La fiebre del oro y los cazatesoros amenazan el patrimonio de Turquía: "Si todos los buscadores entregasen sus hallazgos, habría más piezas de valor que en los museos"
En zonas boscosas y rurales de Turquía, donde brotan las leyendas de tesoros escondidos y criaturas sobrenaturales, abunda la búsqueda de objetos arqueológicos por parte de ciudadanos de a pie. A estos cazatesoros les mueven las historias de grandes fortunas de antiguos imperios escondidas bajo tierra, pero también la codicia, así como una crisis inflacionaria galopante que empuja a muchos a intentar encontrar dinero por vías alternativas.
«Si el gobierno pidiera a todos los cazadores de tesoros que entregasen sus hallazgos, habría más piezas de valor que en los museos», aseguró a la emisora HaberTürk Ugur Kulaç, un empresario que se define como cazatesoros y promueve la venta de máquinas perforadoras para encontrar antigüedades bajo tierra. Kulaç presume de formar parte de una estirpe de cazatesoros, una figura muy común en Turquía, con unos 500.000 buscadores, asegura, ante la alarma de los arqueólogos, por los daños que supone excavar, perforar y en ocasiones dinamitar, un terreno donde pueda haber objetos arqueológicos.
La actual Turquía ha sido escenario de múltiples imperios y civilizaciones que han dejado un rastro de valor incalculable: hititas, urartos, lidios, romanos, bizantinos, otomanos. Los agricultores aran la tierra y encuentran vasijas, estatuas, monedas, al igual que muchos constructores cuando abren carreteras o arman el esqueleto de grandes edificios.
«Es imposible pisar cualquier rincón de este país sin toparse con algo histórico», señaló a la prensa turca Gürkan Çagan, conservador del museo Rezan Has de Estambul. Lejos de invertir en exploraciones arqueológicas, estos hallazgos en zonas rurales quedan expuestos a saqueos, con cazatesoros que intentan encontrar objetos y venderlos al extranjero a través de intermediarios. Ante el aumento del comercio ilegal de artículos antiguos, las autoridades permiten a la ciudadanía buscar objetos, pero en condiciones muy limitadas, obteniendo una licencia para un día y lugar concreto, igual que se hace con la caza de animales o pesca. Si encuentran algo de valor cultural, se lo queda el Estado y se recompensa al cazatesoros. Sin embargo, la práctica ilegal sigue siendo la más común, con cazatesoros hurgando en los terrenos a sus anchas. «En general se persigue el contrabando de grandes objetos, sobre todo si se quieren sacar del país», explica a este periódico un agente de aduanas. «Pero si se daña un lugar que pueda tener valor arqueológico, eso no se mira tanto», admite.
"En los últimos años, el patrimonio cultural de Turquía se ha visto gravemente afectado, sobre todo por los saqueadores ilegales"
Asociación de Arqueólogos de Turquía
Además de antigüedades, muchos turcos buscan oro que supuestamente pertenecía a armenios víctimas del genocidio y deportaciones masivas que se produjeron entre 1915 y 1923 en el país euroasiático. «En aquella época, las minorías eran deportadas del país. Al tener que dejar atrás sus pertenencias, enterraban objetos de valor en lugares distintos, con la esperanza de recuperarlos algún día», cuenta Kulaç.
Siguiendo este mito, generaciones de buscadores han profanado iglesias y cementerios armenios, convencidos de que existen yacimientos inagotables de oro. Por los pueblos circulan mapas supuestamente dibujados por armenios, aunque la mayoría son falsificaciones con anotaciones en turco moderno. «En los últimos años, el patrimonio cultural de Turquía se ha visto gravemente afectado, sobre todo por los saqueadores ilegales», denuncia la Asociación de Arqueólogos de Turquía. «Cada año, miles de artefactos arqueológicos recuperados en excavaciones ilegales resultan dañados y vendidos a compradores nacionales o extranjeros», denuncian.
