La búsqueda de sobrevivientes en Venezuela avanzó en horas críticas este domingo, cuatro días después de los terremotos que causaron al menos, 1.450 muertos, mientras la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, pidió mantener esas labores y anunció planes para atender a las personas que perdieron sus viviendas por los numerosos derrumbes.
Los trabajos de rescatistas nacionales y extranjeros continuaron, principalmente, entre las ruinas de edificaciones del estado costero de La Guaira (norte, aledaño a Caracas), el más afectado por los sismos de magnitud 7,2 y 7,5 del pasado miércoles y donde están instalados centros logísticos de los equipos internacionales. Gobiernos de otros países actualizaron el domingo las cifras de sus connacionales fallecidos, entre ellos 17 españoles. Entre los desaparecidos, se registran 150 compatriotas más.
Aún quedan al menos 45.000 personas desaparecidas y los equipos de rescate se afanan en encontrar respuestas y, a ser posible, vidas. Aunque con el paso de las horas las posibilidades de rescatar a alguien herido se reducen, el Gobierno de Caracas aseguró que 33 personas han sido rescatadas con vida por ahora. Entre ellas, el bebé que se ha convertido en el rostro de la esperanza.
Allí, entre las toneladas de cemento, polvo y desesperación que cubren el estado de La Guaira, en el norte de Venezuela, el más azotado por los seísmos, estaba un recién nacido de apenas 18 días de vida, llamado Juan David. Cerca, su madre, Dayana Patiño. Ambos han sido rescatados sanos y salvos tras permanecer enterrados durante más de 32 horas bajo los escombros de un edificio residencial colapsado. Su historia se ha convertido en el faro de luz de una tragedia nacional de proporciones históricas.
El dramático rescate se produjo en el sector de Playa Grande, en la localidad costera de Catia La Mar, una de las zonas más golpeadas por la brutal sucesión de seísmos que sacudió el país el pasado miércoles 24 de junio. La proeza no fue cuestión de milagrosa tecnología pesada, sino de la obstinación de una familia y una comunidad que se negaron a rendirse. El padre del bebé y sus tíos, apoyados por una cadena humana de vecinos provistos únicamente de cubos, palas y sus propias manos, lideraron la búsqueda.
Fue el llanto amortiguado del pequeño Juan David y los gritos ahogados de Dayana los que guiaron a los voluntarios a través del laberinto de hormigón. Tras una agónica jornada de trabajos a contrarreloj y bajo la luz de focos improvisados, el milagro se materializó: a las 23:00 horas del jueves, los rescatistas extrajeron con un cuidado extremo al bebé, envuelto en una manta.
Una hora más tarde, ya en la madrugada del viernes, su madre corría la misma suerte ante el estallido de júbilo y lágrimas de los presentes. "¡Hermana, te amo, lo logramos! ¡La gloria es para Dios!", clamaba uno de los familiares en un vídeo que ha dado la vuelta al mundo en las redes sociales.
Ambos fueron trasladados de urgencia a la Clínica El Ávila, en Caracas. Contra todo pronóstico médico, los doctores confirmaron que tanto la madre como el recién nacido se encuentran estables y no presentan fracturas ni heridas de gravedad.
Un país en ruinas
La historia de Juan David y Dayana alivia momentáneamente el dolor de un país sumido en el caos. El pasado miércoles, dos potentes terremotos consecutivos de magnitud 7,2 y 7,5 en la escala de Richter sacudieron el norte de Venezuela en un intervalo de apenas 39 segundos. El Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS) ya los ha catalogado como los temblores más destructivos que han golpeado al territorio venezolano desde el año 1900.
Las cifras oficiales facilitadas por las autoridades no dejan de aumentar a medida que las brigadas logran adentrarse en las zonas afectadas y el panorama que dibuja Naciones Unidas es aún más desolador: el organismo estima que el número de desaparecidos podría ascender a 50,000 personas y que la catástrofe afecta de un modo u otro a más de 6,7 millones de ciudadanos.
La situación sobre el terreno es límite. Las calles de La Guaira se han convertido en campamentos improvisados donde miles de familias duermen al raso o en sus coches, aterrorizadas por las más de 200 réplicas registradas y temiendo perder el rastro de sus allegados si se marchan. Mientras la ayuda internacional de hasta 16 países -incluidos España, Francia, Colombia y EEUU- se despliega a marchas forzadas con equipos caninos y sanitarios, la indignación social crece ante la falta de maquinaria pesada y la lentitud en la coordinación institucional.
Sin embargo, en mitad de la desolación y el olor a destrucción que emana de los bloques derruidos, la imagen del pequeño Juan David saliendo ileso de las entrañas de la tierra recuerda a los miles de rescatistas que, mientras se escuche un hilo de voz entre las piedras, todavía hay margen para que la vida se abra paso.