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Lubina al sésamo, 'bros' de la IA y ni una solución para Taiwán: las claves de la cumbre Xi-Trump en EEUU

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Washington se vistió anoche de gala, pero el brilli-brilli no evitaba que el aire se cortara con un cuchillo. La visita de Estado del presidente chino, Xi Jinping, a la capital estadounidense, que ayer incluyó una reunión y una cena con su homólogo de Estados Unidos, Donald Trump, ha sido todo lo que esperábamos de la geopolítica actual: un espectáculo mediático de primer nivel, un choque de egos titánico y, sobre todo, una cruda exhibición de cómo el orden mundial está cambiando. Ahora, ya.

Si nos guiamos por las imágenes oficiales y los tuits celebratorios, podríamos pensar que estamos ante el inicio de una nueva era de cooperación, o al menos, ante un "acuerdo histórico", en letras doradas o de neón. Sin embargo, cuando rascamos la superficie de la pompa y las alfombras rojas, la realidad que emerge es más compleja y preocupante.

¿Qué pasó a puerta cerrada? ¿Quién salió ganando en este pulso de superpotencias? En El HuffPost te desgranamos las verdaderas claves de unas horas que han dejado al descubierto tanto las ambiciones de Pekín como los límites del poder en Washington.

El Espejismo de la "Gran Victoria Comercial"

Trump ama los superlativos y los "tratos". Le encanta venderse como un pacificador. Esta vez, el objetivo número uno de la Casa Blanca para esta cumbre no era resolver los profundos dilemas con China, sino algo más pragmático e inmediato: conseguir una victoria comercial palpable que el republicano pudiera vender a su base electoral y a los nerviosos mercados financieros.

El contexto lo es todo: tras años de una guerra comercial intermitente, aranceles cruzados y una retórica de "desacoplamiento" que ha mareado a las cadenas de suministro globales, la economía estadounidense presiona por estabilidad. Trump necesitaba a Xi para anunciar compras masivas de productos agrícolas estadounidenses o concesiones en tasas que aliviaran la presión sobre los agricultores del Medio Oeste y los fabricantes locales.

Pero China no es la misma de 2018, del primer mandato trumpista. Xi llegó con la lección aprendida y una estrategia de negociación blindada. Las delegaciones chinas saben que el hambre de Trump por un "titular ganador" es su mayor vulnerabilidad en la mesa de negociaciones. ¿El resultado? Acuerdos de mínimos empaquetados con lazos grandilocuentes.

Por ejemplo, se anunciaron intenciones de compra y la creación de "grupos de trabajo conjuntos" (el eufemismo diplomático por excelencia para patear el balón hacia adelante). Pero en términos de reformas estructurales a la economía china, protección real de la propiedad intelectual o cese de los subsidios estatales masivos de Pekín, el avance fue prácticamente nulo. 

Trump consiguió su foto y su titular de "victoria comercial", pero los expertos económicos ya están advirtiendo que los detalles del acuerdo son peligrosamente ambiguos, como reconoce AP. Es un parche temporal en una herida abierta.

Los límites del poder presidencial

Esa falta de concreción no sólo genera incertidumbre respecto a China. Como expone Reuters, es una tónica de Trump en toda esta semana de Asamblea General de la ONU, en Nueva York. A pesar de la imagen de líder fuerte que el norteamericano proyecta, la visita de Xi sirvió como una radiografía de las restricciones institucionales y globales a las que se enfrenta el inquilino del Despacho Oval. Y es que si en su primer mandato Trump gobernó bajo la premisa de que EEUU, por pura fuerza de gravedad económica, podía imponer su voluntad unilateralmente, ahora el mundo es un tablero de ajedrez mucho más intrincado.

Hay resistencia interna, para empezar. Mientras Trump sonreía junto a Xi en los jardines de la Casa Blanca, el Congreso estadounidense (incluso con aliados de su propio partido, el Republicano) preparaba legislaciones bipartidistas para endurecer los controles de exportación tecnológica a China. El mensaje del Capitolio era claro: el presidente puede hacer diplomacia de apretones de manos, pero la política de Estado a largo plazo hacia Pekín es de línea dura y el Congreso no va a permitir concesiones estratégicas a cambio de compras de soja.

Y está la realidad global: los aliados de Washington (desde Europa hasta el Indo-Pacífico) observaban con nerviosismo y lo de ayer no convence. Las promesas de Trump a Xi no pueden ignorar los compromisos de seguridad de acuerdos como el AUKUS, del Quad, ni las presiones de Japón, Corea del Sur y Filipinas, que lidian a diario con la asertividad militar china. Trump se dio cuenta de que no puede hacer pactos aislados con China sin desestabilizar la red de alianzas que, paradójicamente, mantiene la hegemonía estadounidense que él busca proteger. 

La presidencia del Despacho Oval tiene un inmenso poder, pero las cadenas de suministro globales, la separación de poderes y la geopolítica imponen muros que ni siquiera la retórica más contundente puede derribar. Ahí siguen, nada de eso se tumbó ayer. 

Cuatro claves prácticas

Vayamos a lo poco tangible del día. La cumbre dejó al menos cuatro lecciones fundamentales sobre el estado actual y futuro de la relación bilateral más importante del mundo. La primera tiene que ver con la guerra tecnológica, que es el verdadero campo de batalla bilateral. Olvida las lavadoras y el acero; el conflicto de esta década se libra en los microchips, la Inteligencia Artificial (IA), la computación cuántica y la transición energética.

