El tres es símbolo de armonía, por aquello de combinar la unidad y la diversidad. A los tres días de su muerte, como les supongo informados, dios mismo resucitó. Tres son las personas, o hipóstasis, de la trinidad mucho más que solo santa. La tríada dialéctica hegeliana avanza a ritmo de tesis, antítesis y síntesis. A la de tres, por dejar zanjado el tema, saltamos. Y una más: tres son las mujeres candidatas al Oscar por el sonido de Sirat, la película de Oliver Laxe que, además, figura en los mismos galardones en el apartado dedicado a la mejor producción internacional. Hablamos de, y no necesariamente por este orden, Laia Casanovas, Yasmina Praderas y Amanda Villavieja. Las tres están, además, contentas, orgullosas y sorprendidas. De tres en tres. No les faltan motivos. Es la primera vez que un equipo solo de mujeres recibe tal honor. Y no solo en España, sino en el mundo. De ganar la estatuilla, estaríamos ante un acontecimiento inédito, histórico y, por qué no, trigonométricamente perfecto. ¿Nos estamos dando cuenta?
«Ha sido un viaje muy emocionante desde el principio. Más ahora, en la recta final, con los Oscar tan cerca. Pero ya en Cannes, cuando se presentó la película en mayo, notamos algo. Leíamos críticas en las que se mencionaba el sonido expresamente. Eso normalmente no pasa», dice Laia desde el otro lado del zoom mientras comparte pantalla con sus compañeras. Las dos primeras están en Barcelona y la tercera habla desde México, a unas horas de la mañana de allí muy poco pudorosas, donde trabaja en el próximo proyecto de Tatiana Huezo. «El mundo del cine», añade Yasmina, «es muy curioso. Todo depende del lugar y el momento. He trabajado en proyectos maravillosos en los que pusimos muchas esperanzas y, al final, no pasó nada. No es el caso». Y la tercera (es decir, Amanda): «Lo fascinante es que se trata de una película en la que el sonido, como se dice, no solo produce un efecto inmersivo, Sirat es muchas más cosas: es hipnótica, es absorbente y, a medida que avanza, va encadenando adjetivos». De tres en tres.
«Cuando el sonido está bien, nadie se da cuenta. Es cuando está mal, cuando cobras consciencia de que existe»
La labor de cada una de ellas se podría relatar como un cuento infantil. Amanda recoge paciente, como una espigadora de ecos, los sonidos, las voces, los gestos y los latidos en el set de rodaje. Lo lleva haciendo desde hace mucho. Recuerda que empezó a trabajar con José Luis Guerín en la obra mayor En construcción. Allí, en una labor que se prolongó durante años, aprendió a reconocer el crepitar siempre vivo de la realidad. Su trabajo es ya perfectamente reconocible en buena parte de lo mejor y más sorprendente del nuevo cine español siempre en equilibrio entre lo real y lo fabulado. Criada, por así decirlo, en los modales de la universidad Pompeu Fabra de Barcelona, su nombre está asociado al trabajo de Isaki Lacuesta, Celia Rico, Pilar Palomero o la documentalista Mercedes Álvarez. «Cada persona, cada director y cada película tiene su propio carácter», dice lacónica a modo de definición y, por qué no, poesía.
A continuación, todo lo espigado por Amanda, llega al molino, que también es taller, de Laia. Ella ordena, moldea y, como diría John Cage, crea en el mismo aire un espacio muy cerca de la escultura. Laia diseña el sonido que ha de tener la película misma. Estudiante de la Escuela de Cine de Cataluña, sus primeros trabajos pertenecen a los espectaculares efectos de cintas como El niño, de Daniel Monzón. Fajada en la posproducción, el suyo es un universo de pura ficción que se ha enriquecido y ganando color en obras como la serie Veneno, de los Javis, o Madres paralelas, de Pedro Almodóvar. «Mi estilo, más expresivo, se complementa con el de Amanda, más pegado a lo real», puntualiza. Y así hasta que todo, lo recogido, lo troceado, lo fermentado y lo cocinado, llega a las manos de Yasmina. Ella amasa, ella mezcla, ella otorga, por fin, el privilegio del sentido. En su currículo figuran directores como Bayona, Sorogoyen, Paco Plaza o Leticia Dolera. «Lo que ocurre con el sonido es que cuando está bien, nadie se da cuenta. Es cuando está mal, cuando te das cuenta que existe», explica didáctica. De este modo, una recolecta, otra ordena y estructura, y la última, ejecuta. Una, dos y tres. Lo que queda es una película que, desde lo más profundo de sí y desde cada uno de sus murmullos, estruendos y silencios, crece, muta, se transforma y, como sabrán, explota. Sirat es una película que habita el sonido.
Dice Amanda, que ya trabajó con Laxe tanto en Mimosas como en O que arde, que lo logrado en Sirat es una película «difícilmente imaginada e imaginable». «Es un shock que te coloca en un estado emocional distinto a todo, inédito. Y por eso es una cinta que suscita sensaciones tan enfrentadas», dice. Laia, en el mismo sentido, se queda con lo profundo, con todo aquello que cuesta definir porque está en su naturaleza esquivar mapas, nombres y explicaciones. «No creo que sea una película para ser analizada de manera racional. Te propone una experiencia que te queda dentro, que te entra en debate con tu misma vida. Es casi un instante catártico», afirma. Y Yasmina insiste en la atracción por el abismo siratiano. «Yo me quedo con todo lo que me revolvió la primera vez que la vi. Me llevó a infinidad de lugares dentro de mí. Me hizo prensar en la pérdida, en la muerte, en el destino del mundo…», concluye amarrada a unos puntos suspensivos prologados con tres (no podía ser de otro modo) exclamaciones: «Todo fue ¡guau, guau, guau!».
«Sirat‘ es una película difícilmente imaginable. Es un shock que te coloca en un estado emocional distinto a casi todo»
Ellas se miran y se niegan a verse como lo que parece que son: pioneras. «Eso sería como olvidarse de todas las que nos precedieron», dice Yasmina. «Preferimos el término de visibilizadoras, aunque suene mal. Somos las representantes de muchas más mujeres que vienen detrás de nosotras, pero que ya están ahí. Lo de histórico es más asunto de titulares. Lo que me vale y me hace sentir orgullosa es la posibilidad de que, a través de nosotras, se vean a todas aquellas que ya están ahí y que son de sobra conocidas por la industria… Claro que hay techos de cristal por todos los lados y, por eso, hay que terminar con la imagen ritual de los tres hombres de negro sobre el escenario que siempre recogen estos premios», comenta Amanda y todas a una asienten.
¿Hay opciones? «Entrar en la nominación por una película internacional ya es un premio», responde Laia. «Según lo que se inclinen a votar los académicos. Por volumen y espectacularidad, lo de F1 es brutal. Lo nuestro es más sutil, más orgánico…», añade Yasmina. Amanda solo sonríe. Y así las cosas, queda el tres. La gala de los Oscar tendrá lugar el tercer fin de semana del tercer mes del año. Una señal, sin duda.
