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Netanyahu se salta a la piola a Trump: ¿hay cisma o el interés común todo lo puede?

Netanyahu se salta a la piola a Trump: ¿hay cisma o el interés común todo lo puede?

Es una dinámica habitual: el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, primero corteja a sus homólogos de Estados Unidos, luego los convence y, al fin, los saca de quicio. Es un experto y suele funcionarle, porque las relaciones profundas y los intereses comunes entre los dos países salvan la amistad de cualquier contratiempo (y quien dice contratiempo dice, también, violación del derecho internacional, por ejemplo). 

Ahora, sin embargo, surge la pregunta de si habrá llegado a una crisis total con el actual inquilino de la Casa Blanca, Donald Trump, con quien se precia de tener una relación "especial", en quien había encontrado la horma de su zapato, a quien había convencido, al fin, de romper moldes y cruzar líneas rojas antes intocables, léase Irán. Y es que las palabras gruesas que ha proferido el republicano en su contra y el propio comportamiento del premier, contrario a las órdenes recibidas desde Washington, llevan a la duda. 

Lo que creen los analistas es que es un bache, feo pero superable, sencillamente porque el norteamericano pone sus intereses por delante de alianzas y camaraderías y tiene la urgencia de acabar cuanto antes su guerra con Irán. Netanyahu está en la situación contraria, porque no ha logrado sus objetivos y tiene elecciones en las que debe vender logros.  

Te lo prohíbo... pero lo haces

El choque Netanyahu-Trump tiene que ver con el empeño del norteamericano en acabar ya la guerra iniciada conjuntamente contra Irán el 28 de febrero y la resistencia del israelí a ello. Ya el pasado 17 de abril, el magnate escribió en su red social, Social Truth: "Israel no volverá a bombardear Líbano. Estados Unidos les PROHÍBE hacerlo. ¡Ya basta!". De esta forma, accedía a una de las exigencias de Teherán para llegar a una solución negociada al conflicto: que también incluyera la paz en Líbano. 

A los dos días de matar al líder supremo de Irán, Ali Jamenei, el partido-milicia chií libanes de Hezbolá, aliado de Teherán, empezó a lanzar proyectiles al norte de Israel como represalia por el daño a su patrocinador. Desde entonces, Tel Aviv ha mantenido en Líbano una ofensiva severa, que ha dejado más de 3.600 muertos y más de 11.000 heridos y ha provocado el éxodo de 1,1 millones de civiles. 

De inicio, en los contactos que Irán y EEUU estaban teniendo con la mediación de Pakistán, ese frente quedó al margen, pero la presión de la República Islámica lo puso en el documento y eso obligó a Trump a pedirle a Netanyahu que parase. El pasado abril se firmó un alto el fuego entre las partes, sistemáticamente violado por todos y rehecho tres veces. Washington forzó a Tel Aviv a, al menos, no bombardear Beirut, la capital, en cuyos suburbios dice Israel que está escondido parte del aparato de Hezbolá. 

Sin embargo, este domingo, Israel atacó la capital sin previo aviso pese al armisticio y pese a la solicitud de EEUU. Netanyahu se saltaba a la piola a Trump y era la segunda vez, porque no escuchó la orden de abril. Ahora la novedad es que Irán, cansado, decidió anoche que iba a responder a su archienemigo y lanzó al menos tres andanadas de misiles contra el norte y el centro de Israel, sin daños personales hasta ahora. Por supuesto, Tel Aviv ha replicado. Y, de paso, los hutíes de Yemen, también aliados de Teherán, se han sumado con proyectiles y cortes en el mar Rojo. El peor pico de violencia desde que comenzaron las negociaciones de paz. 

Estos son los hechos, pero también están las palabras. En las dos últimas semanas, el digital Axios ha avanzado sendas conversaciones nada diplomáticas entre Netanyahu y Trump sobre el curso de la guerra. En la primera, a gritos, el líder del Likud quedó "ardiendo de rabia", tras un intercambio "difícil". La segunda fue aún peor: "¡¿Qué diablos estás haciendo?! (...) Estás jodidamente loco. Estarías en la cárcel si no fuera por mí. Te estoy salvando el culo. Ahora todos te odian. Todos odian a Israel por esto", le dijo el republicano a su interlocutor. 

