En los siglos XVII y XVIII, en pleno auge de la piratería caribeña, corsarios, filibusteros y bucaneros de todo pelaje utilizaban el cambio de bandera como herramienta táctica básica. No existía un sistema moderno de identificación de buques, de modo que la enseña era, en gran medida, la «identidad» del barco.
Durante años, la flota fantasma de Irán ha llevado esas técnicas de ocultación a otro nivel para eludir sanciones. Ahora, con el doble cerco en el Estrecho deOrmuz —el control iraní del paso y la presión estadounidense en el Golfo de Omán— las está aplicando con notable eficacia en un juego del gato y el ratón que dejaría al gran Henry Morgan como un aprendiz.
Según el Financial Times, al menos 34 petroleros vinculados a Irán han logrado atravesar el dispositivo naval estadounidense desde su puesta en marcha, de acuerdo con datos de seguimiento marítimo. De ellos, 19 salieron del Golfo y 15 entraron, algunos transportando crudo iraní por valor cercano a 900 millones de dólares.
Washington ha rechazado ese enfoque. Portavoces del Pentágono y de la Marina de Estados Unidos sostienen que no existe un «bloqueo total» que pueda fallar, sino operaciones de interdicción selectiva contra buques sancionados. Defienden que la libertad de navegación para el tráfico legítimo se mantiene, que se han interceptado e inspeccionado embarcaciones sospechosas y que los casos que eluden controles no invalidan la eficacia del dispositivo. Estados Unidos insiste en que no pretende sellar el estrecho, sino ejercer presión sobre el comercio iraní, y considera «engañoso» hablar de un bloqueo hermético vulnerado. El problema es que Donald Trump sí ha presentado la operación en términos de control casi total del tráfico, proyectando una imagen que no se corresponde con la realidad operativa.
El despliegue estadounidense entró en vigor el 13 de abril de 2026, con una docena de buques de guerra y decenas de aeronaves bajo mando del CENTCOM. En los primeros días, el número de buques interceptados o redirigidos pasó de seis en las primeras 24 horas a 29 el 22 de abril. La mayoría obedeció advertencias por radio y sólo se registraron dos acciones con uso de la fuerza en nueve días: el 19 de abril, el destructor USS Spruance inutilizó a tiros un buque iraní en el mar Arábigo antes de abordarlo con marines, y el 21 de abril fuerzas estadounidenses interceptaron otro petrolero sancionado en el Índico, a más de 2.000 millas del Golfo. En conjunto, la huella del bloqueo ha sido limitada: dos capturas y el resto, presión y control por radio.
¿Cómo sortea Irán ese cerco? Como explica el analista John Hendricks, el método más clásico sigue siendo la transferencia de carga en alta mar. Hay ejemplos claros: tras cargar crudo iraní, el petrolero Elpis, incluido en listas de sanciones, se dirige a zonas alejadas de la vigilancia directa de buques estadounidenses y realiza una operación ship-to-ship, transfiriendo el petróleo a otro barco no sancionado que completa el trayecto. El resultado es un crudo cuya trazabilidad se diluye y que llega al mercado sin una vinculación evidente con Teherán.
Otra técnica habitual consiste en desaparecer. El petrolero Hero II apagó su sistema de identificación automática (AIS), borrándose de los radares comerciales durante su tránsito por el Golfo. Este «viaje en la oscuridad», frecuente en el comercio sancionado, permite cruzar zonas sensibles sin dejar rastro digital inmediato. Sin embargo, ya no garantiza el éxito. El caso del Dorena, documentado por The Wall Street Journal, lo demuestra: pese a apagar su señal, fue detectado por radar y perseguido por un destructor estadounidense.
Más sofisticado aún es el uso de identidades mutantes. El petrolero Tifani ha operado bajo tres nombres y tres banderas distintas en los últimos años, dificultando su seguimiento. En otros casos, el engaño es directamente digital. El Rich Starry emite posiciones falsas cerca de la isla de Larak, manipulando su señal AIS mientras realiza operaciones encubiertas, como un taxista que altera el taxímetro. Una vez que el petrolero apaga su señal o la manipula, trata de pegarse a la costa iraní, donde los navíos de guerra estadounidenses no se acercan por miedo a los misiles antibuque, y siguen navegando hacia aguas territoriales paquistaníes sin perder la costa de vista.
El nivel más avanzado es el de los «barcos fantasma». Investigaciones de firmas como Windward han detectado buques que navegan bajo identidades de barcos ya desguazados, reutilizando números válidos pero asociados a naves inexistentes. A ello se suma el uso de banderas de conveniencia o registros ficticios en países sin capacidad de control, como Malawi o Botswana, lo que convierte a estos petroleros en entidades prácticamente apátridas.
La clave de las tácticas iraníes no está en cada técnica por separado, sino en su combinación. Un mismo buque puede apagar el AIS, cambiar de identidad y realizar transferencias en alta mar en un solo viaje. Así ha logrado Teherán mantener sus exportaciones pese a la presión estadounidense. Pero el escenario ha cambiado: ya no basta con ser invisible en el plano administrativo, sino también frente a satélites, radares y vigilancia en tiempo real. El caso del Dorena, seguido hasta el Índico, apunta a ese salto.
Washington busca asfixiar la economía iraní para forzar a los ayatolás a negociar, pero el cerco es poroso. Y aunque no lo fuera, Teherán dispone aún de vías alternativas: la frontera con Pakistán —clave para el suministro de bienes básicos— y las rutas del mar Caspio, que mantienen el flujo de mercancías desde Rusia y China. Por ahora, el bloqueo estadounidense a los puertos iraníes es más una presión sostenida que un cierre total.
