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El Mundial 2026: una victoria para la FIFA, pero no tanto para los anfitriones

El Mundial 2026: una victoria para la FIFA, pero no tanto para los anfitriones

El Mundial 2026 será para la FIFA una edición inolvidable: la del negocio redondo de las pausas de hidratación, la de los precios escandalosos de las entradas y el récord de asistencia a los estadios gracias a su fórmula de incluir a 16 equipos más. Prometieron dinero a raudales y se marchan con un botín de entre 9.000 y 11.000 millones de dólares, según estudios preliminares. Pero para el anfitrión principal, Estados Unidos, el relato es una mezcla de luces y sombras.

En Kansas esperaban una inyección de 653 millones de dólares y 650.000 visitantes que no se dejó sentir tanto como algunos esperaban. "La mayoría de mis clientes habituales me dijeron que no vendrían porque habría demasiados atascos y demasiada gente, pero la realidad ha sido muy distinta", contaba a una televisión local Teresa Grado, propietaria del restaurante mexicano Lilly's Cantina.

Jim Desauguste, dueño de un local de comida caribeña en la misma ciudad, era más tajante: "El Mundial no nos ha hecho ningún bien. La clientela que estábamos esperando nunca llegó". Casi el 80% de los hoteles en las 11 sedes estadounidenses registró una ocupación por debajo de lo proyectado, según una encuesta de la Asociación Estadounidense de Hoteles y Alojamiento. Echan la culpa a las restricciones de visados de Washington y al clima geopolítico.

Siete horas detenido en Chicago

Es una tendencia que viene de 2025: EEUU fue la única potencia turística en registrar una caída de visitantes el año pasado, algo que los expertos atribuyen al rechazo de las políticas arancelarias y migratorias de Trump. Tampoco ayudaron los incidentes previos al torneo: a un árbitro somalí se le prohibió la entrada, pese a tener visado aprobado, y el delantero iraní Aymen Hussein estuvo detenido siete horas en el aeropuerto de Chicago. Aun así, los estadios se llenaron: más de 6,5 millones de espectadores, superando el récord de 3,5 millones de 1994. También cayó el récord de asistencia en una jornada: más de 281.000 personas en los cuatro partidos del 16 de junio.

El dinero de las entradas se lo queda la FIFA, pero un estudio de Bank of America asegura que el gasto en ciudades como Los Ángeles y Miami subió un 6% en las primeras semanas, gracias al apetito consumista de los visitantes y al espectáculo viral en redes de fenómenos, como la salsa ranch, tan industrial como omnipresente en la dudosa gastronomía estadounidense. Una aficionada sueca escribió que nadie le había avisado de que era "como el crack" y pidió que la vendieran en Europa. Tanta fue la obsesión que la TSA tuvo que recordar a los viajeros en aeropuertos que esa salsa cuenta como líquido y debe ir facturada.

Invasión foránea

Boston fue rebautizado como Nueva Escocia por la marea de seguidores con falda, y el personal alucinó con el tamaño de las porciones, la obsesión con el aire acondicionado y cadenas como Walmart, donde se pueden comprar tomates y pistolas bajo el mismo techo, o Buc-ee's, mitad gasolinera, mitad centro comercial.

La cara oscura la dejó Trump al admitir que llamó a Infantino para que le retiraran la roja a Folarin Balogun antes del partido frente a Bélgica. El suizo no dudó en hacer la excepción, agrandando el halo de organización corrupta que pesa sobre la FIFA. El mismo Infantino que prometió "104 Super Bowls" para las ciudades y se quedó muy corto. Un gran éxito dentro del estadio. Fuera, no tanto.


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