Le reprochaba que siguiera con los ataques cuando eso estaba embarrando o incluso poniendo realmente en peligro sus avances con Teherán, esos que lleva anunciando, por cierto, desde hace semanas, y nunca cuajan. 

El mismo portal de noticias, especializado en inteligencia, publicó ayer por la tarde unas declaraciones de Trump, tras conocer que se había atacado Beirut y que Irán estaba respondiendo. Decía: "Voy a llamar a Bibi (Netanyahu) ahora mismo y decirle que no contraataque. Cada uno de ellos tuvo su diversión. Israel tuvo su bombardeo e Irán tuvo su bombardeo. No necesitamos otro". Es lo que le declaró por teléfono al reportero Barak Ravid, un enorme conocedor de los dos Gobiernos y con fuentes inmejorables en la diplomacia de ambos. "Lo que le sugeriría a Irán: Ya disparaste tus misiles, es suficiente. Vuelve a la mesa y haz un trato", abundó el presidente en Fox News, poco después. 

Varias fuentes de la Casa Blanca han informado a medios como los citados, más la CNN o el New York Times, de que Israel en ningún momento les avisó de que iba a atacar Beirut y que, por tanto, no hubo luz verde por parte de Trump. También añaden que la conversación con Netanyahu anunciada en Axios se ha producido y que el tono ha sido más "tranquilo" que en días previos. 

Dos visiones diferentes, dos necesidades diferentes

Trump confirmó que los gritos y los insultos eran ciertos. La oficina de Netanyahu trató de quitarle hierro, pero no lo negó categóricamente. El choque se produjo, el choque fue. Y es que los dos mandatarios tienen visiones contrapuestas del conflicto y necesidades que esta vez no casan en el mismo calendario. 

Trump quiere ganar tiempo y no irritar a los iraníes, porque ve realmente cerca un acuerdo con ellos, tras el intercambio de diversos borradores. Incluso anunció la semana pasada que había firma en el fin de semana, lejos de lo ocurrido en la realidad. Es un momento crucial y lo que pide es acabar con el choque. En declaraciones al Financial Times, ha sido categórico: dice que Netanyahu "no tendrá más remedio" que aceptar cualquier acuerdo que EEUU consiga en las negociaciones con Irán. "Yo soy quien manda. Yo mando todo. Él no manda", recalcó. 

Hay que recordar que Israel no participa en las negociaciones de paz, primero porque no quería iniciarlas y, más tarde, porque EEUU lo ha dejado al margen. Mastique y trague, trague y mastique.

Trump insiste en declaraciones al New York Post en que Bibi le "cae bien" y que "trabaja bien" con él. Netanyahu, en la CNBC, avala ese relato. Afirma que pueden tener "desencuentros tácticos" pero que se resuelven, "como ocurre en las mejores familias". "Siempre se encuentra la manera", tranquiliza. Aún así, asume que es una "incógnita" saber si se pondrán 100% de acuerdo en cómo es mejor acabar esta guerra. 

Hasta ahora, Washington y Teherán han ido coordinando sus acciones. Ya lo hicieron hace un año, cuando lanzaron la Guerra de los 12 Días, primero con disparos de Israel y, luego, de EEUU, que sí tiene munición para llegar a los profundos silos del programa atómico iraní. Dicen los dos dirigentes que hablan casi a diario y hay sintonía entre ellos, pero parece que los intereses en esta guerra los están empezando a separar. Si estamos en el momento definitivo del cisma, está por ver. Como dice el conocido analista israelí Amit Segal, estamos ante dos dirigentes que "posiblemente no conozcan ni lo que significa el término amistad", pero que basan su relación en "alianzas e intereses, en similitudes políticas", que hasta ahora ha habido. Ahora hay divergencias, por más que Netanyahu, insiste, "no vaya a encontrar a otro presidente de EEUU tan perfecto para sus intereses". 

