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La trampa de Austria que diseña el maestro de Klopp y Flick para España: presión asfixiante y ocho segundos para marcar

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«Creo que ni de lejos he vivido nunca algo así en un partido de fútbol». Ralf Rangnick (Backnang, 1958) pasó en los tres últimos minutos del tiempo añadido ante Argelia de pensar en cómo tendría que asfixiar a España cuando se cruzaran en Los Ángeles a verse fuera del Mundial con el gol de Mahrez para volver a respirar aliviado con el empate de Kalajdzic que pone a Austria frente al equipo de Luis de la Fuente. «Normalmente, con el 2-3 el partido está acabado y estás muerto. Si Hitchcock alguna vez hubiera escrito un drama como este, probablemente lo habrían tomado por un completo loco», resumió el técnico alemán. Toda la doctrina de fútbol por la que se le considera padrino de toda la saga reciente de entrenadores germanos que copan los banquillos en este Mundial, de Tuchel a Jesse March pasando por Nagelsmann, quedó validada en tres minutos de locura: en ocho segundos se puede recuperar el balón y, antes de diez, marcar un gol.

Austria, pese a la derrota ante Argentina y el susto que le dieron los argelinos, es un equipo incómodo con un patrón muy definido que Rangnick creó en 1998 para revolucionar el fútbol alemán y que acabó exportando a las principales ligas.

El arrollador Liverpool de Klopp, el Leipzig de Nagelsmann y hasta el Barça de Hansi Flick viven de esa filosofía que, como si fuera un profesor dando una clase, Rangnick explicó en una televisión alemana a finales de los noventa y que bautizó como gegenpressing o contrapresión. Sus principios son tres: presión alta al rival, con la línea adelantada; más presión tras pérdida para recuperar en segundos y coger al contrario desordenado; y evitar pases horizontales o hacia atrás, incluso con el portero. Con esto pretendía favorecer un juego «rápido, ofensivo y de contraataque». Si tienen dudas, piensen en la semifinal de Champions PSG-Bayern (5-4) porque es la sublimación de esta locura.

Esta idea aterrizó en una Bundesliga donde se jugaba con libre desde que apareció Beckenbauer y la defensa era al hombre. Nadie lo cuestionaba porque, de esta forma, Alemania había ganado tres Mundiales y dos Eurocopas. Fue el marcaje en zona del Milan de Sacchi y cómo se extendió lo que le abrió los ojos en sus comienzos como entrenador. «Decían que el marcaje individual era mejor porque los defensores no tenían que pensar demasiado, pero si lo hacían los italianos o los españoles, pensaba que los alemanes no eran menos inteligentes», explicó el seleccionador austriaco en muchas entrevistas a lo largo de casi tres décadas. Thomas Tuchel dijo de él años después que les había enseñado «que no era necesario seguir a los jugadores hasta el baño con un marcaje individual».

Todo se entendió mejor cuando Rangnick lo empezó a aplicar con éxito. Primero en el Hoffenheim, un equipo de regional que llevó a la Bundesliga e incluso lo hizo campeón de invierno en la temporada 2008/09. Sus entrenamientos estaban presididos por un reloj gigantesco que marcaba una cuenta atrás de ocho segundos. «La mayor oportunidad de marcar un gol llega diez segundos después de haber recuperado el balón. El reloj en los entrenamientos servía para meter presión a los jugadores», defendía el alemán. Si sus jugadores tardaban más de ocho segundos en recuperar e iniciar jugada, el entrenamiento se paraba. Era estresante, pero efectivo.

Fue la derrota que le endosó el Hoffenheim 4-1 al Borussia Dortmund la que abrió los ojos a un recién llegado Jürgen Klopp. «Fácilmente podrían haber sido seis o siete, porque presionamos continuamente durante todo el partido. La semana siguiente, Jürgen dijo que ese es exactamente el estilo de fútbol que quiere practicar en el futuro», reconocía el seleccionador austriaco en una entrevista a ESPN. El modelo lo sublimaría Klopp durante su etapa como entrenador del Liverpool.

Entrenador y reclutador

Rangnick siguió después su camino en el Schalke, donde ya avanzó en su segunda faceta más importante: reclutador. En Gelsenkirchen le abrió las puertas a Raúl González Blanco tras su salida del Real Madrid y ambos llevaron al equipo a las semifinales de Champions de 2011 y ganaron la Copa de Alemania. Sin embargo, no dudó en reconocer un año después que a la leyenda madridista le faltaba «chispa».

Para ahondar en el modelo, necesitaba construir las plantillas y el proyecto del grupo Red Bull, con el Salzburgo y, sobre todo, el Leipzig como estandartes, se lo permitía. Timo Werner, Naby Keita, Kimmich, SadioMané, Sabitzer, Upamecano o Dani Olmo son algunos de los futbolistas en los que puso el ojo el alemán para convertir a ese equipo en referencial, estuviera él en el banquillo o en los despachos. Para el Hoffenheim ya había descubierto a Firmino y a Salzburgo mandó a un gigantón noruego: Erling Haaland. Su estrategia de club funcionaba y en los banquillos se extendía su idea: de los 18 clubes de la Bundesliga, siete estaban entrenados por sus discípulos.

Sin embargo, en la temporada 21/22 tuvo una vuelta a los banquillos que no funcionó. El Manchester United le llamó como técnico interino tras la destitución de Solskjaer y se topó con un muro: Cristiano Ronaldo. El portugués, con 36 años, no fue el único que no se adaptó al estilo asfixiante del alemán, pero sí el que alzó la voz. «Cristiano marcó bastantes goles... pero no es un 'pressing monster' (monstruo de la presión)», había dicho el técnico. «Si ni siquiera eres entrenador, ¿cómo vas a ser el entrenador del Manchester United? Nunca había oído hablar de él», se desquitó el portugués.

El fracaso en la Premier, y la imposibilidad de implantar sus ideas, le hicieron refugiarse en 2022 en la selección austriaca y seguir como consejero. De hecho, una conversación suya con Laporta impulsó el fichaje de Hansi Flick. «Me preguntó por entrenadores alemanes y le di algunos nombres, entre ellos el de Flick», admitió en una entrevista al diario Sport el pasado año. La razón no estaba solo en su estilo de juego, sino también en su apuesta por los jóvenes talentos: «Hay que apostar por ellos y dejarlos crecer».

En Austria le está costando encontrar el camino del futuro, pero mantiene esa idea fija de presión asfixiante y activación a la que se suman con fe ciega veteranos como Alaba, Sabitzer o Arnautovic y que será un gran reto para España.