Una serie de Russell T. Davies: compromiso LGTB, personajes perfectamente definidos, sarcasmo y un tono tan perfecto que parece magia
"Una serie de..." significa algo. Una serie de David Simon, una serie de J.J. Abrams, una serie de Ryan Murphy. Incluso siendo estos dos últimos autores solo a medias (algunos proyectos que producen y firman no han salido de su cabeza), cuando uno ve sus nombres en los títulos de crédito sabe lo que le espera. David Simon: conciencia social, nostalgia de la Estados Unidos que nunca fue. Abrams: premisas interesantísimas que podrían llevar a algún sitio o no. Murphy: pretensiones nada disimuladas de escandalizar. Una serie de Russell T. Davies: compromiso LGTB, personajes perfectamente definidos, sarcasmo y un tono tan perfecto que parece magia.
¿Cómo consigue este guionista mezclar drama y comedia de una manera tan aparentemente natural? El tono de De puntillas, su última serie, de HBO Max, es prodigioso. La serie comienza con un flash-forward impactante: un hombre ahorcado en una farola de una calle de Manchester. Inmediatamente después, comedia: el aún no ahorcado Leo (Alan Cumming), sale de su casa corriendo, en calzoncillos. En un descuido tonto, el tipo al que se llevó a casa anoche ha cogido su portátil y ha huido a la carrera, llevándoselo. Así que Leo, casi desnudo y sin llaves, tiene que recurrir a su vecino Clive (David Morrissey), que no puede evitar bromear.
Leo y Clive no son amigos, pero viven puerta con puerta y, por pura conveniencia, no se llevan mal. Sin embargo, son diametralmente opuestos: uno es soltero y dueño de un bar gay; el otro está casado, tiene dos hijos y es electricista. Viven en el mismo barrio, con lo que económicamente no están en estratos muy distintos, pero... ¿pertenecen realmente a la misma clase? ¿Están condenados a entenderse o en riesgo permanente de enfrentarse? ¿Somos solo individuos en una convención que llamamos «sociedad» o nos debemos a los colectivos a los que, nos guste o no, pertenecemos? ¿Cómo ha terminado Leo colgado de una farola? ¿Tiene Clive algo que ver? En la primera escena de De puntillas lo vemos en shock, mientras su mujer le dedica una bonita palabra: monstruo. El resto de la calle, desde detrás de sus ventanas, mira.
Como It's a Sin, Un escándalo muy británico o la magistral trilogía gay Cucumber-Banana-Tofu, anteriores trabajos de Russell T. Davies, De puntillas se las arregla para ser discursiva sin dar la turra. Sus personajes y su trama son pura narración audiovisual, pero Davies, uno de los grandes autores televisivos contemporáneos, sabe cómo hacer que su creación les hable directamente a sus espectadores. En De puntillas, la magnética Melba (un Paul Rhys que debería estar muy presente en esta temporada de premios) funciona como corifeo moral de un Leo que se niega a reconocer que su vida podría empeorar simplemente porque eso que llamamos sociedad está involucionando. No es que la guerra terminase, es que la estamos perdiendo.
Pocas ficciones explican la crisis del sida mejor que It's a Sin. De puntillas, que se ambienta 40 años después (esto es: hoy), cree firmemente que aquello no está superado. Y no es un discurso victimista. Pocos creadores gais son tan autocríticos como Russell T. Davies. Sus personajes homosexuales son de todo menos santos. Leo es, de hecho, bastante insoportable. Y Clive mucho más comprensible de lo que podría parecer en principio. ¿Cómo llegamos a la muerte del primero? ¿Era inevitable? ¿Lo son también otras cosas monstruosas que están pasándonos? ¿Por qué me río tanto con De puntillas? ¿Cómo demonios lo haces, Russell?