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"Ganó la democracia": Lula salta el muro ultra con récord de votos e inocula la esperanza a la izquierda

A dos días de cumplir los 81 años, Luiz Inácio Lula da Silva ha hecho historia. De la inesperada, de la que parece milagrosa, de la que contagia. El presidente de Brasil ha logrado la reelección como presidente de Brasil para un cuarto mandato, comandando la candidatura de su Partido de los Trabajadores (PT), consiguiendo un récord de votos entre los ciudadanos (más de 64 millones de apoyos) y demostrando que la izquierda aún tiene esperanzas en América Latina y en el mundo.  

El veterano mandatario ha protagonizado una resurrección electoral sin precedentes en las últimas cuatro décadas de la democracia brasileña, porque nunca antes un perdedor en la primera vuelta de las presidenciales le había dado la vuelta a la tortilla y se había impuesto en la segunda. Él lo ha hecho: en apenas 20 días, ha esprintado hasta dejar atrás al senador ultraderechista Flávio Bolsonaro, el heredero del condenado expresidente Jair, golpista reconocido por la justicia. 

Lula ha logrado en 51,79% de los sufragios, frente al 48,21% de su rival (con el 98,76% de las urnas escrutadas al momento de la declaración de victoria), transformando aquella humillante y sorprendente primera derrota en un triunfo monumental que desafía las presiones diplomáticas de la administración de Donald Trump desde Washington y frena la ola conservadora mundial, especialmente la americana. 

Ahora, el barbudo debe estar en un pico de adrenalina que no lo dejará ni dormir, pero si lo logrado era complejo, lo por venir es peor. Va a necesitar mucho impulso de este renacimiento político para curar a una nación profundamente fracturada (partida en dos, como desvelan los datos), con una economía que asfixia a la clase media y un clima institucional tóxico, marcado además por denuncias de sabotaje que prometen desatar una tormenta legal sin precedentes. Porque Bolsonaro dice que no, que no se cree estos resultados. "Es imposible reconocerlos", denuncia. Lula no se arruga, sostiene que "ganó la democracia, la esperanza se fortaleció y Brasil sigue adelante". "Esta victoria es nuestra. ¡Y juntos haremos mucho más!", promete en redes. 

La resurrección del ave fénix: las razones

Hace tres semanas, el panorama para el oficialismo era descorazonador. La noche del 4 de octubre, Bolsonaro dejó ko a todas las encuestadoras al superar al mandatario en ejercicio. Obtuvo el 47,03% de los sufragios, mientras que un debilitado Lula quedó relegado con el 45,16. La diferencia de 2,2 millones de votos era un mazazo psicológico. Desde una perspectiva histórica, la tarea era imposible, directamente. 

El bolsonarismo había capitalizado con maestría el descontento por el costo de vida, la inflación y la fatiga generalizada hacia un líder que ya gobernó el país en tres ocasiones. La campaña de la izquierda parecía encaminada al abismo. Sin embargo, en lugar de capitular, la maquinaria del PT detectó un salvavidas en los datos proporcionados por la firma demoscópica AtlasIntel: 33,4 millones de brasileños (aproximadamente el 21% del electorado) se habían quedado en casa el 4 de octubre. Representaba la tasa de abstención más alta en unas elecciones generales desde el año 1998.

El director de la firma, Andrei Roman, advirtió que el destino del balotaje residía en movilizar a esos votantes fantasma. Desde entonces, Lula dedicó cada minuto de los siguientes 21 días a apelar con desesperación a las clases trabajadoras y a movilizarlas. Su estrategia se volvió visceral, pero también pragmática, haciendo promesas audaces, como la implementación de transporte público gratuito los fines de semana, la ampliación del tope de ingresos para pequeños emprendedores, nuevos planes para reestructurar las deudas familiares y el compromiso de erradicar las apuestas por internet, señaladas como causantes de ruina financiera en muchos hogares en la nación. Quería inyectar energía en su base dormida con medidas muy apegadas a la calle, muy de diario, tangibles y necesarias.

En el ámbito de la seguridad ciudadana, el candidato Lula adoptó una postura tradicionalmente asociada a sectores conservadores: apoyó disminuir la edad de imputabilidad para crímenes de extrema gravedad. Con este gesto, intentó aplacar el fuerte reclamo social por un combate más estricto contra la delincuencia.

Esa caída en la abstención durante la elección ha sido la principal clave que le ha permitido revertir el margen, consolidando una remontada legendaria: no sólo ha recuperado lo perdido, sino que ha ganado dos millones extra de apoyos. 

El factor territorial también resulta clave para comprender la remontada petista. En Minas Gerais -el segundo padrón más grande del país y un termómetro histórico que desde 1989 siempre ha coincidido con el ganador nacional- el actual presidente transformó un déficit de casi 590.000 sufragios en un triunfo por alrededor de 99.000, logrando así un giro decisivo de unos 690.000 votos, según datos en caliente de CNN. Además, a pesar de que su rival Flávio retuvo el control a nivel estatal en São Paulo y Río de Janeiro, Lula logró imponerse en ambas metrópolis (las más pobladas de la nación) y le dio la vuelta al marcador en la urbe carioca.

