En general, y salvo excepciones muy mal contadas, todos morimos como máximo una vez. También como mínimo, pero el hecho es lo suficientemente grave como para ponerlo en grande. Rosita Díaz Gimeno, la más recordada de las actrices olvidadas que ha visto el cine español, tuvo en cambio el privilegio (o la desgracia, según se mire) de morir dos veces: la primera de mentira y la segunda de verdad. Aunque, en puridad, habría una tercera incluso. Lo curioso es que la muerte falsa fue la que salió publicada en el periódico y la otra, la cierta, sufrió un silencio público y mediático en verdad vergonzante. O solo triste. "Noticias dignas del mayor crédito permiten afirmar que la conocida actriz del cine, detenida por los fascistas, fue juzgada en Consejo de Guerra y ejecutada el pasado mes de enero", arrancaba el texto que quería ser, además de primicia, obituario justo. "Era madrileña. E inteligente. Porque lo era estaba compenetrada por los afanes del pueblo. Sentía como él. Era popular por algo más que su profesión", seguía la nota sin firma que vio la luz el 23 de febrero de 1937 del diario socialista Avance.
Díaz Gimeno se encontraba detenida en Sevilla. Desde su celda, cuentan, escuchaba diariamente la rutina de los fusilamientos como temblor y destino. El estallido de la Guerra le sorprendió en Córdoba mientras rodaba El genio alegre, película basada en la obra de los hermanos Álvarez Quintero y dirigida por Fernando Delgado. En la cinta, y probablemente más allá, ella es Consolación, la joven andaluza en cada uno de sus ceceos forzados en guion que irrumpe en las vidas rancias y mortecinas del vividor Julio y de su madre la beata marquesa de Arrayanes —los dos con acento de Valladolid—. Todo lo hacía como un torbellino de luz, alegría y, por ello, emblema quizá de un nuevo tiempo. Desde el desmemoriado hoy cuesta hacerse una idea del acontecimiento que suponía una película como ésa en una España como aquélla. Rosita era mucho más que una actriz del momento, era una estrella orgullosa de su libertad. Y eso hacía de ella un símbolo para unos y una amenaza para otros. Deportista, lectora, cosmopolita y, desde que en 1931 se lo permitió la ley, mujer divorciada. Pronto se la conocería con el nombre de "la sonrisa de la República", pero la definición se antoja escasa. Y demasiado festiva para lo que estaba a punto de caerle encima.
Hasta llegar aquí, Díaz Gimeno podía presumir de mucho y de todo por ser la primera. Tras un fulgurante inicio en los escenarios de la mano de la compañía de Gregorio Martínez Sierra y de Catalina Bárcena, esta mujer nacida en Madrid (otros dicen que en Zaragoza) en 1908 (otros dicen que en 1911) pronto se convirtió en la primera actriz en rodar para la Paramount en los parisinos estudios de Joinville, donde aprendió el oficio, el genio y más cosas de Imperio Argentina, a la que le disputaría el mismísimo trono de la popularidad. En su regreso a España vendría apadrinada por los nombres de Benito Perojo, Florián Rey y, sobre todo, los míticos estudios Orphea de Barcelona, oficialmente los primeros en el estado español en hacer suyo el nuevo invento del sonoro. Películas como Sierra de Ronda, La dolorosa, Susana tiene un secreto y Se ha fugado un preso constituyen en apenas dos años, entre 1933 y 1934, la materia prima de su fama, su éxito y hasta su revolución. Lo siguiente antes de llegar a la guerra fue su primera estancia en Hollywood con el estudio Fox como testigo. Allí rodaría Angelina o el Honor de un Brigadier y Rosa de Francia, dos películas producidas para el público hispano, que no simplemente versiones del original en inglés. La primera sobre la obra de Jardiel Poncela y la segunda sobre argumento de Luis Fernández Ardavín y Eduardo Marquina.
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Todo ello se interrumpiría ese día fatídico en que fue detenida por unos primero, y dada por muerta por los otros después. No queda claro a cuenta de qué tanto ensañamiento. Por un lado, y pese a su poco o nada disimulado credo progresista hecho público en cuanta entrevista se terciara, nunca se significó políticamente de manera clara más allá de su fidelidad a asuntos tales como la democracia, los derechos de la mujer y la República en marcha. Sí, ella representaba lo que para muchos era la nueva mujer del nuevo tiempo, pero ese estandarte lo luciría más en retrospectiva que en la vida exagerada de una estrella popular y de todos cuya filmografía habla más de evasión que de compromiso. La historia no necesariamente oficial elucubra con las consecuencias que podría acarrear que por entonces su pareja no era otra que Juan Negrín Fidelman; es decir, el hijo médico del que fuera el último presidente antes de la dictadura. Cuentan que una llamada del que entonces era su novio al hotel en el que el equipo de la película se refugiaba fue el desencadenante de todo lo demás. También no son pocos los que señalan al que era el galán de la cinta, Fernando Fernández de Córdoba, como delator. Recuérdese él puso voz al parte de guerra de "cautivo y desarmado el ejército rojo...". Sea como sea, Rosita fue encarcelada y en prisión permaneció más allá de su propia muerte. Algunos hablan de la intervención de Hollywood y otros simplemente de la fortuna que, a veces, solo a veces, acompaña al caos.
Sea como sea, lograría huir, lograría volver a Hollywood donde rodaría La vida bohemia, de Josef Berne y Edgar G. Ulmer, y lograría casarse por fin. Lograría muchas más cosas. Lograría enamorar a Luis Buñuel en México (confesión del cineasta a Max Aub), lograría rodar tres películas más (una de ellas, la nueva adaptación de la novela de Juan Valera Pepita Jiménez, firmada por Emilio Indio Fernández) y lograría, retirada de la pantalla a los 40 años, reinventarse como conferenciante y profesora en distintas universidades de Estados Unidos, país con el compartió su exilio al lado de México. Lo que no consiguió es que su nombre apareciese ni en los créditos ni en los carteles ni en ningún lado de El genio alegre. A ella se la ve en toda su amplitud y talento, pero su nombre fue borrado con saña cuando, por fin, en 1939 se estrenó la película en la España franquista. Quizá esta fuera la segunda vez que murió. Tan falsa como la primera y, a la vez, tan mezquina como cualquier muerte. En 1986 volvió a morir, y van tres, lejos de su casa en Nueva York. La tercera y definitiva.