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Elecciones 'midterm' y cambio de ciclo global

Es una costumbre asentada que las elecciones midterm en los Estados Unidos propinen un severo repaso político al partido en el poder. Más aún en este momento, como consecuencia de una amplia sensación social de empeoramiento del nivel de vida, con altos niveles de inflación y un presidente con los índices de popularidad más bajos desde Truman con Corea, o Nixon en pleno Watergate.

Una mayoría de votantes culpa a Donald Trump del declive actual: el 69% desaprueba su manejo del costo de vida, el 65% desaprueba su manejo de la guerra en Irán y casi tres cuartas partes desaprueban su manejo de los precios de la gasolina, que están por encima de los cuatro dólares por galón. Incluso, algunos cómicos del show night hablan del President on the ropes (presidente contra las cuerdas). Un mandatario exhausto y a la defensiva que encaja golpes por ambos flancos: el internacional y el doméstico; sin capacidad para contratacar sacando adelante unos candidatos republicanos que huyen de él como alma que lleva al diablo. Un presidente en declive, con escasa fuerza y ninguna credibilidad, para afrontar la difícil situación bélica, energética y económica que estamos viviendo.

Sin embargo, estas elecciones son algo más que una consulta electoral interna de gran repercusión para el control de un ejercicio del poder megalómano de un ególatra reaccionario como el de Trump. Son también, y, ante todo, un termómetro global de los valores actuales que rigen el mundo. Un hito vital en la batalla ideológica en la que nos encontramos ante el cerco progresivo a los valores democráticos y al pacto liberal. Después de la primera y segunda llegada de Trump a la Casa Blanca, vinieron las sucesivas victorias electorales de las posiciones más ultraconservadoras en todo el planeta y con ello, la impresión de que un fantasma volvía a recorrer el mundo: el fantasma del fascismo. 

La extensión de los principios antidemocráticos como consecuencia del ascenso y la afirmación global de los movimientos de ultraderecha, -incluso en los sistemas democráticos más emblemáticos-, y la exaltación nuevamente de la violencia, bajo la narrativa de odio trumpista, como clara expresión del agotamiento de los sistemas liberales inmersos en una tendencia irremisible en todo el planeta hacia el autoritarismo.

Prueba de ello es que, en Polonia, el partido derechista PiS (Paz y Justicia) ganó la presidencia con el 51,9%. En Chequia, Andrej Babiš volvió a ganar con 80 de los 200 escaños y gobierna con la ultranacionalista SPD. En Hungría, Péter Magyar puso fin a los dieciséis años de Orbán con el 53% de los votos, aunque conviene precisar que TISZA (Partido Respeto y Libertad) se encuentra en posiciones derechistas. Por su parte en Alemania, AfD (Alternativa por Alemania), se convirtió en segunda fuerza en las generales y alcanzó el 38,3% en Mecklemburgo-Pomerania Occidental, mientras la CDU de Merz se hundía hasta el 4,9%, su peor resultado regional desde la fundación de la República Federal. En Austria, el FPÖ (Partido por la libertad) ganó en 2024 con el 28,8%, trece puntos más que en 2019, y las encuestas de septiembre último lo sitúan en el 37%. 

En Francia, después de las últimas huelgas y disturbios, Marine Le Pen ronda entre el 33% y el 35% de cara a las presidenciales de 2027; el partido AUR (Alianza para la Unión de los Rumanos) roza el 40% en Rumanía, en Portugal el ultraderechista movimiento Chega logró 60 de 230 escaños; y en España, en las próximas elecciones dentro de algunas semanas, todas las encuestas colocan a Vox dentro de una horquilla del 16 al 18% de los votos, con muchas posibilidades de ser la pieza determinante en un gobierno de coalición.

El avance de la ultraderecha y el conservadurismo radical en Asia se ha consolidado mediante discursos marcadamente nacionalistas, xenófobos y antiinmigración que capitalizan el descontento social, teniendo a Japón como su máximo exponente. En este país, el fenómeno se ha manifestado tanto en el espectacular crecimiento del partido populista de extrema derecha Sanseitō, que irrumpió con fuerza en la Cámara Alta con su agenda de "Japón Primero", como en el viraje ideológico del tradicional e histórico Partido Liberal Democrático; este último, bajo el liderazgo ultraconservador de Sanae Takaichi, absorbió las demandas más radicales de la población para lograr una arrolladora supermayoría en 2026, replicando una tendencia de fortalecimiento de coaliciones nacionalistas y de derecha tradicional que también se ha replicado en otras naciones del continente como Tailandia y Bangladesh.

