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Weber, el arquitecto del PPE que acude a Ceuta a dar la batalla con Feijóo y redibuja Europa con su 'affaire' ultra

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Europa está en plena metamorfosis: de valores, de idearios, de certezas. En mitad de esta muda de piel que nadie sabe a qué transformación llevará, hay una figura que no suele estar bajo los focos, poco conocida del gran público, pero con una enorme influencia en todo lo que pasa en las instituciones: es Manfred Weber, líder indiscutible del Partido Popular Europeo (PPE). Él sabe, porque él maneja, decide y apuesta. 

El político alemán tiene el mando tanto en su estructura de partido, en el que se enmarca el PP español, como en su grupo parlamentario, el mayor de la Eurocámara, donde ha emprendido una cruzada que amenaza con alterar para siempre el equilibrio de poderes que ha sostenido el proyecto europeo desde su inicio. La idea es sencilla: máximo poder.

La estrategia de Weber no es un mero ejercicio de supervivencia política, sino una ambiciosa remodelación de la derecha continental, profunda. Su hoja de ruta se asienta ahora mismo sobre tres pilares fundamentales: una ofensiva total para recuperar el poder en España instrumentalizando la crisis en la frontera entre Ceuta y Marruecos, un acercamiento táctico y muy divisivo a las fuerzas de ultraderecha que ha dinamitado el tradicional cordón sanitario y un pulso de poder que ha llevado a la coalición tradicional con los socialdemócratas y el centro al borde del abismo.

Este lunes, su visita a la ciudad autónoma con el presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo, es un buen ejemplo de todo ello. Encabeza una delegación comunitaria encabezada que pretende "europeizar" la crisis el problema. Todo casa. 

El arquitecto

Este jueves, el Parlamento Europeo aprobó una resolución de apoyo a Ceuta sin los votos de la izquierda, pero sí con los del PPE y los ultras. Se rompía así la mayoría moderada que ha apoyado siempre a la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen. Para comprender la magnitud de esos cambios es necesario diseccionar la figura de Weber. Todo pasa por él. 

Procedente de la Unión Social Cristiana de Baviera (CSU), el partido hermano y más conservador de la CDU alemana, ha construido su carrera sobre la base de la paciencia institucional y el control del aparato burocrático. Tras ver frustradas sus aspiraciones de presidir la Comisión en 2019 -cuando fue marginado por los líderes nacionales en favor de Von der Leyen, con la que no parte peras-, Weber decidió consolidar un poder absoluto sobre el legislativo y la maquinaria del PPE. No es poco premio de consolación, porque su poder es inmenso y se da el gusto, incluso, de hacérselo pasar mal a su paisana, como cuando complicó su candidatura a la reelección, hace dos años. 

Hoy tiene ese poder bicéfalo, partido a nivel pan-europeo y grupo en el hemiciclo. Eso le otorga una influencia que pocos políticos han detentado en la historia de la UE. Sin embargo, su liderazgo, que se trata de presentar como el bastión de la estabilidad europea, no ha estado exento de escándalos que han erosionado su autoridad moral y han alimentado la narrativa antieuropeísta que, paradójicamente, afirma combatir.

Aunque fue elegido con el 89% de los votos de sus correligionarios, estas derivas están generando fricciones en el seno de la derecha tradicional, entre los que no quieren a un ultra ni en pintura o apuestan por la transición verde o entienden la migración desde el derecho internacional. 

Además, informaciones de medios especializados en la UE como Euractiv han revelado una faceta mucho más opaca del político bávaro. En un momento de incertidumbre económica para millones de familias europeas, se destapó como un "double dipper" , o sea, alguien que percibe una doble remuneración de fondos interconectados. En secreto, se embolsó un aumento anual de 28.000 euros en su segundo salario, derivado de sus funciones como presidente del partido, sumándose a sus honorarios como eurodiputado y líder del grupo.

Pero la controversia no se detiene en sus finanzas personales: otra investigación ha expuesto cómo Weber maniobró intensamente para colocar a su asistente principal en un puesto altamente lucrativo dentro de la maquinaria europea, un caso clásico de nepotismo político o "paracaidismo" administrativo, denuncia la oposición. 

Para sus críticos, estos episodios no son meras anécdotas de la burbuja bruselense, sino que que explican la actual crisis de legitimidad del centroderecha. Mientras Weber rediseña la política de alianzas del PPE exigiendo sacrificios a sus socios, estos patinazos debilitan su posición negociadora y entregan munición de peso a los populistas de extrema derecha, que basan su discurso en atacar los privilegios de las élites de la Unión. La ironía es que, mientras Weber erosiona su propia credibilidad con escándalos de despacho, simultáneamente busca alianzas con quienes capitalizan ese descontento.