¿Por qué no ven las cosas igual? Porque a uno políticamente le conviene la paz y al otro, la guerra. Empecemos por Netanyahu. Sus objetivos militares son distintos a los de Trump: él sí buscaba el fin de los ayatolás, por las armas o con un derrocamiento interno (no, no se ha dado el levantamiento popular augurado), la anulación total del programa nuclear, la destrucción completa del uranio enriquecido, el fin de la fabricación de misiles de alcance medio y largo y la anulación de las ayudas de Irán al Eje de Resistencia, sus proxies, los grupos que de Irak a Palestina tienen a Israel en la diana. 

Todo eso está por hacer. Hay nuevo líder supremo, Mojtaba Jamenei, en un régimen aún más radical, por herido y enfadado. Nadie sabe el daño real al programa atómico, como no se supo en la guerra de hace un año, e Irán puede rehacerse sobre esas cenizas. El poderío geográfico demostrado con el cierre de Ormuz es formidable. El sistema resiste, como los proyectiles y las centrifugadoras. Debilitado, pero en pie y negociando con EEUU. 

Y lo mismo le pasa en Líbano, desde donde Hezbolá sigue poniendo en peligro a los civiles de norte, con el miedo añadido que siempre expresa su Ejército de que se produzca una entrada por tierra en busca de rehenes, a lo Hamás. La andanada famosa que vino con los buscas, en 2024, no ha acabado con la milicia, ni los golpes posteriores. Ahora Netanyahu quiere perpetuarse en el sur, con su invasión terrestre, sin ceder terreno, creando una zona de amortiguación que calme a su gente. Todo está por acabar.

Netanyahu no tiene tiempo, porque en octubre hay elecciones. No quiere llegar a la cita con las urnas sin victorias en Líbano e Irán, cuando ya arrastra el fracaso de Gaza, donde Hamás aún ni se ha desarmado, como marca la hoja de ruta dibujada por los negociadores de EEUU. Las críticas internas se multiplican contra el primer ministro, que sólo puede mostrar un norte fantasma, con poblaciones vacías por los ataques de Hezbolá, más los 15 entierros de personal de Defensa muertos en esa ofensiva, más las alarmas sonando en el centro y el norte por los nuevos proyectiles de Irán, más el cansancio de los soldados en Gaza o Cisjordania, los comercios tocados, los niños sin clase, la falta de explicaciones, porque ni siquiera ha creado una comisión de investigación sobre lo ocurrido el 7 de octubre de 2023, cuando Hamás cruzó desde la franja de Gaza, mató a 1.200 personas y se llevó a 251 más. 

Una encuesta realizada el mes pasado por el Instituto de la Democracia de Israel reveló que el 64% de los israelíes judíos considera que poner fin a la guerra con Irán en los términos actuales no es compatible con los intereses de seguridad de Israel. Tiene un coste, pero prefieren una salida definitiva. Uno de los líderes opositores en Israel, el efímero exprimer ministro Yair Lapid, dice que Israel "es un Estado vasallo por completo" de EEUU, que es quien dice cuándo disparar o cuando parar máquinas. Es una de las etiquetas que han cuajado en el país, junto a la idea de un Netanyahu que agacha la cabeza ante Trump, que es débil. Puede intentar venderlo como que estaba siendo obligado por Washington, que no es culpa suya, que es inteligente seguir al amigo americano. Las dos posturas tienen desgaste y consecuencias. 

El ministro de Seguridad Nacional, el ultra Itamar Ben Gvir, uno de los socios que dan la mayoría a Netanyahu, declaró que hay ocasiones en las que un líder israelí debe saber decir "no", incluso al presidente de EEUU, abriendo la puerta a un problema no sólo con los críticos, sino con sus propios coaligados, si no sigue con la mano dura en Líbano. 

