En Bruselas y en la inmensa mayoría de las capitales de la Unión Europea anhelan la derrota de Viktor Orban en las elecciones de mañana domingo en Hungría. Que el líder cercano a Vladimir Putin deje de asistir a las reuniones del Consejo Europeo sería una gran noticia para casi todos: facilitaría muchísimo los trámites, empezando por el crédito de 90.000 millones de euros a Ucrania, y se eliminaría esa conexión directa con Moscú que esta misma semana ha vuelto a señalar la Comisión Europea.
«Las supuestas revelaciones de ese reportaje de investigación ponen de manifiesto la alarmante posibilidad de que el Gobierno de un Estado miembro se coordinara con Rusia y actuara así activamente contra la seguridad y los intereses de la UE», constataba la portavoz jefe del Ejecutivo de Ursula von der Leyen, Paula Pinho. Y no es la primera vez que se apunta algo así.
«Estamos todos cruzando los dedos. La situación sin duda mejoraría, con avances en la situación del Estado de derecho y un comportamiento menos obstructivo en lo que respecta a Ucrania», apunta una fuente diplomática a este periódico ante este contexto. «Hay una expectativa de que, si se forma un nuevo Gobierno, desaparezcan los peores bloqueos, que muchos perciben ya casi como una especie de chantaje o de obstrucción deliberada hacia otros países europeos», añaden desde un segundo país.
Pero, al mismo tiempo, en Bruselas hay una doble precaución. Por una parte, el hecho de que gane Péter Magyar no va a suponer un cambio automático de la situación. Ni mucho menos. Y, por otra, que, a pesar de las encuestas electorales, existe un cierto temor a que todo salga mal, y algunos contemplan qué habría que hacer si Orban permanece en el poder.
«No esperaría un cambio total con la victoria de Magyar. Probablemente, no habrá una mayoría de dos tercios para un nuevo Gobierno y muchos de la vieja guardia podrían mantenerse en puestos en órganos de supervisión. Y, en materia de inmigración, por ejemplo, esperaría que las posiciones se mantuvieran relativamente sin cambios», añaden las fuentes consultadas.
Esos dos tercios de los escaños apuntados son muy importantes porque permitirían cambiar y modificar muchas leyes fundamentales. Algunas de las últimas encuestas apuntan que Magyar podría estar cerca de ese dato, pero en la capital comunitaria son muy cautos ante esta posibilidad.
«Con Fidesz [el partido de Orban] en el poder absoluto durante casi 16 años, se han llevado a cabo reformas que serán difíciles de revertir. Llevará tiempo desbloquear la situación. Lo vemos un poco en Polonia, por ejemplo, con los nombramientos políticos: una vez están dentro, es muy difícil quitarlos sin que haya interferencias políticas. Y luego está la cuestión de si un sistema institucional moldeado por Fidesz es fácil de reformar. Probablemente sería más sencillo si obtienen una mayoría de dos tercios para cambiar la Constitución, pero ya veremos», inciden desde un tercer país.
A todo ello hay que sumar la propia idiosincrasia del país: el hecho que Hungría no es precisamente el país más pro-europeo. Sí, Magyar pertenece al Partido Popular Europeo y ha prometido cambios sustanciales. Pero el líder de la oposición formó parte de Fidesz, su ex mujer ha sido una ministra relevante del Ejecutivo húngaro y el propio Orban formó parte de la familia popular. Ingredientes, todos ellos, que generan cierto recelo en Bruselas.
Y, sobre esa otra preocupación apuntada, la de la posible victoria, esta posibilidad obligaría a replantear todas las relaciones con Hungría. Porque, hasta ahora, tanto el Consejo como la Comisión Europea han decidido esperar a que pase el 12 de abril para tomar decisiones en lo que al crédito a Ucrania se refiere y, también, ante los crecientes escándalos de espionaje e información a Rusia.
«Todo el mundo sabía que había vínculos estrechos entre Budapest y Moscú, pero ahora hay presión política para actuar. Cuando tienes grabaciones públicas en las que una figura clave habla de pasar documentos de la UE a Rusia, un país que está en guerra híbrida contra Europa, eso cambia las cosas», apuntan desde el ámbito diplomático. Pero eso requeriría una confrontación directa que casi nadie quiere en Bruselas y en las que las instituciones europeas no se mueven especialmente bien. En cambio, en lo que sí son especialistas es en lo que están haciendo: cruzar los dedos y que las cosas se arreglen solas.