Durante la reunión, quedó claro que ninguna de las partes está dispuesta a ceder un milímetro en la supremacía tecnológica. EEUU continuará intentando asfixiar el acceso de China a semiconductores de última generación, argumentando motivos de "seguridad nacional". Por su parte, Xi reafirmó su compromiso inquebrantable con la autosuficiencia tecnológica de China. La cumbre no detuvo la balcanización del internet y la tecnología; simplemente la confirmó.

Junto a ellos estaban los mascas de las tecnológicas, de Elon Musk a Jeff Bezos, pasando por Michael Dell, Mark Zuckerberg o Sam Altman. Todos allí, en la cena de gala, disfrutando de la lubina con una cobertura de sésamo y la berenjena asada.

El segundo gran pilar de esta cita fue el elefante en la habitación, Taiwán. La isla fue el tema que generó la mayor tensión a puerta cerrada, dice la CNN. Aunque en público ambos líderes mantuvieron las formas, repitiendo los mantras habituales sobre la "política de Una Sola China", la realidad es que el reloj sigue corriendo. Pekín dejó claro que cualquier intento norteamericano de armar a la isla o de apoyar movimientos independentistas cruzará una línea roja irrevocable. 

Trump, fiel a su estilo transaccional, parece ver a Taiwán como una moneda de cambio, pero el peso del aparato militar y de inteligencia estadounidense le obliga a mantener una postura de disuasión fuerte. No hubo avances, solo un frío reconocimiento mutuo de las líneas rojas del adversario.

El pequeño consenso llegó (y vamos por la tercera clave) con el fentanilo y los asuntos domésticos. Para Trump, era vital lograr algo contra el tráfico de precursores químicos. La crisis de los opioides es un tema electoral candente, a las puertas de las legislativas de mitad de mandato de noviembre, y poder decir que obligó a China a "cerrar el grifo" de los químicos mortales es un triunfo narrativo indispensable de cara a la opinión pública estadounidense. Xi, en un gesto de calculada buena voluntad, accedió a aumentar la cooperación policial en este frente. Para él, es una concesión de bajo coste estratégico que rinde altos dividendos en términos de relaciones públicas internacionales.

Llegamos al final, al clima, donde se esperaba más y hubo menos. A diferencia de administraciones anteriores como la del demócrata Joe Biden, donde la crisis climática era el puente que unía a ambas potencias, en esta cumbre el cambio climático brilló por su ausencia en la lista de prioridades principales. Con una agenda enfocada en la economía, los aranceles y la rivalidad pura y dura, los compromisos de reducción de emisiones fueron relegados a declaraciones conjuntas de cortesía, evidenciando un retroceso en la cooperación global justo cuando el planeta más lo necesita.

Teatro que renta

No podemos dejar de lado el aspecto teatral del evento. La designación oficial de "visita de Estado", con todo el protocolo, las cenas de gala y los honores militares que conlleva, no es un detalle menor. Para Xi Jinping, ser recibido con toda la parafernalia en Washington tiene un valor incalculable para su audiencia doméstica. Él sabe hacer lo propio cuando le conviene.

En medio de una economía china que enfrenta vientos en contra considerables (crisis inmobiliaria, desempleo juvenil, ralentización del crecimiento), las imágenes de Xi siendo tratado como un igual, o incluso marcando el ritmo, por el líder de la única otra superpotencia mundial, refuerzan su aura de líder indispensable dentro del Partido Comunista Chino (PCC). Pekín ha usado la cumbre para proyectar una imagen de estabilidad, responsabilidad y poder. Xi Jinping no vino a Washington a pedir disculpas ni a ceder ante la presión de los aranceles; fue a consolidar el estatus de China como "co-arquitecto del orden mundial del siglo XXI", como lo llama la BBC.

Trump también jugó sus cartas mediáticas, proyectando la imagen del duro negociador que defiende a los "olvidados" de América, forzando a los líderes mundiales a venir a su territorio a rendir cuentas. Ambos líderes consiguieron exactamente lo que querían de las cámaras de televisión. La pregunta es qué consiguieron para sus respectivos países una vez que los flashes se apagaron.

¿Ganó alguien?

Si algo nos ha dejado claro esta cumbre es que la relación entre Estados Unidos y China ha entrado en una fase de "gestión de la rivalidad". Ya no se trata de buscar la integración total que soñaban los globalistas a principios de siglo, ni de ir a una confrontación armada que nadie desea. Se trata de un pulso constante, agotador y de alto riesgo. Esta vez digamos que hubo empate técnico. 

Trump consiguió su titular de "victoria comercial" y su momento de gloria televisiva. Xi Jinping consiguió el respeto diplomático, demostró resiliencia frente a la presión estadounidense y consolidó su imagen de fortaleza. Sin embargo, bajo la superficie, las fallas tectónicas siguen activas.

Las diferencias sobre Taiwán, la carrera armamentística tecnológica, los derechos humanos y la visión opuesta sobre cómo debe gobernarse el mundo, no se han resuelto en los salones de la Casa Blanca. Han sido temporalmente barridas bajo la alfombra mullida.

La cumbre ha terminado, pero la verdadera batalla por la hegemonía global no ha hecho más que (re)comenzar.