¿Por eso ataca pese a que le han dicho que no lo haga? ¿Para demostrar autonomía y músculo, porque sabe que no habrá consecuencias? La duda es que no las ha habido hasta ahora pero Trump es un dirigente meramente transaccional, que busca su beneficio, su negocio, y si Netanyahu le obstaculiza mucho, quizá se le pondrá algo más serio. Y está en su peor momento de aislamiento internacional como para ponerse a las malas con quien siempre siempre le acaba respaldando. 

No sólo es importante el relato y la imagen que Netanyahu puede dar a sus electores: es que se juega su propia supervivencia política y, con ella, la libertad. En estos primeros comicios tras el 7-O, tan tremendamente sensibles, entra en liza también la investigación por presunta corrupción al mandatario. El juicio, basado en tres casos activos de corrupción y abuso de confianza -que incluyen el otorgamiento de favores a cambio de cobertura mediática positiva y la aceptación de regalos extravagantes de multimillonarios- se ha extendido por cinco años, entre los retrasos habituales de la justicia y los aplazamientos por seguridad nacional, por las sucesivas guerras. 

Si Netanyahu pierde, la protección de su cargo de primer ministro se esfuma y, vistos los procesos, no sería descartable una condena. Es lo último que quiere. En este punto, cuenta con el apoyo de Trump, quien hasta ha presionado al presidente israelí Isaac Herzog para que le dé el indulto. Es un "desagradecido" por no haberlo hecho aún, ha llegado a decir. 

"Bibi está luchando por su supervivencia política, pero también por su destino. La idea principal es evitar la cárcel. Ese es el objetivo primordial y sobrevivirá por cualquier medio necesario", escribe Amos Harel, analista de defensa del periódico israelí Haaretz. "El problema es que no se puede obligar a Trump a hacer lo que se necesita. Puede que sea la prioridad de Netanyahu, pero no necesariamente la de Trump. Así que si Trump le recordó a Netanyahu que es él quien lo está salvando de la cárcel, no es algo que podamos ignorar", ahonda, haciendo referencia a la llamada en la que lo tildó de "loco". 

El sondeo más reciente de intención de voto, publicado la semana pasada por Zman Yisrael, el bloque sionista anti-Netanyahu podría lograr hasta 62 escaños, lo que por primera vez supone un vuelco respecto a la alianza múltiple que el Likud del primer ministro podría cerrar con ultranacionalistas y religiosos (hay 120 asientos en la Knesset, el Parlamento nacional). Los partidos afines a Netanyahu se quedarían en 50 escaños, mientras que los dos partidos mayoritariamente árabes, Ra'am y Hadash-Ta'al, conseguirían los ocho escaños restantes.

Trump también tiene elecciones a la vista, las legislativas de mitad de mandato de noviembre, y precisamente por eso quiere lo contrario de Netanyahu: poner fin a una guerra en la que están muriendo sus soldados, por la que se le va chorros el presupuesto de Defensa y que está provocando una escalada general de precios. Justo lo contrario que prometió: no meterse en guerras en sitios "lejanos y que nadie conoce" y hacer que sea más sencillo para el norteamericano medio llegar a fin de mes. 

Los números son reveladores: si se miran las encuestas de los centros especializados y de la prensa, apenas entre el 25% y el 44% de los estadounidenses aprueba la acción militar en Irán, mientras que más de la mitad la desaprueba sistemáticamente. Son más los sondeos que bajan del 30% de apoyo a la llamada Operación Furia Épica. Casi siete de cada diez estadounidenses (68%) quieren que EEUU llegue a un acuerdo para poner fin al conflicto lo antes posible y un abrumador 74% se opone al envío de tropas terrestres estadounidenses a país, según encuestas de IPSOS y de la Universidad de Quinnipiac. 

Otra encuesta del Pew Research Center, publicada en abril, reveló que el 60% de los estadounidenses encuestados tiene ahora una visión negativa de Israel. Antes del inicio de la guerra de Gaza, en 2023, el 42% tenía una visión negativa. El genocidio ha cambiado muchas mentalidades. El recelo a Tel Aviv se multiplica porque incluso varias figuras conservadoras destacadas se han pronunciado públicamente en contra del supuesto rol de Israel a la hora de convencer a Trump de ir a la guerra contra Irán, algo que tanto la Casa Blanca como Netanyahu niegan. 