A este éxito urbano se le sumó el dominio absoluto en las nueve regiones del noreste y un notable descenso en la apatía del electorado. La tasa de abstención se redujo del 21,08% original a cerca del 19,2% en la ronda definitiva, inyectando alrededor de tres millones de nuevos votantes. Aunque esta afluencia extra no benefició exclusivamente a Lula, subraya lo vital que fue incentivar a quienes se habían ausentado antes.

Y el terreno digital fue otro frente de batalla fundamental, sin duda. Después del primer escrutinio, el equipo de Lula intensificó su estrategia en redes y dispositivos móviles, muy especialmente en WhatsApp. Su objetivo no era únicamente persuadir a los dudosos, sino garantizar que sus simpatizantes acudieran efectivamente a las urnas. Ha surtido efecto y las gracias se las tiene que dar a André Janones, de 42 años, diputado por Minas Gerais, en el que hoy están puestas todas las miradas. Te lo explica en este análisis nuestro compañero Israel Molina Gómez. 

Una nación dividida

Los mapas de los resultados publicados por el Gobierno brasileño confirman una tendencia inmutable que actúa como una fuerza de gravedad en la política brasileña: la polarización geográfica extrema.

Una vez más, el empobrecido pero leal Nordeste se erigió como el muro de contención contra el avance de la extrema derecha. Fue desde esta región clave de donde comenzaron a manar los votos en la noche del domingo, erosionando la ventaja temprana que Flávio Bolsonaro ostentaba durante las primeras horas del escrutinio. El Nordeste sigue siendo el bastión inexpugnable que salva al Partido de los Trabajadores.

Por el contrario, el senador ultraderechista exhibió un dominio abrumador en el sur, el sureste y el centro-oeste, el motor agroindustrial y el corazón financiero de Brasil. Estas áreas, vinculadas al conservadurismo evangélico y al gran capital corporativo, demostraron que el bolsonarismo no es una fase pasajera, sino un bloque sólido y atrincherado. 

El resultado dibuja a un país escindido, dos Brasiles que se miran con recelo y cuyas visiones del mundo son diametralmente opuestas, haciendo casi imposible la gobernabilidad sin enormes concesiones políticas.

Legitimaciones y olas

El domingo de ayer distó mucho de ser una fiesta de la democracia que Lula reivindicaba tras verse ganador. Los medios locales e internacionales destacan el caos logístico, las complicaciones naturales y, sobre todo, las severas acusaciones de sabotaje institucional, que complicaron el 25-O.

En Minas Gerais, el tribunal electoral regional notificó que al menos 349 centros de votación se quedaron sin suministro eléctrico, obligando a las urnas electrónicas a operar con baterías de emergencia en medio del pánico de los electores. Simultáneamente, el campamento de Bolsonaro solicitó prórrogas en zonas castigadas por severas lluvias e inundaciones que dificultaban el acceso de sus votantes.

Pero las alarmas más sonadas las hizo sonar el oficialismo. La campaña de Lula acusó formalmente a gobiernos locales -varios de ellos alineados con los Bolsonaro- de reducir intencionalmente las frecuencias del transporte público para impedir que las clases más desfavorecidas pudieran ejercer su voto. 

El nivel de tensión llegó a su clímax en Salvador, donde un tribunal ordenó el arresto inmediato del secretario de transporte de la ciudad bajo cargos de haber suprimido deliberadamente las rutas de autobuses. La Policía Federal mantiene investigaciones abiertas en cinco estados por estas tácticas de presunta supresión de votantes, manchando la percepción del proceso electoral.

Pero lo peor ocurrió al final de la jornada y va a marcar estas primeras horas postelectorales... si no los próximos meses. Ante las avalanchas de quejas logísticas, el cierre de los colegios electorales programado para las cinco de la tarde hora de Brasilia, (cuatro horas más en Madrid) fue alterado por una intervención del juez de la Corte Suprema Cristiano Zanin, quien ordenó extender la votación dos horas más, hasta las siete de la tarde. 

La decisión fue ejecutada con complicaciones. El mandato llegó cuando varios centros ya habían cerrado sus puertas y apagado los sistemas. Zanin tuvo que emitir una torpe aclaración: sólo los recintos que aún seguían abiertos podían acatar la extensión, lo que desató el caos en las calles, con ciudadanos frustrados siendo devueltos a sus casas mientras las noticias anunciaban por televisión que había más tiempo para votar.

Para Flávio Bolsonaro, esta extensión no fue un error administrativo, sino un acto de guerra. Zanin no es, a sus ojos, un magistrado neutral, porque resulta que fue el abogado personal de Lula durante sus casos de corrupción, nombrado para el máximo tribunal por el propio presidente ya en 2023. Esta proximidad personal y política ha servido en bandeja de plata la narrativa del fraude a la extrema derecha. Está por ver hasta dónde lo estira o si acaba por reconocer los datos. 

