"La vieja relación ha muerto": las claves del pulso histórico entre Carney y Trump que dinamita el tablero norteamericano
Durante décadas, la de Estados Unidos y Canadá ha sido la frontera más pacífica, integrada y predecible del comercio global. Dos vecinos más que bien avenidos. Ahora, ha saltado por los aires. La culpa es de la enésima ofensiva proteccionista del presidente norteamericano, Donald Trump, que ha chocado frontalmente contra un muro imprevisto en Ottawa: Mark Carney. El primer ministro canadiense, un exbanquero central, no sólo ha dicho "basta" a las exigencias de Washington, sino que ha asumido la ruptura como un cambio de era definitivo.
En El HuffPost te explicamos las claves indispensables para entender cómo y por qué Canadá ha decidido plantarle cara al magnate republicano en una guerra comercial de consecuencias imprevisibles.
El detonante: aranceles y acusaciones
La mecha prendió tras el colapso definitivo de las negociaciones de última hora. La Administración Trump impuso aranceles del 50% sobre bienes canadienses por valor de unos 20.000 millones de dólares, castigando principalmente al sector manufacturero. Trump, a través de sus redes y de declaraciones oficiales, justificó el hachazo acusando a Canadá de imponer "enormes aranceles" a los agricultores estadounidenses y de mantener una "continua discriminación" comercial.
Su responsable de comercio, Jamieson Greer, culpó directamente a Ottawa de dinamitar el pacto. La respuesta de Trump fue tajante: "¡Se acabó!".
Represalia "dólar por dólar"
Lejos de ceder a la presión, Carney compareció para anunciar que Canadá respondería "dólar por dólar" a partir del 8 de septiembre. Aranceles recíprocos, se llama. Si me das, te doy. Sin más. La batería de contramedidas canadienses apuntará con precisión quirúrgica a sectores clave de EEUU: acero, lácteos, electrodomésticos, maquinaria agrícola, pulpa y papel, y productos electrónicos.
Asumiendo el coste político y económico, el liberal Carney reconoció con crudeza que estas medidas "aumentarán los costes y reducirán las opciones para los canadienses", pero garantizó paquetes de ayudas públicas inmediatas para las empresas y trabajadores más expuestos.
La doctrina Carney: "Una ruptura, no una transición"
Para Carney, el conflicto no es un bache temporal de la era Trump, sino el síntoma de un cambio estructural. Retomando la tesis que expuso en el Foro de Davos ("el mundo vive una ruptura, no una transición"), el mandatario canadiense denunció que Washington utiliza "la integración económica como un arma" y sentenció con una frase lapidaria que la firma de Estados Unidos en los tratados internacionales "ahora está escrita a lápiz".
Carney avisó de que aceptar las condiciones de Washington habría significado claudicar en soberanía nacional y dejar a merced del Despacho Oval la capacidad de Ottawa para firmar acuerdos con terceros países. Y lanza un mensaje a otras naciones contra la "coerción económica" creciente.
Insólito frente común en Canadá
La firmeza de Carney ha provocado un cierre de filas casi unánime dentro de su país. Todos a una. La oposición conservadora, también. Pierre Poilievre, el líder opositor y azote habitual del primer ministro, ha dejado a un lado las diferencias para respaldar la salida de la mesa de negociación, asegurando que Canadá no podía firmar "un mal acuerdo" y llamando a la unidad.
Lo mismo ocurre con los siempre descontentos sindicatos y patronal: Unifor, el mayor sindicato del sector privado y clave en el sector automotriz, aplaudió que los negociadores se levantaran de la mesa y reclamó castigos duros a EEUU, por ejemplo.
La excepción es la primera ministra de Alberta (una de las provincias más ricas, influyentes y de mayor crecimiento económico), Danielle Smith, que apoyó no ceder en el texto comercial, pero cuestionó la conveniencia de la escalada arancelaria de represalia.
El as bajo la manga
Aunque el peso comercial estadounidense es abrumador, Carney se ha encargado de recordar que la vulnerabilidad no es unidireccional. Canadá suministra actualmente a su vecino del sur el 99% de sus importaciones de gas natural, el 85% de sus importaciones de electricidad y el 60% de sus importaciones de petróleo crudo. Todo suma para que tenga una carta energética que coloca a Ottawa en una posición de resistencia mucho más sólida que en crisis pasadas. Pocos países pueden ponerse en jarras ante Trump con esa solidez.
Convencido de que "las cosas nunca volverán a ser iguales", el Ejecutivo canadiense ha acelerado, de paso, su propia estrategia de desacople del mercado estadounidense. Carney se ha fijado como meta atraer 1 billón de dólares canadienses (unos 730.000 millones de USD) en inversiones para 2030, buscando duplicar la inversión extranjera no procedente de EEUU en la próxima década. Para blindarse ante la coerción de las superpotencias, Ottawa ya ha rubricado más de 20 acuerdos comerciales y de seguridad en los cinco continentes en el último año.
Lo que queda claro es que el pulso entre Washington y Ottawa certifica el final de la era de la ingenuidad comercial, si no nos habíamos enterado tras el retorno de Donald Trump al Despacho Oval. Ante las constantes provocaciones del republicano -que llegó a sugerir la anexión de Canadá como el "estado número 51", generando una enorme ola de indignación-, Carney ha optado por trazar una línea roja en el comercio.
La batalla arancelaria apenas comienza, pero el mensaje del norte ya ha quedado grabado: la soberanía no se negocia al dictado de la Casa Blanca.