Se han filtrado reuniones de los dos líderes con personal de Inteligencia de Israel en las que el equipo del republicano no ha tenido nada que pintar y la lectura es esa: Netanyahu empujó a la guerra, porque tiene más que ganar y ha encontrado a un homólogo capaz de seguirle. Eso puede pasarle factura en noviembre, ante un Partido Demócrata que puede hacerse con una de las dos Cámaras, la de Representantes o la del Senado, cuando Trump no supera el 30% de popularidad y cuando las políticas proisraelíes se cuestionan como nunca: hasta la venta de armas se ha puesto en tela de juicio, por más que haya salido adelante. 

Lo que dicen los expertos

Los expertos tampoco tienen una bola de cristal para saber qué se le puede pasar por la cabeza al visceral Trump respecto de Netanyahu, con el que ya ha tenido encontronazos en el pasado. Sin embargo, coinciden en que no creen que acabe en un cisma. 

Nimrod Goren, presidente de Mitvim, un centro de estudios israelí, afirma que "las diferencias son ahora muy públicas", a diferencia del pasado, cuando solían gestionarse discretamente a puerta cerrada. Pero ya existían. Según Goren, Netanyahu estaba trabajando para satisfacer las demandas de Trump porque el primer ministro necesitará el apoyo del presidente a medida que se acerquen las elecciones, incluida una posible visita del líder estadounidense a Israel. Antes de la guerra con Irán, se esperaba que Trump visitara Israel en abril para recibir el Premio Israel, la máxima distinción civil del país. Su última visita fue en octubre.

Hay que ser prudentes, dice a Reuters, por la incomodidad que los israelíes pueden sentir al ver el grado de influencia que Trump parece tener en las decisiones militares israelíes, por más que en EEUU se hable de lo contrario, de la "influencia desproporcionada" de Bibi en la política exterior estadounidense.

"Netanyahu muere por seguir en el poder", señala, por su parte, Mairav Zonszein, del International Crisis Group, a la agencia AFP. "Trump intenta encontrar una vía de escape, y claramente tiene mucho poder de presión sobre Netanyahu", agregó. Pero mientras el norteamericano intenta acabar la guerra, Netanyahu quiere seguirla. "Esa es su principal divergencia", concluye. No es pequeña. 

Herb Keinon, el especialista diplomático del Jerusalem Post, insisten en que los desencuentros no son "inusuales" y que lo que a veces salta a los medios como una "ruptura inminente" vuelve a su "estado de equilibrio" con las horas, los días o las semanas. Afirma que la dinámica con Trump es conocida: expresa su "frustración" a veces con palabras malsonantes, la prensa lo interpreta como una ruptura y las aguas vuelven a su cauce. Pese a ello, sostiene que la "coordinación estratégica" entre Tel Aviv y Washington es hoy "más estrecha que nunca" y no ve señales de alarma. 

John Bolton, asesor de Seguridad Nacional durante la primera Administración Trump, afirmó al Times londinense que hay que entender, de paso, la postura de Teherán. "Irán percibe que esto es una prueba de voluntad y determinación. Creen tener más que Trump, y probablemente tengan razón, porque Trump quiere un acuerdo que abra el estrecho de Ormuz, permita la exportación de petróleo y gas a los mercados globales y reduzca el precio de la gasolina en Estados Unidos", declara. A la Casa Blanca, cree, le convendría darle a Netanyahu vía libre para atacar a Hezbolá. "Le diría a Bibi [Netanyahu]: 'Haz con Hezbolá lo que quieras'. Luego le diría a Irán: 'Les diré que se calmen si nos dan todo lo que queremos'. Pero ahora es Irán quien usa a Trump para presionar a Netanyahu", lamenta.

