El ultraderechista José Antonio Kast ha ganado este domingo la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Chile y ha consumado el giro político más pronunciado del país hacia la derecha desde el final de la dictadura militar de Augusto Pinochet en 1990. El candidato del Partido Republicano se ha impuesto con una ventaja cercana a 20 puntos a la aspirante de la coalición de izquierda, Jeannette Jara, en una jornada electoral que ha estado marcada por la alta participación, tras una campaña profundamente polarizada en la que la seguridad y la migración irregular han concentrado buena parte del debate.
Con el escrutinio ya completado, José Antonio Kast ha obtenido el 58,61% de los votos frente al 41,39% de la candidata de la coalición de izquierda, Jeannette Jara, según datos oficiales difundidos por el Servicio Electoral de Chile (Servel). En términos absolutos, se han contabilizado 10.380.322 votos válidos, de los cuales 6.084.364 han respaldado al Partido Republicano, que lidera Kast, mientras que los otros 4.295.958 han ido a parar a Jara, exministra de los gobiernos de Gabriel Boric y Michelle Bachelet. Más allá de estos datos, el total de sufragios emitidos ha ascendido a 11.167.420, con 650.294 votos nulos, el 5,82%, y 136.804 votos en blanco, el 1,23%.
El amplio margen con el que el ultraderechista Kast ha conseguido esta histórcia victoria en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Chile se sitúa como la segunda más amplia desde el regreso de la democracia, solo por detrás del triunfo electoral con el que Michelle Bachelet logró la presidencia en 2013, cuando ganó por más de 24 puntos de diferencia a la conservadora Evelyn Matthei. Por otro lado, en la cita de este año, José Antonio Kast se ha impuesto en las 16 regiones del país, incluidos también los territorios tradicionalmente favorables a la izquierda, como Valparaíso o la Región Metropolitana. La ultraderecha ha logrado un respaldo especialmente contundente en las zonas mineras del norte y en las regiones agrícolas del sur.
La propia Jara ha reconocido la derrota pocas horas después del cierre de las urnas. “La democracia ha hablado fuerte y claro”, ha afirmado tras confirmar que ya había contactado con su rival. “Me he comunicado con José Antonio Kast y le he deseado éxito por el bien de Chile”, ha añadido, en un mensaje dirigido a sus seguidores.
Kast, fundador del Partido Republicano y exdiputado, ha construido su victoria sobre un discurso de línea dura en materia de orden público e inmigración, dos cuestiones que han dominado una campaña casi monotemática. A lo largo de su carrera política, el ahora presidente electo ha defendido propuestas como la construcción de muros fronterizos, el despliegue del Ejército en zonas con altos índices de criminalidad y la expulsión masiva de migrantes en situación irregular.
Aunque Chile sigue siendo uno de los países más seguros de América Latina, la criminalidad violenta ha aumentado en los últimos años, impulsada por la implantación de redes de crimen organizado y por el uso de rutas irregulares en el norte del país, fronterizo con Perú y Bolivia. Según datos oficiales, la mayoría de los migrantes que residen en situación irregular en Chile proceden de Venezuela, un fenómeno que ha alimentado el malestar social y ha sido central en el relato de Kast.
La victoria del ultraderechista se inscribe además en una tendencia regional más amplia. Con su llegada a La Moneda, Kast se suma a una lista de líderes conservadores o de extrema derecha que han ganado elecciones recientemente en América Latina, como Daniel Noboa en Ecuador, Nayib Bukele en El Salvador o Javier Milei en Argentina. En Bolivia, la victoria del centrista Rodrigo Paz en octubre puso fin a casi dos décadas de gobiernos socialistas.
Esta ha sido la tercera candidatura presidencial de Kast y su segundo paso por una segunda vuelta, tras perder en 2021 frente a Gabriel Boric. Entonces, muchos votantes lo consideraban demasiado extremo. Cuatro años después, el aumento de la preocupación por la seguridad y la migración ha ampliado su base electoral, especialmente en regiones del norte minero y del sur agrícola, aunque también ha logrado imponerse en bastiones tradicionales de la izquierda como Valparaíso y la Región Metropolitana.
La noche electoral, decenas de simpatizantes se han congregado frente a la sede de campaña de Kast en Santiago, ondeando banderas chilenas. Algunos lucían gorras rojas con el lema “Make Chile Great Again”. Entre ellos estaba Ignacio Segovia, un estudiante de ingeniería de 23 años, que resumía así su apoyo al vencedor: “Crecí en un Chile tranquilo, donde podías salir a la calle sin preocuparte. Ahora ya no puedes salir en paz”.
Pese a la magnitud de la victoria, Kast afrontará un escenario institucional complejo. El Congreso aparece dividido y sin mayorías claras. Aunque los partidos de derecha han ganado peso en ambas cámaras, buena parte de ese avance corresponde a formaciones conservadoras tradicionales. El Senado queda prácticamente empatado entre izquierda y derecha, mientras que en la Cámara de Diputados el voto decisivo lo ostenta una formación populista, lo que anticipa dificultades para sacar adelante las propuestas más radicales del programa.
Entre ellas figuran la creación de una fuerza policial inspirada en el modelo del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos para acelerar detenciones y expulsiones, así como fuertes recortes del gasto público. Otras iniciativas, como una eventual modificación de la legislación sobre el aborto, requerirían el respaldo de más de la mitad del Parlamento, un umbral que hoy no parece garantizado.
En el plano económico, la reacción de los mercados ha sido inmediata. Chile, primer productor mundial de cobre y uno de los principales de litio, ha visto cómo el peso, la bolsa y el principal índice bursátil repuntaban ante la expectativa de un entorno más favorable al mercado y con menor carga regulatoria bajo el nuevo Gobierno.
Kast asumirá la presidencia el próximo 11 de marzo, cuando reciba la banda presidencial de manos de Gabriel Boric. Será el primer dirigente abiertamente pinochetista que llegue a La Moneda en democracia y lo hará tras una elección que redefine el equilibrio político chileno y abre una etapa de alta tensión institucional.