Cengiz, un joven músico que ha participado en varias búsquedas, describe a este periódico una mezcla de miedo y emoción en estas incursiones. «La primera vez que fui fue en Estambul, en una zona boscosa de Altinsehir. Un amigo de mi cuñado tenía un mapa de un tesoro, nosotros trajimos la maquinaria y acordamos repartirnos lo que encontráramos», describe. La búsqueda, explica, tiene un lenguaje propio. «Si encuentras monedas, significa que son un 'regalo', una señal de que cerca hay un tesoro, porque dejaron estas monedas como cebo para que los cazatesoros no sigan buscando». Con una máquina de excavar, fueron haciendo un agujero en la tierra hasta que encontraron una tumba. «Mi cuñado se adentró en el agujero, pero no había nada».
Del más religioso al más ateo, en las zonas rurales de Turquía, mucha gente cree en los jinn, una figura sobrenatural de la cultura islámica, del mundo de lo invisible. En estas búsquedas se invoca a esta especie de espíritus para que los protejan y ayuden a encontrar tesoros. «Hay muchos rituales. Antes de excavar, rezamos encima de la tierra. También hay símbolos. Por ejemplo, si ves una tortuga o una piedra en forma de tortuga, es un augurio de que hay tesoros, porque las tortugas son parte del imaginario de los armenios».
En una de las expediciones al este de Turquía, Cengiz y sus colegas se toparon con un gato blanco, una casualidad que interpretaron como un presagio, así que se lo llevaron con ellos en la búsqueda. «Llevábamos dinamita en polvo porque un amigo creía haber encontrado una cámara secreta. La echamos y para activarla necesitábamos crear una pasta con un líquido y nadie tenía agua, así que echamos cerveza», ríe Cengiz, al recordar el absurdo. «Hizo un agujero muy profundo pero estrecho, muy angustiante. Abrimos una cueva, era una especie de cámara, había dos cuartos más», continúa. En esta ocasión tampoco encontraron nada, aunque asegura que quizás no explotaron «el lugar correcto». Ese día contaban con una máquina que mostraba una recreación en 3D de lo que había en el subsuelo, pero pese a las nuevas tecnologías, la mayoría de expediciones terminan en fracaso. «Es una afición más, pero se ha popularizado mucho con la crisis económica», dice Cengiz, que admite que no conoce a nadie que se haya enriquecido cazando tesoros, «pero porque los que se hacen ricos no lo cuentan».
El circuito ilegal cuenta con una cadena de intermediarios, para tasar los objetos encontrados, venderlos a coleccionistas privados o al extranjero. «El problema es que muchas veces no se puede tasar o certificar que es muy antiguo. Un amigo encontró un cinturón de oro que supuestamente era de un turcomano, pero de momento sigue con él, porque le da miedo venderlo barato y que de repente tenga mucho valor», describe Cengiz.
El joven músico cuenta que los buscadores siempre tienen que actuar con vecinos del lugar, porque si se extiende el rumor de que has encontrado algo de valor, los lugareños te pueden extorsionar fácilmente. «Una vez fuimos a buscar un tesoro con la gendarmería. Les pagamos para que protegieran la zona a cambio de evitar que viniera la policía», confiesa.
Este pacto tácito mantiene viva una economía sumergida que genera millones de euros al año y deja fuera del acceso público patrimonio cultural de un valor incalculable. Según las autoridades turcas, cada año se consigue impedir que un millón de objetos arqueológicos sean sacados de contrabando del país, la mayoría de éstos monedas. Sin embargo, se desconoce el valor total que genera el tráfico de objetos encontrados por cazatesoros.
«Las monedas no tienen un gran valor. Todos los buscadores tienen monedas en casa. A menos que encuentres muchas o que todas sean de oro y las puedas fundir, no se pueden vender, no valen nada», dice Cengiz. El joven señala que su sueño es encontrar algún día una estatua antigua «de gran valor». Es una búsqueda sin fin que alimenta la destrucción de patrimonio cultural, alimentado por decenas de mitos y pesadillas que tienen como escenario estas tierras.