Estaban los "arqueros" y estaban los "ciervos". Los cazadores y los cazados. Los vivos y los muertos. Lejos del verde, compartían en los primeros años 90 del pasado siglo una jungla de asfalto en las calles agujereadas de Sarajevo (hoy Bosnia y Herzegovina), una ciudad sitiada en la que las piezas no podían escapar. Blancos fáciles, tiradores con premio.
Hasta ahora, teníamos entendido que aquel cerco de 1.425 días (tres años, 10 meses y tres días) había sido ejecutado por el Ejército de la República Srpska (el ejército serbobosnio, conocido como VRS) y las fuerzas del Ejército Popular Yugoslavo (JNA), apoyados políticamente y económicamente por el Gobierno de Slobodan Milošević en Serbia. Lo que no sabíamos es que a ellos se habían sumado otros tiradores, extranjeros con dinero y aficionados a la caza que fueron a la guerra europea a divertirse matando seres humanos.
Había apenas testimonios sueltos, comentarios de oídas, circulando desde hace años, pero han sido un documental y un libro los que han puesto en pie lo que se sabe de aquella barbaridad. La cinta se llama Sarajevo Safari, y es de Miran Zupanič (2022). El libro, recién traducido al español por Lara Cortés Fernández y editado por Península, es Safaris humanos: La investigación sobre el negocio de la muerte en Sarajevo, obra de Ezio Gavazzeni.
Con el periodista italiano hemos hablado en El HuffPost sobre unos acontecimientos enterrados durante 30 años y que ahora, gracias a estas frescas investigaciones, han llevado a cinco fiscalías europeas a investigar lo ocurrido. Quién organizaba los tours, cuál era la ruta, cómo entraban en Sarajevo, quién mató pagando entre 80.000 y 150.000 euros por cabeza, más caros los niños (más rápidos y escurridizos), luego las mujeres, los hombres y los ancianos, cuántas víctimas causaron.
Como relata el propio investigador, la semilla de su investigación se plantó hace décadas: "A mediados de los años 90, salieron dos artículos en prensa italiana, uno en el Corriere della Sera y otro en La Stampa. Me llamaron muchísimo la atención, sobre todo, porque decían que había occidentales muy ricos que pagaban cifras muy elevadas para poder divertirse disparando a civiles en Sarajevo. En todo Bosnia, en realidad, pero sobre todo en la capital".
Aquella noticia le "conmovió" y se le "quedó dentro", convirtiéndose en un tema recurrente en su círculo íntimo. Sin embargo, el detonante definitivo para ponerse a trabajar sobre ello llegó en 2023, al conocer el documental de Zupanič. A partir del contacto con el director esloveno, la red de testimonios comenzó a extenderse, uno le llevaba a otro. Si se le cerraron las puertas, otras se le abrieron, porque el autor italiano experimentó un fenómeno inesperado al hacerse pública su labor: "A partir de la noticia de mi trabajo en la prensa local bosnia, hubo personas que directamente me contactaron. Esto tuvo para mí un efecto muy positivo, porque fueron personas que decidieron autopresentarse". Un tesoro.
El perfil del cazador: éxito, dinero y pasión por las armas
¿Quién estaría dispuesto a pagar para empuñar un rifle de francotirador contra población desarmada? No eran psicópatas marginados, sino la élite de la sociedad occidental. Estremece leerlo y escuchárselo a Gavazzeni. "Las personas eran ricas, tenían capacidad económica, una capacidad más que solvente", explica el autor. "Estamos hablando de empresarios, de profesionales de éxito, también en algunas ocasiones personas que son reconocidas en su entorno, que están bien colocadas en la sociedad, que tienen éxito, diríamos que personal y profesional. Estas personas tenían un mínimo denominador común y es su pasión por las armas y la caza".
Muchos de esos hombres (porque por ahora sólo se habla de varones) ya conocían el terreno. Antes de la guerra, los Balcanes eran un destino cotizado para el turismo cinegético. Desde España, por ejemplo, salían aviones con decenas de aficionados listos para cazar. El periodista tiene verificado uno con más de cien personas. El salto de cazar animales a cazar personas se orquestó a través de una red oscura, liderada presuntamente desde Bélgica, donde se mezclaban contractors (o sea, mercenarios privados) y traficantes de armas.
