Bárbara se ha metido debajo de la cama. Se ha peleado con su mejor amiga, su otra íntima la saca de quicio. Ha hecho el ridículo en el trabajo. Bárbara se ha metido debajo de la cama y observa en su móvil la vida perfecta de una influencer. Ella odia la suya.
La protagonista de Se tiene que morir mucha gente muestra de manera cáustica lo que ha ocurrido a muchos milenials y zetas: el desengaño ante la vida difícil, ante las expectativas que no se cumplieron. Nos dijeron que nos esforzáramos, que tuviéramos sueños. Pero hace tiempo que, para muchos, el trabajo duro no se traduce en un ascenso, una casa, una vida mejor. "No tengo putos sueños", dirá Bárbara a su jefe. Prosperar acaba siendo un espejismo que vemos (y mostramos) en redes: un restaurante bonito, un viaje exótico, una relación que parece idílica.
Y así ha llegado la rebelión.
La serie de Victoria Martín forma parte de la revuelta contra esa cultura del éxito que nos insta a ser hiperproductivos y alcanzar objetivos vitales como si habláramos de una empresa, con sus balances e indicadores de rendimiento (malditos KPIs).
La primera pista la tuvimos tras la pandemia: muchos comenzaron a dejar sus trabajos, en EEUU lo llamaron "la gran renuncia". La era de la antiambición, lo bautizó la periodista Noreen Malone en The New York Times: "Muchos oficinistas están concibiendo sus empleos como un simple trabajo, ¡un sueldo para pagar las cuentas! No como una identidad". El trabajo había pasado de ser algo romántico, como nos mostraba Mad Men, a una fuerza corruptora, como veíamos en Succession.
La ambición comenzaba a parecer un esfuerzo inútil.
Pasó la pandemia, pasaron las renuncias, pero la antiambición permanece. Lo vemos en la actitud de los zetas(la primera generación que se resiste a sacrificar su bienestar por un trabajo), en la crisis de los 40 de los milenials (con una edad adulta tan diferente a la de sus padres, sin estabilidad económica ni personal).
"Se ha roto el vínculo afectivo que manteníamos con nuestra profesión. La vida está en otra parte", escribe Juan Evaristo Valls Boix en JOMO. Ya no se trata de aprovechar el tiempo, nos dice el filósofo, sino de disfrutar perdiéndolo (aunque a veces sea observando a una influencer). "Le empezamos a coger el gusto a eso de perder".
Una de las amigas de Bárbara lo resume así: "Te pasa lo que a todos: no tener las cosas claras, no saber qué hacer... Eso es la vida". A veces no tenemos putos sueños y no pasa nada.