Cultura

Nick Cave: una conmoción mística para creer en el poder transformador de la música

Nick Cave: una conmoción mística para creer en el poder transformador de la música

Nick Cave ha agarrado todas las manos que ha podido, ha mirado a los ojos a todas las personas que ha encontrado en su campo visual, ha acercado el micrófono a todas las bocas de la primera fila y ha animado a cantar cada verso de cada una de las canciones de su concierto en el festival Mad Cool. Porque esto, en realidad, no ha sido un concierto. Ha sido una celebración colectiva, ha sido una comunión, una ceremonia, una experiencia mística. "Que dios os bendiga", dijo Cave al despedirse, tras dar las gracias un montón de veces.

Qué animal escénico, este Nick Cave que lleva más de 40 años explorando el potencial transformador de la música. Como hombre espiritual, tiene la certeza de que la música es un medio para conmover el alma y alcanzar un éxtasis religioso, y tiene la determinación de intentar lograrlo cada vez que canta en directo una canción, ya sea una balada melancólica, un medio tiempo sinuoso o una furiosa descarga de ruido.

Sus discos están muy bien en general; de hecho, algunos se encuentran entre las mejores grabaciones de rock de las últimas cuatro décadas y en conjunto forman uno de los cuerpos creativos más valiosos de su tiempo, pero es en los conciertos donde Nick Cave supera aún más sus virtudes y cualidades. Ahí es donde defiende con más énfasis su compromiso de crear algo auténtico, no una imitación o una simulación. Algo 'de verdad'.

Es un compositor soberbio: un devoto de la artesanía de las canciones que perfecciona con perseverancia cada resorte y cada parte de ellas, estudioso de la historia del rock, pero inquieto como el heterodoxo que siempre ha sido, y por lo tanto capaz de crear siempre algo nuevo y original. Pero ese dedicado currante de las canciones que puede pasar meses dando vueltas a una armonía, a un arreglo o al verso de una letra, buscando una expresión artística fuerte, profunda y hermosa, se supera aún más cuando llega el momento de la interpretación en directo, y convencido del poder de la espontaneidad, canta sus canciones con la pasión de intentar convertirlas en un momento irrepetible. En directo cambia sus prioridades: la música entonces deja de ser un acto creativo (aunque los Bad Seeds tocan con un rigor y una destreza descomunales), para convertirse en una emoción compartida. En una celebración colectiva en la que intenta que cada persona presente salga fortalecida y más viva.

Como un predicador enardecido con los brazos moviéndose sin descanso como si estuviera lanzando cada palabra y cada frase, Nick Cave se ha movido sin parar por el frente del escenario, pegado a las manos de las hechizadas personas de las primeras filas. Cantando con potencia y decisión, interpretando teatral. El australiano cree que la música eleva el alma de quien la escucha. No lo cree: lo sabe. Sabe que el alma del oyente puede alcanzar un momento trascendental gracias a la música, y sabe que puede conseguirlo si no está solo, porque quien canta junto a otros se siente más fuerte y se siente mejor (de ahí el cuarteto góspel que le ha acompañado en la mayor parte del concierto). Esto es algo que ha demostrado la ciencia, así que incluso en un festival, que es como celebrar una misa en un centro comercial, incluso aquí en Mad Cool, el intenso, emotivo y ya casi septuagenario Nick Cave ha subido al escenario con la determinación de elevar el alma de 58.000 personas con canciones sobre el sufrimiento, el duelo, el amor, la belleza y, sobre todo, la alegría de estar aquí y ahora.

Así ha sido: una actuación fantástica, pero sobre todo una experiencia trascendental.

Esta nueva visita de Nick Cave junto a los prodigiosos Bad Seeds, todos de traje oscuro y camisa blanca, es una extensión de la gira de Wild God, que ya pasó por Madrid y Barcelona en 2024. El repertorio de esta noche ha sido similar al de entonces, con varias canciones de ese disco catártico (vale, todo ha sido siempre catarsis en Nick Cave), de 'Carnage' y del ambiental 'Ghosteen', temas inspirados en la muerte accidental de su hijo Arthur, tragedia ocurrida en 2015, cuando el chico tenía 15 años.

Junto a ellas, ha recuperado composiciones de los años 80 (Train Long-Suffering y las casi inevitables The Mercy Seat, From Her to Eternity y Tupelo), de los 90 (Red Right Hand, la versión de Henry Lee, Papa Won't Leave You, Henry', The Weeping Song) y ya de este siglo (Get Ready for Love, O Children, Jubilee Street), todas ellas recreadas con una textura extra: lo que fue siniestro y oscuro, ahora se manifiesta con un aspecto luminoso, con menos ruido y más teclados.

El concierto ha tenido varias explosiones de rock en llamas y trances de intensidad máxima que agarraba como un caballo salvaje y que mantenía arriba durante minutos y minutos, pero ha terminado con la balada Into My Arms, la más refinada y perfecta de sus composiciones. Qué forma más increíble de cerrar. Solo en la noche al piano de cola, Nick Cave ha animado a cantar a todo el público junto a él esta letra de amor rendido y su melodía, que parecía ascender por encima de las cabezas. A fin de cuentas, este no era un concierto, sino una comunión: una celebración del amor y de estar aquí y ahora.

Nick Cave ha sido el cabeza de cartel de la cuarta y última jornada de Mad Cool. El festival madrileño ha celebrado en 2026 su décimo aniversario con la mejor de sus ediciones: muchos buenos conciertos de varios estilos musicales, casi todas las 58.000 entradas diarias vendidas y sin incidencias de seguridad.

Pulp es siempre una fiesta

Pasar de Nick Cave a Pulp en el escenario principal del festival ha sido un contraste enorme: de la visión espiritual de la expresión artística a una mucho más mundana, de la intensidad a la ligereza, de la redención a la tragicomedia, del gran rock al gran pop: de una celebración a otra.

Ver a Pulp siempre es una fiesta, incluso ver a estos avejentados y entrañables Pulp. Aunque parezca increíble, el grupo de Jarvis Cocker (o, directamente, Jarvis Cocker y su grupo) solo había actuado anteriormente una vez en Madrid, en 1995. Desde entonces, sus fans han (hemos) peregrinado a Barcelona, su ciudad fetiche en España, también a Bilbao e incluso a Murcia, para volver a corear los estribillos arrebatados de sus mejores canciones, entregados a la nostalgia de su brillante repertorio de mediados de los 90, cuando Pulp fue la supernova del Britpop.

Ahora el grupo británico (muy británico) regresaba con su primer disco en 24 años, el inesperadamente estupendo More. Han tocado varias canciones de él, empezando por el single Spike Island y casi terminando con Got to Have Love. El resto de la actuación ha estado consagrada a la nostalgia. ¿Y por qué no? A fin de cuentas, ese barniz sepia le va fenomenal a sus canciones tragicómicas sobre los anhelos, las frustraciones y los deseos de la clase media. Himnos irónicos y chispeantes para el júbilo colectivo: Sorted for E's & Wizz y Disco 2000 en el arranque arrebatador, Do You Remember the First Time?, Babies, Mis-Shapes, la crepuscular y angulosa This Is Hardcore... Y, por supuesto, Common People, la felicidad hecha canción, en el gran final.


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