Viva: Cine desaforado para desnudar el deseo femenino (y más cosas) (***)
El exceso tiene mala prensa. El exceso, mantiene el filósofo, es el signo del encuentro con una realidad que desborda el significante y las capacidades del concepto. El exceso embriaga, marea, enfada y exalta. Pero también, y esto es lo relevante, pone en contacto con la secreta e íntima vibración de lo desconocido. La razón se acostumbró tiempo atrás a despreciar todo aquello que no se plegaba al rigor del límite. Y así hasta el punto de convertir en privilegio y virtud la escasez, la contención, la privación y hasta el hambre. Menos es más, proclamó la razón como clave de su más evidente insatisfacción. Y, sin embargo, lo desmedido en su su feliz provocación anuncia la posibilidad de asuntos tales como el desconcierto, la libertad y hasta el placer. Viva, de la debutante en la dirección y antes solo actriz Aina Clotet, es básicamente una película excesiva que presume de cada uno de sus desafueros y en ellos se hace fuerte.
Desde la primera a la última escena, Viva lo quiere todo. Es drama, pero sin renunciar a la comedia extravagante; es película realista, pero con los suficientes argumentos propios de la ciencia ficción para despistar al espectador más avisado; es puro deseo y celebración de la vida, pero camina al lado de la misma muerte. O todo o nada.
La película arranca con una mujer sometida (ése es el verbo) a una mamografía. Y en ese gesto se diría que tan común ya lo da todo. La escena en su realismo evidente duele. Duele porque la protagonista, que no es otra que la propia Clotet, lo hace saber con un grito y porque la escena, así, sin más, es puro dolor. Desde ahí, Viva cuenta la historia de una mujer cerca de los cuarentena que, tras ser operada de cáncer de mamá, pasa un año en dura pelea con el mundo ante la amenaza siempre presente de una recaída. Acto seguido, y sin que medie explicación alguna, el foco de la historia cambia. De lo que se trata ahora es de cómo vivir plenamente después del trauma. Y entonces todo empieza a cobrar intensidad y sentido mismo del exceso, aunque se pierda el sentido mismo. A nada renuncia este ejercicio de cine sorprendente, inclasificable, ruidoso, resplandenciente, heterogéneo y completamente ajeno a la idea de límite.
De lo que se trata es de reconciliarse con la identidad, con el cuerpo, con el deseo perdido. De lo que se trata es de derribar las ideas preconcebidas, las normas y los gestos repetidos. De lo que se trata es de empezar de nuevo, pero no desde el inicio, sino desde el final de todo. Digamos que el propósito de la película coincide con su forma. Todo lo intenta y a todo se atreve. Está en la naturaleza del todo-o-nada de Viva enseñar lo que tiene que ser enseñado de manera completamente frontal. Hay sexo y el sexo se ve, se siente y, como decía aquél, se sexa. Un debut, sin duda, que es también un triple salto mortal.
La película discurre en un futuro extraño donde la sequía arrasa con todo, donde es posible alargar la vida mucho más allá de lo razonable. La cinta es tragedia, pero sin que se note. El tono, de principio a fin, se acerca más a la comedia sin freno y extravagante porque sí. Y a medida que avanza, Viva se deshace en frases grandilocuentes, locuras sin dueño y felices ocurrencias. Aina buscaba una película entre la fiebre y el deseo, entre la muerte y la obligación de vivir, entre la actriz que es y la directora que aspira a ser, entre Aina y Clotet. Y lo ha conseguido.
Lo que queda es una provocación cuya realidad desborda el significante y las capacidades del propio concepto. Y todo ello tan descontrolado e irrefrenable como, admitámoslo, feliz en su caos y hasta orgulloso de cada uno de sus errores. Cine excesivo sin duda.
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Dirección: Aina Clotet. Intérpretes: Aina Clotet, Marc Soler, Naby Dakhli. Duración: 112 minutos. Nacionalidad: España.