El epicentro de la diplomacia global se ha trasladado este fin de semana al lujoso Serena Hotel de Islamabad. La capital de Pakistán —una ciudad que aspira a hacer honor a su nombre, «ciudad de la paz»— se ha convertido el sábado en el escenario de unas negociaciones entre Estados Unidos e Irán para consolidar el frágil alto el fuego pactado esta semana, con vistas a que pueda convertirse en una paz duradera.
Al frente de la delegación estadounidense está el vicepresidente JD Vance, acompañado por el enviado especial Steve Witkoff y Jared Kushner, yerno de Trump. Hasta bien entrada la madrugada, había mucha incertidumbre sobre si la delegación iraní se presentaría en Islamabad. Desde Teherán trasladaban que no negociarían si la tregua no se extendía también a Líbano, país duramente golpeado por los bombardeos de Israel.
Todas las dudas se despejaron con la llegada a la Base Aérea Nur Khan de una amplia delegación compuesta por 71 personas (incluyendo altos funcionarios, asesores, diplomáticos, miembros de seguridad y periodistas), liderada por el presidente del Parlamento, Mohammad Qalibaf, y el ministro de Asuntos Exteriores, Abbas Araghchi.
Las primeras rondas diplomáticas en Islamabad arrancaron con el primer ministro paquistaní, Shehbaz Sharif, en el centro de la escena. Primero recibió a Qalibaf y, poco después, mantuvo una reunión con Vance.
Una de las primeras imágenes de la jornada la difundieron los medios iraníes: en el avión que transportaba a la delegación de Teherán, que fue escoltado por cazas paquistaníes, se habían dejado unas filas de asientos libres con fotos de los niños que fueron asesinados en los ataques aéreos estadounidenses que destruyeron la escuela primaria de Minab, junto con varias mochilas con restos todavía de sangre.
Funcionarios paquistaníes han apuntado en las últimas horas que están presionando para que se celebren conversaciones directas. La otra opción sería un peculiar formato que refleja la profundidad de la brecha entre EEUU e Irán: las delegaciones permanecerían en salas separadas dentro del complejo hotelero, y los mediadores paquistaníes se ocuparán de ir trasladando propuestas, matices y advertencias. Un sistema lento, pero funcional: reduce la tensión, evita gestos irreversibles y permite ganar tiempo.
«Los equipos de avanzada que llegaron antes de la llegada de JD Vance y del equipo iraní ya han realizado el trabajo preliminar, y existe la expectativa de que posiblemente se firme un acuerdo», aseguraban este sábado fuentes regionales a Al Jazeera.
«Tenemos buena voluntad, pero no confianza», resumió Qalibaf a su llegada. «Si los iraníes están dispuestos a negociar de buena fe, ciertamente estamos dispuestos a extender la mano abierta. Si intentan jugárnosla, entonces descubrirán que el equipo negociador no es tan receptivo», afirmó en otra declaración Vance, quien llegó a Islamabad a mediodía (hora local).
Teherán se agarra a su propuesta de 10 puntos para poner fin al conflicto, un plan que el presidente estadounidense, Donald Trump, calificó como base viable para negociar. El régimen espera una indemnización por los daños sufridos durante la guerra, así como el levantamiento total de las sanciones y la liberación de sus activos congelados. El sábado, un alto funcionario iraní le dijo a Reuters que Washington había aceptado a liberar activos y fondos iraníes. Pero la Casa Blanca desmintió la noticia.
Teherán también busca preservar su programa nuclear, aunque se compromete a no desarrollar armas atómicas. A cambio, mantendrá abierto el Estrecho de Ormuz, pese a que busca establecer un peaje para los barcos que quieran cruzar.
Estados Unidos tiene la intención de seguir presionando al régimen para que reduzca al máximo su programa nuclear y elimine o ceda a un tercer país los 400 kilos de uranio enriquecido, un material que Washington se planteó requisar durante la guerra en una complicada operación terrestre. Pese a que Trump no descartó ningún punto específico del plan iraní, la Casa Blanca aseguró que algunas cuestiones de la propuesta de Teherán se discutirán a puerta cerrada, sin dar detalles sobre los avances.
Según informó el Washington Post, EEUU espera incluir en las negociaciones la liberación de ciudadanos estadounidenses detenidos por Teherán. Al menos seis nacionales siguen bajo custodia iraní, encarcelados tras un proceso judicial muy opaco.
Por el momento, las conversaciones se sostienen sobre la promesa de una tregua en Líbano, que se negociará la semana que viene en Washington. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, amenazó con continuar con los ataques contra Hizbulá, al tiempo que autorizó conversaciones directas con Beirut en un intento de «formalizar relaciones pacíficas» entre ambos países. El sábado, el embajador israelí en EEUU, Yechiel Leiter, aseguró que su país no discutirá un alto el fuego con Hizbulá cuando se reúna con diplomáticos libaneses la semana que viene.
Maratón diplomático
Funcionarios paquistaníes han trasladado en las últimas horas que diplomáticos saudíes, rusos y chinos se unirán a las conversaciones en Islamabad de manera indirecta. El papel de Pekín como mediador, que había mantenido un perfil muy bajo hasta esta semana, también fue clave para convencer a Irán de aceptar el alto el fuego de dos semanas. También ha sido relevante la presión diplomática de otros actores regionales de peso como Egipto y Turquía.
Pero el principal artífice de que se hayan producido las negociaciones tras seis semanas de guerra, según han apuntado tanto fuentes estadounidenses como iraníes, ha sido el jefe del ejército paquistaní, el mariscal Asim Munir, actor clave en la mediación, quien ha recibido a las delegaciones. Ha llamado la atención que este general haya recibido a los iraníes con uniforme militar, mientras que, cuando aterrizó el vicepresidente estadounidense JD Vance, vestía traje.
Munir se valió de sus estrechos vínculos con Trump y con los oficiales militares iraníes para impulsar estas primeras conversaciones, con Islamabad como escenario neutral.
La capital paquistaní se ha blindado con medidas de seguridad sin precedentes. La hermética Zona Roja, donde se concentran ministerios y embajadas, ha sido completamente sellada por con 10.000 efectivos de policía, paramilitares y militares. El Serena Hotel, situado junto al Ministerio de Exteriores, fue desalojado por completo.
Pakistán ha irrumpido como el mediador más efectivo en esta guerra. Su papel no se limita a prestar el escenario para la negociación. Ha tejido en las últimas semanas una red de contactos discretos que han facilitado tanto el alto el fuego inicial como este nuevo intento de consolidarlo. Ha sabido capitalizar su tradicional equilibrio entre potencias: aliado histórico de Washington, pero con líneas abiertas con Teherán y una creciente sintonía con Pekín y el Golfo. En un conflicto donde la desconfianza es la norma, esa ambigüedad se ha convertido en un gran activo por la paz.