España como trofeo

Para esa hegemonía conservadora indiscutible en Europa necesita a España. El Gobierno de coalición PSOE-Sumar liderado por Pedro Sánchez se ha erigido como el principal baluarte de la socialdemocracia en una Unión, rompiéndole los planes. No estamos como en 2023, cuando se celebraron las últimas elecciones generales y la derecha tenía menos peso continental y mucha urgencia por conquistar Madrid. Hoy ganan por goleada: sólo nuestro país, Dinamarca, Malta y ahora Suecia tienen gabinetes progresistas. El resto es derecha, centroderecha y liberales

Sin embargo, recuperar España con Feijóo no sería sólo una victoria doméstica, sino una llave estratégica, un trofeo para consolidar su poder absoluto en el Consejo Europeo. ¿Por qué? Porque España es la cuarta mayor economía de la UE y el cuarto país más poblado y eso se traduce en más peso en la toma de decisiones sobre el reparto de instituciones, de altos cargos, de sillones en el Europarlamento y de mayorías en votaciones que requieren sumas cualificadas. 

Es en este contexto donde la grave migratoria, de seguridad y geopolítica vivida en ha tomado una dimensión continental. Las llegadas masivas y la presión sobre la frontera sur de Europa han dejado en evidencia, una vez más, el fracaso crónico de la solidaridad europea. Institutos de análisis como el European Council on Foreign Relations (ECFR) han señalado que este caso representa el "fracaso de la solidaridad europea", dejando a los territorios fronterizos solos ante presiones demográficas y geopolíticas inmensas.

Conscientes de esta fractura, Weber y Feijóo han orquestado una maniobra para transformar un problema de gestión fronteriza y diplomacia bilateral (con Marruecos) en un arma política de primer orden. El mensaje subyacente de la visita de lunes es doble: proyectar que el PP cuenta con el respaldo incondicional de la maquinaria europea frente a un Gobierno de Sánchez que acusan de "inacción" y presentar al PPE como el único garante de unas fronteras seguras y el orden estricto. Lo que ahora mismo inclina los votos de los europeos, dicen las encuestas. 

La europeización de la crisis ceutí ha venido acompañada de un giro radical en las políticas defendidas por el PPE a nivel continental. Lejísimos queda la acogida de la era de Angela Merkel (Alemania, 2015). Weber ha endurecido su discurso hasta mimetizarse en muchos aspectos con la retórica de la extrema derecha. La creación de "centros de retorno de inmigrantes en África" es un ejemplo de ello, un punto de inflexión por las dudas que supone respecto al cumplimiento del derecho internacional y porque supone despojar a los ultras de una de sus apuestas favoritas. 

Ceuta es el laboratorio de pruebas de la nueva doctrina de seguridad de la derecha europea, un escenario donde Weber demuestra a sus votantes más radicales que el PPE está dispuesto a aplicar la mano dura sin los complejos -o mejor, principios- del pasado.

La normalización de la ultraderecha

La estrategia más polémica de Manfred Weber ha sido la silenciosa pero firme demolición del cordón sanitario con la ultraderecha. Durante casi tres décadas, el funcionamiento de la Unión Europea se ha basado en un pacto no escrito pero rigurosamente respetado entre las grandes familias proeuropeas (populares, socialistas y liberales): ninguna de estas fuerzas pactaría ni dependería de los votos de la extrema derecha, euroescéptica o ultranacionalista. Esta barrera de protección fue diseñada para asegurar que el proyecto de integración europea no fuera saboteado desde dentro. Siempre ha funcionado. 

Sin embargo, en la era Weber, ese cortafuegos ha estallado por los aires. Los informes sobre una "colaboración fructífera y secreta con la extrema derecha" han dejado de ser rumores de pasillo para convertirse en una realidad matemática en las votaciones. La nueva mayoría de derechas, que une al PPE con agrupaciones conservadoras radicales y de extrema derecha, ha sido documentada por organizaciones de transparencia institucional como The Good Lobby. La lista es contar y no acabar

Un ejemplo cristalino de esta sintonía fue la votación sobre los estándares de emisiones de CO2 para automóviles. Cediendo a las fuertes presiones del sector automovilístico e industrial, el PPE guardó silencio y aceptó los votos de formaciones ultraderechistas para debilitar y bloquear la legislación medioambiental clave del Pacto Verde Europeo. Esta alineación en temas de agenda industrial, agrícola y climática demuestra que la derecha prefiere hoy frenar las políticas ecologistas aliándose con los negacionistas del cambio climático, antes que buscar consensos con la izquierda y los verdes, denuncian en grupos como la Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas, que también recuerdan que la española Dolors Montserrat, que fuera ministra de Sanidad, es vicepresidenta portavoz de ese grupo desde 2019, muy cercana, pues, a las decisiones que se toman. 

La verdadera línea roja que se ha cruzado bajo el amparo de Weber ha ocurrido con un actor que hasta ahora era considerado intocable: Alternativa para Alemania (AfD). Diversos medios desvelaron en marzo pasado esa cercanía, con el PPE trabajando estrechamente e intercambiando favores tácticos con los eurodiputados del partido ultra germano. Por ejemplo, habrían debatido en grupos de WhatsApp su apoyo a enmiendas a una propuesta sobre migración antes de la votación.

