Cada invierno, Jannik Sinner se refugia en Dubái. Lejos de Montecarlo, donde tiene su residencia, pretemporada tras pretemporada se reúne allí con sus entrenadores Simone Vagnozzi y Darren Cahill para evolucionar en su juego y, al mismo tiempo, aclimatarse al calor. Sesiones y más sesiones intensas bajo el sol del golfo Pérsico. Y su tenis mejora, vaya si mejora, pero como se demostró este jueves en su derrota ante Juan Manuel Cerúndolo año tras año las altas temperaturas siguen siendo su talón de Aquiles.
Criado en los Alpes italianos, hijo de los encargados del Rifugio Fondovalle, no supo lo que era entrenar bajo la canícula hasta que se mudó a la costa mediterránea, a la Academia Piatti, con 13 años, y desde entonces arrastra el mismo hándicap. De piel clara y, por tanto, más propensa a sufrir los efectos del sol, no es extraño verle enrojecido durante los partidos ni tampoco sofocado. Con el estómago y los calambres como puntos débiles recurrentes, a lo largo de su carrera ha sufrido ya numerosos episodios en los que el calor le ha llevado a la retirada o le ha dejado al borde de ella.
"No es casualidad que vayamos a Dubái en pretemporada por el clima. Intentamos prepararnos para este tipo de escenarios. Aun así, hay días en los que las cosas no salen como esperas", reconocía esta temporada en el Open de Australia, donde sufrió lo indecible para vencer a Eliot Spizzirri en tercera ronda. Un año antes también había padecido calambres y dolores en octavos ante HolgerRune, y había tenido que abandonar tanto en la final del Masters 1000 de Cincinnati como en la tercera ronda del Masters 1000 de Shanghai. "Con los años conozco un poco más mi cuerpo e intento manejar mejor ciertas situaciones complicadas. Espero que este tipo de problemas vayan disminuyendo poco a poco", comentaba entonces, aunque para esa mejora necesitará algo más que voluntad.
Los contenedores de calor
Según varios estudios fisiológicos, la temperatura ideal para el deporte está entre los tres y los diez grados, y cuanto más sube el termómetro, más cae el rendimiento. Cualquier deportista puede perder hasta un 20% de sus capacidades en días calurosos, y según su formación y su genética, unos son más propensos que otros a los golpes de calor.
"Desde los años 80, con los estudios de González Alonso, los mejores deportistas han trabajado para aclimatarse al calor. Muchos eventos, como el Tour de Francia, los Juegos Olímpicos o los Mundiales de atletismo, tienen lugar entre julio y agosto, y ha habido mucha investigación a su alrededor", explica a EL MUNDO Carles Tur, fisiólogo, responsable de entrenadores del equipo ciclista Q36.5 y preparador de la Federación Española de Vela (RFEV). Antes de los Juegos Olímpicos de Tokio, las sesiones en la cámara de calor del Centro Especializado de Alto Rendimiento de Santander llevaron a las medallas a Nico Rodríguez y Jordi Xammar en el horno que era la bahía de Enoshima. Y en esos mismos contenedores, donde se pueden alcanzar hasta 40 grados y un 70% de humedad, también se preparó durante meses la marchadora María Pérez, que odió el calor hasta que aprendió a dominarlo para convertirse en campeona olímpica y mundial.
La mayoría de tenistas no recurren a ese tipo de entrenamientos porque confían en el efecto de los descansos entre juegos y en la ayuda de las pausas de cinco minutos para ir al vestuario, los llamados toilet breaks. Pero un caso como el de Sinner podría requerir una solución más radical. Un tratamiento de adaptación al calor aumenta la tolerancia de los deportistas e incluso les enseña a sudar más y en más zonas del cuerpo -se puede pasar de un 70% a un 90% de la superficie cutánea-, es decir, a regular mejor la temperatura interna. Sudar mucho puede ser incómodo para la vida diaria, pero es una bendición en competición: quienes sudan más tardan más en deshidratarse y están menos expuestos a una pájara.
Sinner ya es el mejor del mundo, pero mientras las marcas del termómetro sigan poniendo en jaque su cuerpo, tendrá una deuda pendiente con los Grand Slam. La ciencia lleva décadas ofreciendo respuestas. Solo falta que el número uno decida ir más allá de sus límites para aplicarlas y consiga adaptarse a ellas.