Un Mundial de estadios llenos y precios desorbitados: 22 dólares por una cerveza y entradas con un incremento del 42%
Para Irving Zárate 500 dólares es una cantidad considerable de dinero. «Eso es lo que puede costar un billete de ida y vuelta para ir a ver a mi mamá a Guatemala», dice con una sonrisa pícara en la cara. Sin embargo, no dudó en invertirlos en una entrada para ver el Irán-Nueva Zelanda del pasado lunes en Los Angeles. Eso sin tener vínculo alguno con ninguna de las dos selecciones. «Lo hago por amor al fútbol», confiesa a este periódico. «Y por vivir la experiencia de una Copa del Mundo. Teniéndolo aquí en mi ciudad, no podía dejar pasar la oportunidad».
En condiciones normales, pagar 500 dólares por un Irán-Nueva Zelanda debería ser una insensatez manifiesta, pero en este Mundial se ha convertido en norma. Los estadios están llenos pese al escaso cartel de muchos de los equipos participantes y el desorbitado precio de las entradas. De acuerdo a datos de la FIFA, hasta el domingo habían asistido 2.307.947 espectadores a los primeros 36 partidos, con un 99,54% de ocupación. El récord de los 3,5 millones de asistentes establecido en 1994, también organizado por Estados Unidos, está al caer. No es de extrañar tampoco. Entonces se disputaron 52 partidos, con una media de 68.991 personas por encuentro. Para este torneo están previstos 104.
De momento, los vaticinios de fiasco de la FIFA, augurando estadios medio vacíos y entradas sin vender por los escandalosos precios de algunas de ellas no se han cumplido. Más bien al revés: no han parado de subir a medida que crece el entusiasmo por el torneo en su nuevo formato. Según el portal TicketData, que analiza la evolución de plataformas como StubHub y SeatGeek en Estados Unidos, el valor de las entradas disponibles ha ascendido un 42% desde el partido inaugural del 11 de junio en el Estadio Azteca. Entonces, la media por una entrada era de 700 dólares. Ahora ha crecido hasta los 1.000.
«No me arrepiento»
Eso mismo pagó Gabriela Tagliavini por el privilegio de ver a Leo Messi en acción durante el partido frente a Argelia de la semana pasada. «Sé que no es un comportamiento racional, que esto es casi una adicción, pero allí estaba yo, en un estadio lleno de yonquis, como si fuera una convención de adictos», dice esta directora de cine argentina afincada en Los Angeles. Por el billete de avión pagó 1.000 dólares. Y por tres noches de hotel en Kansas, otros 1.000. «Ahí tienes ya 3.000 sólo para empezar a hablar», explica. Eso sin contar el precio de la comida, el transporte o las cervezas en el estadio. «Creo que eso fue lo peor: ¡22 dólares por una lata!».
Tagliavini lo justifica por ser una ocasión única, por compartir con su único hermano, que vive en México, y por haber sido testigo de un hat-trick de Messi en un Mundial. «No me arrepiento», confiesa. «Ver a ese señor hacer magia tan de cerca es algo que no olvidaré en mi vida. Pero entiendo que la gente se esté quejando. Es un abuso. ¿22 dólares por una lata de cerveza? Nos hemos vuelto locos».
Que los estadios estén llenos al 99% no significa, sin embargo, que todos los asientos se ocupen. La paradoja de este Mundial es visible a simple vista: hileras de butacas vacías en partidos que, sobre el papel, se han vendido hasta la última localidad. La explicación podría estar en el mercado secundario, en entradas que fueron adquiridas por revendedores y especuladores que apostaron por el torneo como negocio y que, cuando los costes siguieron subiendo, optaron por no acudir en persona y revender su entrada o simplemente no encontraron comprador a última hora.
También se han presentado en masa y sin mirar el precio los mexicanos residentes en Los Angeles. David León, oriundo de Michoacán, acudió al Irán-Nueva Zelanda, sin más interés que disfrutar del fútbol y poder contar en redes sociales que alguna vez estuvo en un partido del Mundial. «Era una oportunidad única que no podía dejar pasar. Venimos porque amamos el deporte, porque nos encanta el fútbol, porque es nuestra pasión». Puede que no haga falta más explicación para entender lo que está pasando.