La AfD -recordemos para entender la magnitud del paso- está bajo vigilancia de los servicios de inteligencia alemanes por extremismo de derecha y en filas han albergado simpatizantes de posturas revisionistas e identitarias radicales. Neonazis, vaya. Eso ha llevado a que incluso el canciller alemán, Friedrich Merz, afirmase que su colega "tiene responsabilidad" por conocimiento o por aprobación en ese acercamiento, tan daniño para sus intereses caseros.

Weber parece haber llegado a la conclusión de que la única forma de que su partido mantenga el estatus de poder hegemónico no es derrotando a la extrema derecha, sino asimilándola e incorporándola a sus dinámicas. Al hacerlo, ha legitimado y normalizado a fuerzas que abogan abiertamente por la desintegración de la Unión tal y como se concibe hoy, como le reprochan en la Fundación de Estudios Progresistas Europeos (FEPS). Una carta de Nicolas Schmit, presidente del Partido de los Socialistas Europeos y figura clave en la FEPS, le deja claro el riesgo que afronta por sus apuestas la gran coalición, el motor legislativo que impulsó desde el mercado único hasta los fondos de recuperación postpandemia, pende de un hilo. La estabilidad y la acción, en suma.

Los socialistas han amenazado abierta y formalmente con romper la mayoría europea que sostiene a las principales instituciones comunitarias, incluida la Comisión Europea. Esta ruptura supondría sumir a la UE en una crisis de gobernabilidad sin precedentes, obligando al PPE a depender exclusivamente, y de forma oficial, de un bloque de derechas altamente inestable y euroescéptico para aprobar cualquier directiva o presupuesto. Problema: si rompen, pierden el poder institucional y dejan vía libre para que el PPE consolide un Gobierno de facto con la ultraderecha. 

Claro que hay fracturas internas

¿Weber cuenta con el aplauso unánime de las filas conservadoras? Nada más lejos de la realidad. El coqueteo con la ultraderecha ha desatado una guerra soterrada dentro del PPE. La disciplina de voto, históricamente férrea, ha sido puesta a prueba hasta el límite, tal y como analizan medios especializados como Contexte. El núcleo de la disidencia proviene del propio corazón del poder conservador europeo: Alemania, su casa. Ya hemos visto que el cancille Merz no duda en censurarle su postura.

La CDU mantiene todavía un estricto cordón sanitario a nivel federal y regional contra la AfD. Si en Bruselas el partido hermano de Merz (bajo las órdenes de Weber) normaliza acuerdos con los radicales, la postura de la CDU en Berlín se vuelve hipócrita, insostenible de cara al electorado. Esta fricción entre Múnich (feudo de Weber), Berlín (foco de Merz) y Bruselas está generando grietas estructurales que amenazan con dividir a los conservadores en alas "centristas" y "radicales". En la capital europea, Von der Leyen, sin ser desde luego liberal ni socialdemócrata, es uno de los rostros más destacados entre sus opositores.

Los alemanes no están solos, sino que varios líderes nórdicos y del Benelux pertenecientes al PPE han manifestado en privado su incomodidad ante el giro autoritario y reaccionario que está tomando el grupo. 

Frente a estas críticas, Weber ha doblado su apuesta. El pasado enero, en Forum Europa, el bávaro ha pronosticado que las elecciones europeas de 2029 serán el escenario de una "batalla decisiva" entre el PPE y la extrema derecha. Sostiene que la única manera de vencer a los que están a su derecha es absorber sus políticas más populares, sobre todo en migración y revisión climática, para vaciarles el granero de votos. Al adoptar políticas duras, cree que el PPE demuestra ser un partido de "ley y orden" capaz de canalizar la frustración popular. Cree estar domesticando a los radicales, forzándolos a asumir responsabilidades y diluyendo su perfil revolucionario y apagafuegos.

Sin embargo, los críticos tanto dentro como fuera de su partido temen lo contrario: al asumir las premisas, el lenguaje y las políticas de la ultraderecha, no los está domesticando, sino que los está legitimando. Al hacer que la AfD o el partido de Giorgia Meloni, Hermanos de Italia, sean actores válidos para sacar normas, el mensaje que cala en el ciudadano europeo es que votar a la extrema derecha ya no es un salto al vacío, sino una opción válida. Puede incluso alentar el voto a los ultras, a los que tuvieron las ideas originales. 

Manfred Weber ha demostrado ser un táctico formidable, capaz de concentrar el poder orgánico de su partido y aprovechar crisis nacionales e internacionales en beneficio de su estrategia parlamentaria. Veremos hasta dónde lleva el caso de Ceuta, que tan bien ilustra su concepción de la política basada en el poder crudo y la confrontación directa, en este caso, poniendo el pragmatismo securitario por encima de los derechos humanos.

Queda por ver si su apuesta terminará por salvar los valores conservadores europeos absorbiendo la ira populista, como defiende, o si el estratega será recordado como el hombre que abrió definitivamente las puertas de Bruselas a los fantasmas que Europa juró dejar atrás.