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Para Carapaz nunca hay tregua: honra a Luis Ocaña con su triunfo en solitario en Orcières-Merlette

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Se pregunta el pelotón si este fin de Tour es uno de los más duros jamás pergeñados. Y quizá por eso, el tríptico alpino comienza con tregua entre los que pelean por el podio. Incluso el voraz Tadej Pogacar, que cuatro años después desafía al mal fario y viste por primera vez culotte negro (la última vez, en la etapa 11 de 2022, perdió 2:51 ante Jonas Vingegaard en la inolvidable etapa del Granon), levanta el pie mientras la enfermedad le rodea: a Adam Yates se unió en el padecimiento Brandon McNulty, que ni siquiera pudo terminar la etapa. [Narración y clasificaciones]

Llegó la fuga a Orciéres-Merlette, que no olvida al icono Luis Ocaña (así ha bautizado a la sala de prensa en la cima de la estación de esquí), y Richard Carapaz honró a aquel francés nacido en Priego, ese español criado en Mont-de-Marsan, esa leyenda malograda que desafió a Eddy Merckx. El ecuatoriano que es un rebelde, todo el Tour en fuga, intentándolo una y otra vez en cada ocasión que una rampa se le ponía en el horizonte. No concibe el concepto de tregua y ya es hasta décimo de la general.

Porque su bravura merece honor en este Tour en el que sólo ganan tipos de pedigrí. Ni un regalo, ni un despiste. En montaña, pocos como el del Carchi, un ganador del Giro de Italia, un campeón olímpico en Tokio que unió la victoria en Orcières-Merlette a aquella de hace dos años en Superdevoluy, tan parecida, tan cerca, valles contiguos. Ese 2024 también acabó en París con el maillot de la Montaña que mira de reojo en su combate con Valentin Paret-Peintre (y con permiso de Pogacar, aún líder). Carapaz ha levantado, con la de este viernes, ocho veces los brazos en una gran vuelta, a cada cual botín más preciado. Un escalador de época.

Con el UAE padeciendo y sembrando dudas de enfermedad sin resolver y Mads Pedersen empeñado en llegar al sprint especial de Corps del kilómetro 125 para aumentar su ventaja por el verde con Jasper Philipsen (lo consiguió, qué poderío), la fuga se formó en el primero de los cinco puertos de la jornada, la Cote d'Engins. Pero iba a resultar una guerra de guerrillas, grupos y subgrupos que se fusionaban y se despedazaban una y otra vez mientras avanzaban por los Alpes acumulando desnivel. "Una locura", en palabras del que iba a ganar, sabiendo el veterano Carapaz atrapar el corte bueno. "Soudal Quick-Step ha lanzado un ataque extraño con tres corredores y he estado muy listo para filtrarme. Ése ha sido el momento decisivo para llegar a cabeza de carrera. Este puerto final era duro y se adaptaba bien a mis características. He esperado a mi distancia; he probado un par de veces...Tenía las piernas. Un día muy bonito al final", explicó después.

Fueron seis ciclistas los que llegaron destacados el penúltimo obstáculo, con suficiente ventaja (más de dos minutos sobre otros siete) como para pensar en que entre ellos estaría quien pondría su nombre en la cima que hace seis años coronó a un Primoz Roglic que días después iba a perder el Tour en la Planche des Belles Filles.

Entre los elegidos, Raúl García Pierna, incansable como su compañero Pablo Castrillo, los chicos que dan algo de relieve al Tour del Movistar. Pero junto a él iba un quinteto de fuori classe. El propio Carapaz, Matteo Jorgenson, Valentin Paret-Peintre y su maillot a lunares, Tobias Jonannessen y Mauro Schmid, ya ganador en Belfort y segundo ayer. No pudo oponer mayor ímpetu el madrileño. Ni él ni casi nadie, porque la presa estaba en la boca de Carapaz. Un primer intento y después otro, el definitivo, nunca más de dos balas gastadas, a falta de cuatro kilómetros. De ahí a la meta en solitario, para abrir los brazos como hizo Ocaña en 1971.

Por detrás, nadie siquiera encendió la mecha. Ritmo sencillo del Red Bull-Bora de Remco Evenepoel en la ascensión, comodidad para Pogacar y para todos. Y la doble cita con el Alpe d'Huez en sus mentes y en sus piernas.