Sigue siendo raro esto de la Laver Cup. Más allá del negocio y del papel de RogerFederer en la organización, su existencia en el circuito ATP no tiene demasiado sentido, menos aún en un calendario saturado de torneos y con las quejas recurrentes de los jugadores por esa sobrecarga. La aspiración de convertirla en una Ryder Cup del tenis quedó lejos -se perdió en aquellas primeras ediciones con Federer, Nadal y Djokovic- y tampoco termina de levantar pasiones entre los aficionados. Pero siempre deja unas cuantas escenas interesantes.
La posibilidad de que los tenistas de cada equipo aconsejen a sus compañeros aporta momentos cómicos y, en ocasiones, análisis realmente acertados. En el primer partido de esta edición, que arrancó este viernes, Carlos Alcaraz recomendó a Casper Ruud que llevara a la red a su rival, Francisco Cerúndolo, porque «no es lo suyo». Ruud le hizo caso. Y se llevó el primer punto para Europa. En el partido siguiente, Brandon Nakashima venció a Jakub Mensik para empatar para Estados Unidos y la jornada quedó en manos de un debutante, Rafa Jódar.
Después de su explosión esta temporada, estaba claro que el escenario no le iba a intimidar, pero quizá podía impresionarle tener a Yannick Noah como capitán y a Alcaraz o Alexander Zverev en su banquillo. Nada más lejos de la realidad. Si en los partidos anteriores hubo momentos de relajación entre los contendientes -al fin y al cabo, estaban jugando un amistoso-, Jódar no levantó el pie del acelerador en ningún momento. Venció a Alexander Bublik por 6-2 y 6-3 y puso de nuevo por delante a Europa, 2-1.
De aquel mal partido en su debut en el US Open ya no queda ni rastro. Tres semanas después, el español se quitó aquel disgusto de encima con un tenis nuevamente asfixiante. Bublik está lejos del estado de forma que le llevó la temporada pasada hasta el top 10 del ranking mundial, pero mantiene ese juego directo, especialmente peligroso en una pista dura y cubierta. Pese a ello, no tuvo ninguna opción. Más relajado que Jódar, apenas pudo dominar un punto. El español le obligaba a jugar siempre incómodo, un golpe por detrás, sin tiempo para preparar sus ataques. Jódar llegaba a todo, devolvía todo y, sobre todo, no concedía una sola pausa.