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Tenemos que hablar de los festivales

· Culture

No hay nada que asocie más al verano que un festival de música. El verano es de los festivales. También de los helados de chocolate (y ahora de los de pistacho). Yo siempre digo que no volveré a caer en la trampa de un festival, pero ahí voy otra vez de cabeza. Y no soy la única. Creo que todos tenemos una relación tóxica con los festivales.

Como ahora mismo importa más estar en un sitio que lo que ocurra en ese sitio, parece que hemos pasado por alto todo lo malo que hay en un festival, que es mucho: nos da igual que no vayamos a ver a ningún grupo en condiciones o que a veces no nos dé tiempo a escuchar ni un par de canciones de nuestros grupos favoritos porque toquen a la vez o que no podamos ni movernos. Nos da igual el calor (y si no que se lo digan a la gente que va a los Monegros a bailar techno o a la que pilla una ola de calor en pleno Sónar). De hecho, creo que un festival es el único sitio donde a la gente se la suda, nunca mejor dicho, todo lo que acabará sudando. Da igual que la vuelta a casa sea un infierno (como pasa en el Mad Cool). Como en las relaciones tóxicas, nos olvidamos de todo, porque pensamos que este año por fin será mejor, habrá ido a terapia de festivales y habrá cambiado.

Todos, incluido Pedro Sánchez, vamos a un festi pensando que estamos en Woodstock, pero en realidad estamos en un centro comercial gigante turbocapitalista. Donde pagamos seis euros por una cerveza y 12 por una copa, como si no hubiéramos pagado ya más de 100 euros por entrada (que eso, en cualquier sitio, debería darte derecho a barra libre como mínimo y a un masaje). De esa vida contracultural festivalera de los años 70 ya no queda nada. Incluso los festivales independientes, rurales y autogestionados, están siendo turistificados e intagrameados. Mi regla es: todo lo que pueda convertirse en una storie de Instagram y atraer influencers o reelificarse nunca será contracultura.

Nos hemos acostumbrado a consumir conciertos fast food a precio de caviar, sin darnos cuenta de que lo importante de un festival, lo que nos hace volver otro año es todo lo que no es el festival: es la compañía con la que vamos y la aventura. Entonces, me pregunto, ¿por qué no volvemos a la época en la que nos montábamos una fiestilla con nuestros amigos y con los amigos de nuestros amigos, una acampada en el monte o en cualquier casa alquilada con un par de altavoces? Si de lo que se trata es de bailar y de pasar tiempo de calidad con nuestros amigos, ¿para qué necesitamos una estructura gigante que nos devore?