Cultura

José de los Camarones y Capullo de Jerez, dos leyendas de la época dorada del flamenco: "Al escenario se va a morir y luego a resucitar"

José de los Camarones y Capullo de Jerez, dos leyendas de la época dorada del flamenco: "Al escenario se va a morir y luego a resucitar"

José de los Camarones (Jerez de la Frontera, Cádiz, 71 años) asegura que puede saber si un hombre es adinerado sólo con verle andar y no es por la ropa que vista. «Si no va con bulla, ese tiene dinero», afirma. Lo mismo le pasa a él con su flamencura. Cualquiera que lo vea paseando por la calle, y sin necesidad de que se arranque a cantar, pensará: «Ahí va un flamenco». Sus zapatos relucientes, su melena gris recién peinada, su chaleco con alfiler y cadenita al bolsillo y, cómo no, los andares y las hechuras. Exactamente lo mismo le pasa a su compadre Capullo de Jerez (Jerez de la Frontera, 72 años), con su pañuelo de seda en el bolsillo de la guayabera fresquita para los calores sevillanos de finales de septiembre.

Ambos son leyendas vivas, supervivientes de la época dorada del flamenco, cantaores por derecho y un pozo de sabiduría, ingenio y mucho arte jondo. Este miércoles, ambos se suben al escenario del Teatro Alameda, con el espectáculo Los flamencos no van a la barbería en el que cantarán «a pelo, con verdad y carácter», anuncia la web de la Bienal de Flamenco de Sevilla que se está celebrando en la capital hispalense desde el 9 de septiembre hasta el 3 de octubre.

«En una barbería se habla de cosas confidenciales que no se escuchan en otros sitios, lo mismo que en las tascas antiguas. Es un secretismo, pero simpático», bromea José, que anuncia sorpresas para una noche única en la que también evocará su cesta de camarones y cangrejos. Porque el cantaor, a pesar de su edad, todavía sale, de vez en cuando, a vender los deliciosos crustáceos tan típicos de la provincia gaditana y de toda Andalucía.

José se emociona al hablar del «ritual» de su cesta de camarones. Él mismo hierve el producto y lo reparte con esmero sobre un paño de tela blanquísimo. La cesta es un poema visual. «Mis hijos me dicen: 'papá, que no te hace falta esto'. Y yo les respondo, '¡eh, párate ahí. Acordaos de la cantera de donde fuisteis arrancados, que esto tiene ya cuatro generaciones y te ha quitado mucha hambre a ti, a ti, a ti, a ti... Todavía conservo el canasto de mi padre», explica con un nudo en la garganta.

El "hermetismo" de las bellas artes

En el cante empezó cuando tenía 12 años y trabajaba con su padre en el río y vendiendo camarones por las calles. «Fui forjado en el yunque de la vida. Jamás fui niño ni me dio tiempo de ir al colegio. Iba con mis canastos y escuchaba el cante de los viejos y, al final de los años, lo que les dolía a ellos resulta que me dolía a mí también. Ese es el secretismo y el hermetismo que tienen las bellas artes».

Capullo de Jerez, Miguel Flores, lleva 60 años cantando y todavía hace unos 60 bolos al año. Ninguno de los dos piensa en la jubilación. «Tenemos que cantar porque lo llevamos en los genes», suelta José y Miguel le replica que muchos se retiran y al poco se mueren. «¡Quita, quita! Eso es para las personas que se aburren. Es que hay muchos muertos vivientes en el planeta», responde rápido José. Además, ambos están convencidos de que el cante es una «terapia» que te quita el dolor y te cuera. «Sanidad nos tiene que contratar para la sanación del alma y la sanación de todo».

Ambos empezaron en el flamenco cuando «se cantaba bien, se bailaba bien y había muy buenas fiestas». ¿No como ahora? De niño, Miguel y su grupo de amigos se recorrían los «bautizos, los cumpleaños y, si se casaba alguna gitana del barrio, íbamos también a cantarle a la boda». Luego llegaron los escenarios y los viajes internacionales hasta cierto límite porque «nunca he ido a Japón ni pienso ir porque está muy lejos y tengo muchos niños y once nietos», suelta con guasa Capullo.

Vida y muerte en el escenario

Ambos se ponen serios al hablar de su arte. «Al escenario se va a morir y luego a resucitar, a cantar como si fuera el último día de tu vida», sentencia José, que conoce bien los tiempos sobre las tablas. «Cuando veo a Miguel cantar le pasa lo mismo. ¡Ay, Dios mío, guárdamelo, cuídamelo y cuando termine de cantar, que vuelva a resucitar!».

Aunque por su veteranía pudiera parecer que son los guardianes de las esencias flamencas de la pureza, no es del todo así. «Nosotros partimos los dogmas del sistema porque eso es lo que esclaviza y no te deja expresarte como tú eres», afirma José, que considera que ahora hay una especie de «clonación» porque no hay una «personalidad de los cantes» y tampoco hay «verdad» en ellos. «Para cantar bien, como dice Miguel, tienes que tener muchas cornadas, te tienes que haber caído y pasar fatiguitas de muerte. Lo demás es teatro. Con todos mis respetos». Capullo sale al quite: «La fatiga es lo que te hace cantar bien».

Y luego cada día es distinto y ni Miguel ni José cantan siempre igual. «Es como en el toreo. Rafael de Paula tampoco toreaba siempre igual, ni Curro Romero tampoco. Depende del día. Por eso iban todos sus seguidores a la plaza y por eso nosotros tenemos también los nuestros», resume José.

El "infierno" de las drogas

Con tantos años de ir y venir con su arte, han pasado «por todos los infiernos», también el de las drogas y el alcohol. «Éramos muy jovencitos cuando empezamos y hacíamos cosas a ver qué era, pero con nuestra edad ya sabemos que detrás de eso no hay nada. Y se acabó. Ni se bebe ni se fuma ni se hace nada el día que te subes a un escenario. Todos esos líos ya los hemos pasado», explica Capullo.

«Hay que cantar con sobriedad. De todo pasamos ya y de todo nos abstenemos. Eso no quiere decir que uno, un día, tenga un fallo porque yo no soy Dios, pero me levanto. No estoy en contra ni del alcohol, ni de las drogas, pero sí estoy en contra cuando una adicción te cambia la personalidad, entonces tienes un problema», resume José. «Es que es ley de vida; puede pasar hasta que un día estés cantando en el escenario y no te acuerdas ni de la letra», replica Miguel.

Con su veteranía, sienten por dónde puede surgir el mítico duende flamenco, tan esquivo y casi siempre inalcanzable. Un ingrediente clave, según José, es la honestidad y si «el duende ve que te estás esforzando y no puedes llegar a ese tercio, viene y dice 'toma, escápate por ahí, no te voy a dejar mal delante del público'. Son los recursos del alma». Pero si el artista va orgulloso y se «vanagloria, el duende no viene jamás».

El pellizco es otra cosa. Capullo cuenta que en su arte está «la potencia y la fuerza y hay personas que chillan mucho y el cante no es chillar». Luego, «si el cuerpo te coge bien, puedes llegar fácil al punto que buscas, pero después debes pararlo, soltarlo y vuelves a recogerlo, despacito... Y en ese momento oyes un 'ole' entre el público y dices 'mira, le ha tirado el pellizco'».

Pero para el duende y el arte del pellizco nunca hay reglas fijas. Esto no son matemáticas. «Terremoto no sabía ni leer ni escribir, pero te arañaba el alma y cuando nosotros cantamos hasta a un inglés o un francés se le levantan los vellos. Hay vida en lo que se está cantando. No hay muerte». Amén.


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