"No estamos hablando de grandes organizaciones, estamos hablando de personas, muy probablemente relacionadas con los contractors, que están cercanas a las armas y aprovechándose de estos canales ya consolidados", detalla. "Estos personajes vieron que realmente aquí podía uno ganar bastante dinero y, además, bastante rápido", afina.
Uno de estos guías macabros, identificado en el libro como El Francés, fue contratado desde Reino Unido y enviado a Italia y luego a Hungría y a Bosnia para acompañar a los tiradores. Es el ejemplo ideal de la cadena, con ramificaciones en al menos cinco países. Según el propio testimonio de esta fuente, la impunidad era total: "El Francés declara que no tuvieron problemas con los servicios secretos presentes en Bosnia en ese momento. El acuerdo se formulaba sobre todo con los serbios", relata. Los organizadores cobraban a los asesinos de domingo y luego ellos se lo abonaban a los serbobosnios, "que son los que permitían que transitaran por el territorio".
La barrera del tiempo y la búsqueda de justicia
Probar crímenes cometidos hace 30 años es una tarea titánica. El autor es muy consciente de sus limitaciones frente a las herramientas de la justicia y cómo ha hecho que incluso se pongan en tela de juicio sus conclusiones: "Si queremos superar la barrera del tiempo, los únicos que pueden hacerlo son los jueces, son las fiscalías. Es muy complicado, al menos para mí, encontrar pruebas a posteriori, pasado tanto tiempo, sobre todo sin escuchas telefónicas, sin micrófonos y sin registros", asume.
Por ello, en enero de 2025, llevó sus hallazgos a la Fiscalía de Milán (Italia), interponiendo una denuncia que activó las pesquisas oficiales. Hoy, las fiscalías de Sarajevo, Viena, Berna y Bruselas, además de la milanesa, están investigando los hechos. De hecho, Gavazzeni atiende a este medio recién llegado de la capital belga, donde estuvo declarando durante ocho horas sobre lo investigado. "Está investigando muchísimo", aplaude.
A su entender, esa es la mejor prueba de que la historia de los sarafis humanos tiene solidez y fundamento. Es verdad que cuenta sólo con testimonios, es verdad que no hay prueba escrita, que no se han encontrado esos casquillos que, dicen algunas fuentes, los cazadores guardaban como un trofeo a la vuelta a sus tranquilas y lujosas casas occidentales. Pero los fiscales están viendo motivo, dice.
"Yo estoy convencido [de que los hay] porque, una vez publicado el libro, seguí investigando y sigo encontrando testimonios y testigos cada vez más sólidos. Acepto la crítica, totalmente. Está claro que hay detractores, pero con los que me he cruzado, al menos hasta ahora, utilizan siempre argumentos bastante débiles. Por ejemplo, yo cuento que los servicios secretos italianos estaban ya dentro del caso de este tráfico de cazadores, llamémoslo así. Hay quien me dice que no, que llegaron a Bosnia en el 94 y no antes, pero recientemente recogí prueba auténticas que demuestran que los servicios secretos italianos estaban en Bosnia desde el 92. Otro detractor me decía que las fuentes no eran sólidas porque eran anónimas, porque en en libro utilizo siglas y apodos. Es evidente que yo, ante la Fiscalía, puse por escrito los nombres y los apellidos de todos ellos, pero claro, en el libro yo tengo que proteger a mis fuentes, la investigación y a mí mismo de denuncias o querellas", explica con calma, aunque ligeramente cansado de los reproches.
"Si yo ya de entrada no hubiera creído que tenía pruebas irrefutables, no habría ido a la Fiscalía, con lo cual puedo decir que estamos ante un fenómeno, que no es una leyenda urbana. A día de hoy tenemos un hecho, que implicó a muchos países occidentales, ya que los testigos indican en esta dirección. Hay cinco fiscalías trabajando. Esto demuestra que hay una voluntad, que hay personas que creen que es posible hacer esta investigación, que confían que todo esto puede tener un futuro", enfatiza.
