Estados Unidos lidera el desarrollo de algunos de los sistemas de defensa más sofisticados del planeta, pero su industria militar mantiene una dependencia clave de dos de sus principales rivales geopolíticos: China y Rusia. La razón no está en la tecnología, sino en el acceso a las materias primas necesarias para fabricar gran parte de su arsenal, tal y como recogen desde Il Fatto Quotidiano.
Así lo expone el periodista Gianluca Schinaia en su nuevo libro La era de las matrices, donde analiza cómo el control de las tierras raras y otros minerales estratégicos se ha convertido en un factor decisivo para el equilibrio de poder mundial.
Uno de los ejemplos más representativos es el caza F-35, considerado uno de los aviones de combate más avanzados del mundo. Cada unidad incorpora alrededor de 417 kilos de tierras raras, materiales imprescindibles para el funcionamiento del radar, los sistemas de guiado, la tecnología furtiva y otros equipos electrónicos. En el caso de los submarinos nucleares de la clase Virginia, esa cifra alcanza las cuatro toneladas.
El problema es que buena parte de estos materiales procede de países con los que Washington mantiene una fuerte rivalidad. China domina el mercado mundial de las tierras raras y también controla el suministro de minerales como el galio o el tungsteno, utilizados en distintos sistemas militares. Rusia, por su parte, tiene un papel destacado en la producción de antimonio, necesario para fabricar munición, y de titanio de grado aeronáutico.
Esta dependencia ya provocó un episodio delicado en 2012. Durante el ensamblaje de más de un centenar de cazas F-35, se detectó que varios componentes utilizaban imanes fabricados por una empresa china. La situación obligó al Pentágono a conceder una exención a una ley estadounidense vigente desde 1973 que prohibía adquirir determinados materiales para la industria de defensa a proveedores extranjeros. Esa excepción se mantuvo durante una década y no fue hasta 2023 cuando volvió a aplicarse la prohibición.
La dependencia de estas materias primas no afecta únicamente al F-35. Otros equipos militares estadounidenses, como los submarinos de la clase Virginia, algunos cazas F-16, los bombarderos B-1 Lancer, determinados misiles e incluso los drones empleados en conflictos actuales también requieren minerales cuya producción está dominada por China o Rusia.
El análisis de Schinaia sostiene que el poder militar ya no depende únicamente de la capacidad para diseñar armas cada vez más avanzadas, sino también de controlar las cadenas de suministro de los materiales que hacen posible su fabricación. En este escenario, Estados Unidos sigue siendo el mayor productor y exportador de armamento del mundo, pero una parte esencial de los recursos necesarios para construirlo continúa llegando desde dos de sus principales competidores estratégicos.