a Dumfries. El Madrid, no obstante, tenía pocas situaciones para explotar esa dualidad. Peor eran las cosas en la banda opuesta, donde la Roma cargaba su juego ofensivo, con Soule, una pesadilla, y Wesley. Cucurella se vio constantemente superado y, lo que era peor, sin ayudas de Vini en un decorado que las hacía indispensables. Tras el descanso, Mou mandó al brasileño a la derecha, donde apenas ha jugado y donde había dejado claro en el pasado que no le apetecía hacerlo. La razón podía estar en compensar los déficits que había tenido en la izquierda.
Antes de que ese equilibrio pudiera llegar, Vini tuvo un error capital, una frivolidad en su campo, cuando el Madrid iniciaba la jugada, que acabó en los pies de Rodrigo Mora. El joven talento portugués, que acababa de saltar al terreno de jugo, encontró a Malen y neerlandés no perdonó pese a la oposición de Valverde. La imagen de Mourinho lo decía todo. Había devuelto al brasileño a la titularidad en Roma, después de la suplencia contra el Villarreal, y el resultado fue desastroso. Salió del campo, sustituido y hundido.
Mourinho llamó a Güler, entonces sí, y más tarde al olvidado Bernardo Silva, como si pidiera un poco de juego, por favor. También a Endrick y a Espí para cargar el área, a lo que se empleó con desespero. La Roma se acuarteló. Tenía coartada para hacerlo, gracias a un tercer tanto, obra también de Malen, que señaló los desajustes defensivos del Madrid.
La carga del Madrid, en la que ni Mbappé ni Diomande habían encontrado su lugar, descubrió a Endrick, que pasó del cero a 100 en un partido. Prácticamente inédito en la temporada, cabeceó para que el rechace lo encontrara Espí y marcó del mismo modo. Se hizo gigante en el área hasta que un gigante de verdad firmó una victoria de puro Madrid, pero sin el puro Vinicius.