En la BBC, Brett Bruen, exdiplomático y presidente de la agencia de comunicación de crisis Global Situation Room, recuerda que "Netanyahu tiene un largo historial de actuar a su propio ritmo, independientemente de lo que haya escuchado desde Washington".  Trump "decidió lanzarse a la aventura junto a él y ahora está aprendiendo una lección realmente dura sobre lo que sucede cuando uno entra en guerra junto a un líder bastante volátil, cuya agenda no siempre coincide con las propias prioridades", añade. "Ahora, creo que ahora existe una necesidad política de marcar distancias entre Israel y Estados Unidos", señala Bruen. "Ya sea en Líbano o en Gaza, hay acciones que Netanyahu ha decidido emprender que resultan políticamente problemáticas, incluso para Trump o los republicanos", insiste. 

Roces con pasado

Aunque EEUU e Israel sean uña y carne, en el pasado también ha habido a veces choques entre sus dirigentes, que han pasado al final sin consecuencias. Siempre hay un veto en la ONU para ayudar a Israel, siempre hay unas sanciones bajo la manga para apretar a Irán, siempre hay una mirada hacia el otro lado si toca hablar de Palestina. 

Ha pasado con los dos protagonistas de hoy. En diciembre de 2021, el periodista Ravid publicó extractos de una entrevista con Trump realizada para un libro sobre los Acuerdos de Abraham. El entonces expresidente seguía furioso por la decisión de Netanyahu de felicitar a Joe Biden tras las elecciones de 2020. "La primera persona que lo felicitó fue Bibi Netanyahu", dijo Trump. "El hombre por quien más traté que por cualquier otra persona". "No he vuelto a hablar con él desde entonces. Que se joda", remató. 

Era el presidente que trasladó la embajada estadounidense a Jerusalén, reconoció la soberanía israelí sobre los Altos del Golán, se retiró del acuerdo nuclear con Irán en 2018 y negoció los Acuerdos de Abraham con países árabes y musulmanes. Si ahora insultaba a Netanyahu de esta manera, sin duda algo fundamental en la relación había cambiado.

Esa suposición se vio reforzada dos años después, cuando, apenas cinco días después del 7 de octubre, Trump, en plena campaña presidencial, volvió a sacar a colación el asesinato en 2020 del comandante de la Fuerza Quds iraní, Qasem Soleimani, y acusó a Netanyahu de haberse retractado de su participación en el último momento. "Israel iba a hacer esto con nosotros", dijo en un mitin de campaña. "La noche anterior a que sucediera, recibí una llamada informándome de que Israel no participaría en este ataque".

Luego añadió una dura crítica: "Nunca olvidaré que Bibi Netanyahu nos decepcionó. Nos decepcionó mucho. Pero hicimos el trabajo nosotros mismos, con absoluta precisión... y luego Bibi intentó atribuirse el mérito".

Cuando Trump regresó a la Casa Blanca, Netanyahu fue el primer líder extranjero al que invitó a Washington. Desde entonces, Netanyahu ha pasado más tiempo con Trump que con cualquier otro líder extranjero. Esa es, hasta hoy, la realidad. 

Los antecesores del neoyorquino también tuvieron sus más y sus menos con Tel Aviv. El propio Netanyahu protagonizó un sonado enfrentamiento con Bill Clinton a propósito de la implementación de los Acuerdos de Paz de Oslo de 1993 y mantuvo una relación aún más difícil con el presidente Barack Obama, particularmente tras un discurso ante el Congreso en marzo de 2015, centrado en la política hacia Irán, que fue programado sin el conocimiento de la Casa Blanca. Lo mismo que, en 2011, se produjo la primera defensa de Obama de un Estado palestino de pleno derecho. La relación de Netanyahu con Biden también pareció deteriorarse después de que acusara a EEUU de retener armas y municiones, unos comentarios que los funcionarios de la Casa Blanca calificaron de "irritantes" y "profundamente decepcionantes".

En términos generales, la relación entre los estados ha sido mayormente positiva y se siguen llamando entre ellos "mejores amigos". El cisma no es esperable. La agencia Reuters ha confirmado que Trump y Netanyahu han hablado por teléfono este lunes pero, por ahora, se desconocen las conclusiones de su conversación.

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