Un detalle sirve de botón: la carpeta de 20 centrímetros de alta que se encontró en la fiscalía bruselense al ir a declarar, llena de documentos. "Y la fiscalía italiana está haciendo lo mismo, porque las noticias que recibo son de estas características". "Quien ataca la investigación lo hace de manera superficial porque no ha profundizado en ello o bien quizás tiene otros objetivos, pero no quiero entrar en cuáles podrían ser estos otros objetivos", descarta.
El camino no está exento de obstáculos. Explica que recibió amenazas antes de la publicación del libro -que ya denunció formalmente-, y ahora se enfrenta a una campaña de desprestigio orquestada desde sectores de poder para "sembrar la duda". Recuerda: los cazadores vienen de un mundo de dinero, "bien colocados", "con muchos contactos". Pero se hace fuerte en eso de que los argumentos en contra con los que se topa, según él, caen por su propio peso. "Si las críticas son de este nivel, demuestran, uno, de que ellos mismos no han investigado más allá de afirmar 'yo creo' o 'yo creo una cosa, yo creo la otra'", sentencia.
La conexión española...
España tampoco escapa a la sombra de esta trama. En concreto, cree el autor que los safaris pudieron tener una rama catalana. Las sospechas nacen de la carta de un "testigo" de los hechos, al que llama "Toni C.", que le cuenta lo siguiente: "Mi padre tenía un amigo millonario que en cierta ocasión fue a cazar elefantes a África. La persona que organizaba aquellos safaris -un español de Cataluña cuya identidad desconocemos- también organizaba viajes a Yugoslavia para cazar seres humanos y le ofreció la posibilidad de participar en ellos".
Hasta donde el italiano ha podido investigar, había dos grandes agencias en los años 90 que ofrecían safaris en África desde Barcelona. Toni, explica, dice que este amigo de la familia lo hacía viajar a Sarajevo para hacer turismo de matanzas "a través de una de estas agencias". No hace acusaciones formales ni afirma que todo lo que hiciera esa agencia fuera delito, sino que lanza ideas, por si caen en terreno fértil.
Por eso mismo, el reportero recuerda que el contingente español de UNPROFOR en Mostar -donde cosecharon un enorme afecto- contaba con una vasta red de informantes, cuyos testimonios podrían arrojar luz hoy en día. Fuentes humanas. Puede que entre lo que se conserva sobre tráfico de armas en la zona haya relatos o datos de contratistas, "¿no", se pregunta. Hubo dos episodios con estos contractors "que fueron cerrados por la magistratura española en el 94, expedientes que se cerraron bastante rápidamente. Quizás ahí se podría tirar del hilo".
Otra vía para indagar, desde la justicia o el periodismo, quizá.
... y las heridas abiertas en los Balcanes
El impacto de estas revelaciones, explica en la entrevista, ha sacudido los Balcanes. La publicación del libro en bosnio, este pasado agosto, ha reabierto cicatrices inmensas en Sarajevo, una ciudad donde apenas hay familias que no perdieran a alguien durante los 1.425 días de asedio. Al mismo tiempo, ha generado un rechazo frontal por parte del sector serbio, que lo tilda de "leyenda urbana" para desacreditarlos. La tensión llegó a tal punto que el alcalde de Sarajevo, es Samir Avdić (sí, el mismo que un día fue jugador de baloncesto con Unicaja), tuvo que cancelar una visita oficial del autor programada para septiembre. Mejor prevenir.
A pesar de las amenazas, el negacionismo y el dolor reavivado, Gavazzeni mantiene intacta su esperanza de ver a los responsables en el banquillo. La pregunta es si todo eso llevará a condenas, en el futuro. "Es lo que todos deseamos es es la auténtica esperanza que albergamos", reconoce el periodista. Se aferra al trabajo callado y paciente, en que dé sus frutos. "Mi esperanza es que la fiscalía italiana, sobre todo, que de hecho ya tiene cinco encausados, pueda llegar a a llevar a a estas personas a a juicio", concluye. "Sería seguramente la primera pieza para poder poner la palabra 'fin' a esta historia y hacer tumbar este muro de silencio".