Merlier repite victoria en el sprint lleno de trampas de Bergerac, donde Indurain fue tirano en 1994
Pocos lugares como Bergerac, en el corazón de la preciosa Dordoña, tan unidos al mito de Miguel Indurain. Aquí, hace 32 años, engrandeció su figura con una de sus mejores exhibiciones caminó de su cuarto Tour de Francia. Una contrarreloj en la que fulminó a Tony Rominger y al resto. [Narración y clasificaciones]
64 kilómetros volando por encima de 50 por hora. Cuenta la leyenda que esa mañana partió de su hotel para reconocer el recorrido desde Perigueux (la misma salida que este sábado) y que, a la mitad, se fue a dormir una siesta previa. Que montó un desarrollo de 55-12 que sus rivales trataron de imitar sin éxito. Que dobló a Lance Armstrong. Y que fue tal el golpe a la carrera, aún en la novena etapa, que ya nadie se acordó de cómo ese mismo año había perdido el Giro ante Berzin.
En tierra de Indurain y de cronos -la de 1961 la ganó Anquetil y la de 2014 Tony Martin-, fue esta vez ocasión, de nuevo, para los sprinters. Dos extrañas jornadas de calma en el Tour tras la sacudida, breve y mortal de Pogacar, de los Pirineos. Repitió Tim Merlier, un acelerón brutal, una remontada extraordinaria, un velocista tocado por la varita mágica. Arruinó, otra vez, todo el trabajo del Alpecin para Philipsen y Girmay fue, de nuevo, segundo.
A diferencia de la etapa previa de Burdeos, el final en Bergerac fue 'ratonero'. Llegó de trampas y curvas hasta la recta final, unos 500 metros. Puro vértigo y ningún susto. En la escapada del día, condenada al fracaso, de nuevo estuvo presente el Caja Rural con Otruba, acompañado del belga Liam Slock -el que más resistió, su brava aventura murió a falta de kilómetro y medio- y del francés Thibault Guernalec.
Es la quinta victoria del belga Merlier en las tres últimas ediciones del Tour. De nuevo en recuerdo a su padre, enfermo. Mads Pedersen conserva el maillot verde de la regularidad.