Si miramos hacia América Latina, el ciclo a partir de 2022 que rompía el regionalismo hegemónico con la llegada de las posiciones de izquierda en los principales países hemisféricos parecía haber tocado a su fin: Kast había arrasado en Chile con un 58% frente al 42% de su rival, a lo que se sumó la victoria de Milei en las legislativas en Argentina. Bolivia, con Rodrigo Paz, cerró dos décadas de gobiernos socialistas indigenistas, y en 2026 ganaron Keiko Fujimori en Perú y Abelardo de la Espriella en Colombia. Sin embargo, la victoria de Lula el pasado fin de semana puede apuntar hacia un cambio de ciclo -más aún si los resultados de las midterm favorecen a los demócratas- y también por la aparición de algunas dinámicas electorales de democracia participativa que apuntan en esa dirección.

Las nuevas experiencias de movimientos jóvenes participativos -en la línea de lo señalado por Habermas cuando desarrolla el concepto de "democracia deliberativa"-, se basan en una agenda pública electoral para encontrar solución a cuestiones vitales como son la vivienda, la subida desmedida de los precios, y la caída en la calidad de los servicios; todo ello, dentro de campañas electorales de largo recorrido, puerta a puerta. Una democracia que no se agota en contar votos y que se construye reflexionando de formas conjunta: mesas de diálogo para tomar decisiones puntuales, asambleas de consulta para cada política pública, control ciudadano político y presupuestario, programas electorales participativos elaborados desde abajo. En consecuencia, un compromiso de las generaciones jóvenes con aquellos derechos sociales que no vieron construir y que creían parte normalizada del sistema, pero que el capitalismo especulativo se ha encargado de liquidar progresivamente. 

Un ejemplo de estas nuevas formas de participación puede ser la Studentska lista (Lista Estudiantil) en Serbia que hace apenas una semana desbancó del poder, después de quince años, al partido nacionalista de Aleksandar Vučić. En esta dirección se encuentra también la plataforma Die Linke (La izquierda) que en septiembre ganó las elecciones de Berlín con el 25,3%. Su candidata, Elif Eralp, señala que se inspiró abiertamente en Zohran Mamdani, el socialista democrático que ganó la alcaldía de Nueva York en noviembre de 2025 con 2,06 millones de votos y un movimiento trasversal basado en cubrir las primeras necesidades de las clases menos favorecidas, en una noche en la que los demócratas también se llevaron Virginia y Nueva Jersey.

Ante esta situación, estas elecciones de medio mandato en Estados Unidos son claves para propiciar ese cambio de ciclo. Los demócratas lideran las encuestas nacionales y están mejor posicionados para recuperar la Cámara de Representantes: el sondeo Quinnipiac les da once puntos de ventaja y el de CBS y YouGov apunta hacia los 228 escaños, diez más que la mayoría. El Senado, en cambio, se decidirá en siete Estados. Los demócratas necesitan una ganancia neta de cuatro escaños para arrebatar el control a los republicanos, y como el vicepresidente Vance desempata, el fifty-fifty no les basta. 

Los promedios dan a las demócratas ventajas de entre 2,5 y 4 puntos en Michigan, Ohio, Texas, Maine y Kansas, y un empate virtual en Iowa. Una encuesta de CNN sitúa a Abdul El-Sayed -destacado candidato del partido del asno- siete puntos por delante en Michigan y a James Talarico, también de ese Partido, seis en Texas, pero varias de las mejores encuestas de ambos Estados no muestran un líder claro, y en Maine no lo hay desde hace semanas. Hay una última advertencia que repiten los analistas: llegar a 55 exigiría que los sondeos infravaloren a los demócratas justo en los Estados del Medio Oeste donde históricamente los han sobrevalorado. Un vuelco es plausible, pero no está hecho.

La conclusión, ante esta encrucijada, es inequívoca: necesitamos un cambio de ciclo global. Ese cambio tiene que librarse en la batalla ideológica que se disputa en todas las regiones del planeta y reflejarse en el comportamiento electoral del mundo entero. Si la llegada de Trump y su soflama fue la matriz y la principal "nave nodriza" que alimentó el mensaje y la estética nacionalista, populista y reaccionaria en todas las latitudes, una derrota del trumpismo en las elecciones de medio mandato puede suponer el cambio de ciclo que necesitamos, y de forma imperiosa.

Gustavo Palomares Lerma es profesor de política exterior de Estados Unidos en la Escuela Diplomática de España; director del Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado, y catedrático europeo en la UNED.

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