Español

Después de Rajoy

EL CUAJO es una característica del signo de los tiempos: esa forma de degradación democrática que consiste en ejercer el liderazgo con desfachatez, cinismo y descaro. No es una novedad del todo en nuestra cultura política. Hay que tenerlo, como lo tiene Pedro Sánchez, para plantarse en Televisión Española ante el estallido de la corrupción que embadurna al Gobierno, soltar que «Ábalos era un gran desconocido» y quedarse tan ancho.

No le falta tampoco a Mariano Rajoy. Hay que valer para sentarse delante de un tribunal, como hizo el jueves, a interpretar al Don Tancredo socarrón que nunca se entera de nada en el juicio que se celebra contra su ministro del Interior, su secretario de Estado de Seguridad y toda su cúpula de la Policía por violentar los derechos de un ciudadano que guardaba las pruebas de la caja B que podían desalojarle del poder. El ex presidente compareció como un personaje amortizado, casi literario, blindado por su propia indolencia.

Elisa de la Nuez se lamentaba el miércoles aquí de que «las Jésicas, los Koldos, los Aldamas, los Villarejos, los Ábalos, los Fernández Díaz de turno no son excepciones ni manzanas podridas», sino el reflejo de una corrupción política estructural en España. Hay antecedentes claros en aquel PP de la insoportable patrimonialización de lo público y la ausencia de una mínima rendición de cuentas que Sánchez ha elevado al paroxismo. En una democracia sana, el gobernante responde por el ecosistema de poder que crea, tolera y aprovecha. En pleno momento populista, bajo una fuerte crisis de legitimidad democrática, el marianismo dejó un PP exhausto por la gestión cicatera de los casos de corrupción y dividido sociológicamente por la aparición de Ciudadanos y Vox ante su incapacidad para enhebrar un proyecto reformista creíble y la incuria con la que afrontó el desafío independentista de Cataluña. Ocho años de sanchismo le han seguido.

En el instante decisivo de la caída de su Gobierno, Rajoy renunció incluso a ordenar una salida políticamente digna y entregó el poder a la coalición destituyente de Sánchez bajo una imagen de descomposición que todavía hoy funciona como símbolo. Aquel bolso. «Ha sido un honor ser presidente del Gobierno y dejar una España mejor que la que encontré», dijo, en segura referencia a la superación de la ruina que legó Zapatero. Y añadió: «Ojalá mi sustituto pueda decir lo mismo en su día», ajeno a la deriva de desvertebración nacional que se avecinaba.

Ninguna de las promesas de regeneración que el poder emergente formuló aquel día se han cumplido porque nacieron como una impostura. La corrupción nunca fue el motivo de la moción de censura, sino la coartada de un proyecto político que desencuaderna las instituciones del Estado y redefine la idea de España y su lugar en el mundo para acomodarlas a la continuidad personal del presidente. El mosaico de sus escándalos, de su esposa a su hermano, de sus dos secretarios de Organización al fiscal general, es el reflejo de ese mismo sentido patrimonial del poder.

Y así hemos pasado de la corrupción vergonzante a la impunidad desacomplejada. El escándalo ya no desgasta necesariamente; moviliza, porque se integra en una lógica de polarización, victimismo y desafío al Estado. La rendición de cuentas no se elude en silencio; se combate como si fuera una maniobra de desestabilización.

Todo este paisaje estaba ya en aquel bochornoso Comité Federal del PSOE en 2016: las imágenes esclarecedoras publicadas esta semana por The Objective tienen el valor de que nos permiten observarlas con toda la información acumulada durante una década. Ahí está la manera de entender el poder de Sánchez, su inclinación imperturbable a la trampa, su desprecio a la discrepancia y su ambición de domeñar el Partido Socialista para transformarlo en una maquinaria subordinada al culto personal del líder. Mientras cunde la incredulidad y la desesperación entre el resto, a él no se le mueve ni un pelo, impasible hacia los hechos consumados: el primero de la fila para votar en la urna tras la mampara.

La concepción burocrática de la política de Rajoy le impidió entender que la respuesta a la erosión institucional de España no podía limitarse a la gestión, por sensata que fuese. La lección para Alberto Núñez Feijóo es que no le bastará con oponerse a Sánchez en la corrupción ni esperar a que caiga; tendrá que ofrecer una idea cívica de España y una concepción del poder que no sea meramente reactiva: construir un proyecto autónomo de valores que recoja una ambición de cambio real y que no deje al PP y lo que representa otra vez moralmente desarmado, tampoco ante Vox. No basta con asumir que el eje político se ha desplazado hacia la derecha y acomodarse a él sin más. La «prioridad nacional» es la trampa: lo aleja del espacio de las grandes mayorías y le obliga a discutir en el terreno identitario que más conviene a Abascal para debilitar la alternativa y que mejor permite a Sánchez disfrazarse de conciencia moral. Como en 2023.