Cultura

¿Ha muerto POR FIN el macho?

¿Ha muerto POR FIN el macho?

Admito que se coló en mi cabeza la expresión «jo, qué macho», al contemplar a Alexander Skarsgård en la película Pillion, ya saben, macho en el sentido figurado de aquellos hombres de mente recia, a veces dotados con un pectoral sobre el que jugar a la pelota vasca sin que tiemblen los cimientos. Reconocí el sudor grueso que desprendía su atuendo de motero.

Poco después aparece de nuevo, aunque esta vez calzando unos sonrojantes botines transparentes. Pero el último sofoco ha llegado recientemente cuando le veo en una première enfundado en una falda cuyo patronaje debe pertenecer a su abuela. Alexander ha entrado sin remisión en el círculo del infierno, y yo me pregunto: ¿qué será lo siguiente?

Llevamos un tiempo asistiendo a esta metamorfosis radical del vestuario masculino, centrada sobre todo en hombres de actitudes vaporosas; pienso en Harry Styles o en los Javis. Hasta aquí todo bien, mi lado racional entiende que hay que flexibilizar, que si queremos la deconstrucción del ya devaluado concepto de señor heterosexual, forzosamente debemos comprar que el pack incorpore una dolorosa contraprestación; que también los machos puedan vestir así, tan terriblemente ridículos. Hasta Gabriel Rufián se ha plantado unos pantalones efecto globo aerostático a punto de sobrevolar por encima del electorado para modernizar su imagen. Hay que desmarcarse del macho rancio, tan abundante en el Congreso. Di que sí, Gabi.

Así que asumamos que Alexander (con permiso de Pedro Pascal) se ha transformado en el héroe emancipador de una realidad histórica. Con él ha llegado la definitiva muerte simbólica del macho. Como sabía el escritor Juan Eduardo Cirlot, el símbolo no es solo lo que vemos, no es un simple adorno, sino que se trata de una forma de poner en contacto lo material y lo que trasciende. Por eso Alexander encarna un proceso espiritual irreversible, por mucho que nos sangren las córneas al observar su cuerpo de vaquero disfrazado. Tenemos la obligación moral de silbarle y aplaudirle si es preciso porque supone la solución necesaria de continuidad para que la flecha siga avanzando.

Revisando estos días la serie True Detective, no puedo evitar cuestionarme dónde han quedado esos machos tristes, hombres infieles, egoístas, bebedores, pero bien machos siempre, con su revólver hinchado y a punto de caramelo en el bolsillo. Son ya un lamento que se evapora, nos dicen adiós, tan solo un espantajo humano, con sus días contados. O, como decía aquella cantante en los 90, Where Have All the Cowboys Gone?

Ojalá a la mierda.

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