De momento, hasta los presidentes correligionarios de Perú o Chile han felicitado a Lula, reconociendo su victoria, lo mismo que ha hecho la Comisión Europea, Canadá, Francia o España. 

Fiel al estilo duro, Flávio Bolsonaro rechazó conceder la derrota en su primera aparición pública, lanzando diatribas que hacen presagiar una batalla legal brutal. Denunció a Zanin por alterar deliberadamente "las reglas del juego en medio del partido" y acusó al poder judicial de prevaricación flagrante. "Es imposible reconocer los resultados de la elección", espetó el senador ante una multitud iracunda, tachando las circunstancias de "inaceptables". Ya ha sembrado la semilla de la deslegitimación, al más puro estilo Trump, y ha asegurado que buscará la anulación del proceso en las cortes, algo que, de facto, paraliza la transición política pacífica.

El sistema judicial en sí mismo está muy dividido, así que habrá necesidad de mucha negociación política. Sin embargo, Bolsonaro no busca negociar. Ya durante su campaña prometió que, de ganar, impulsaría enmiendas constitucionales para "redemocratizar" el país, un plan que se veía como eufemismo aterrador para purgar el Tribunal Supremo tras los problemas legales que hundieron a su padre, Jair Bolsonaro, a quien por supuesto pretendía dar un perdón si llegaba al poder. 

Tal y como indica The Atlantic Council, el triunfo de Lula detiene en seco la ola reaccionaria en América Latina que Washington había estado cultivando para consolidar su hegemonía hemisférica. En el propio Brasil, como ha desvelado la agencia Reuters, se ha visto el nivel de intromisión estadounidense: altos funcionarios del Departamento de Estado presionaron en las semanas previas a las elecciones para imponer sanciones a Brasil en un esfuerzo concertado por asfixiar al Gobierno de Lula y allanar el retorno de la familia Bolsonaro al Palacio de Planalto.

Con los resultados en disputa tras el fallo del juez Zanin, la familia Trump también ha salido rápidamente a marcar el terreno, pese a que no lo haya hecho el padre, el patriarca. Donald Trump Jr. ha acudido a las redes sociales para fustigar el proceso y lanzar un dardo a los medios occidentales: "Si un Gobierno conservador en Brasil hiciera esto, todos en la prensa tradicional en Estados Unidos perderían la cabeza, pero supongo que simplemente eligen guardar silencio porque todo es por la causa".

"El ejército de la democracia"

Lejos de adoptar un tono conciliador, el discurso de la victoria de Lula da Silva fue un alegato de resistencia soberana ante las presiones extranjeras. Las fricciones previas con Estados Unidos (incluyendo los choques sobre las políticas de censura en redes sociales y los embates arancelarios) marcaron el tono de sus palabras dominicales.

"Tuvimos que superar la interferencia proveniente del exterior", sentenció un Lula visiblemente agotado pero triunfante. "La elección fue una derrota para el negacionismo. Fue una derrota para las mentiras", añade. 

En la frase más comentada de la noche, Lula lanzó un dardo geopolítico directo a las superpotencias que han intentado tutelar el destino de su país. Agradeciendo a sus bases, proclamó: "Dudo mucho que Rusia, China o EEUU posean un ejército tan victorioso como el ejército de la democracia en este país". 

Fue una declaración de independencia geopolítica que resonó en las capitales de los BRICS y dejó claro que, bajo su mando, Brasilia no será un actor sumiso a los dictados del Norte Global. Aviso a navegantes. 

Campo minado

Pero la retórica victoriosa choca frontalmente con la cruda realidad legislativa. El margen es extremadamente estrecho. El presidente de 80 años asumirá su mandato batiendo el récord como el jefe de estado de mayor edad juramentado en la historia democrática del país, y lo hará con un Congreso hostil dominado por facciones de derecha y el pragmático (y costoso) Centrão.

Las promesas económicas populistas que lo catapultaron en el balotaje (transporte gratuito, expansión de programas sociales) chocarán con un escenario fiscal complejo y una base bolsonarista que domina las élites corporativas y agrícolas del país. Gobernar exigirá un nivel de funambulismo político que pondrá a prueba la salud y la legendaria capacidad negociadora del presidente.

Flávio Bolsonaro ha perdido la elección, pero el bolsonarismo está más vivo que nunca, tras el hundimiento por la condena a su mesías. El 48% obtenido por el senador prueba que el conservadurismo duro de ley y orden, combinado con el rechazo a las élites judiciales progresistas, es una fuerza hegemónica inamovible en la mitad del país. La narrativa del "robo electoral", amparada por las extensiones horarias, les brinda el combustible idóneo para hacer una oposición asfixiante durante los próximos cuatro años. La pregunta es cómo reaccionarán las calles y hasta los cuarteles (Bolsonaro padre fue militar). 

Lula ha dado la campanada en casa, salvando de paso a la izquierda latinoamericana de un descalabro monumental, pero sigue atrapado entre las amenazas de impugnación, el escrutinio injerencista de Trump y una economía fragmentada. La historia de esta elección está lejos de haber concluido y el verdadero combate de desgaste acaba de comenzar.

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